Culto

Yo te haré llorar: los 50 años de El Jardín de los Presentes, la obra maestra de Invisible y Luis Alberto Spinetta

Esta es historia de uno de los álbumes cumbre del rock argentino, concebido en la Argentina de 1976 y atravesado por canciones, búsquedas musicales y tensiones que, medio siglo después, conservan intacta su belleza.

Yo te haré llorar: los 50 años de El Jardín de los Presentes, la obra maestra de Invisible y Luis Alberto Spinetta

Buenos Aires, otoño de 1976. Los comunicados militares ocupaban la radio. Crecían los controles y las detenciones. Habían pasado dos meses desde el golpe de Estado del 24 de marzo que derrocó al gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón y se inició la última dictadura argentina.

Era 24 de mayo. En la calle Paraguay, cuatro músicos atravesaron la puerta de los estudios CBS. Uno de ellos era el cantante, guitarrista y compositor Luis Alberto Spinetta, quien, a los 26 años, ya había pasado por Almendra, Pescado Rabioso y Artaud.

La represión comenzaba a extenderse también sobre universidades, libros, medios de comunicación y expresiones culturales. Para los jóvenes vinculados al rock, el pelo largo, la ropa o simplemente asistir a determinados recitales podían convertirse en motivos de sospecha. Las razzias policiales y las detenciones alrededor de los conciertos formaban parte de un clima donde reunirse también podía significar exponerse.

Meses después, en una entrevista publicada por la revista porteña Expreso Imaginario en noviembre de 1976, Spinetta habló de una música argentina que comenzaba a mezclar folclore, tango, rock y sonidos procedentes de otras culturas. Sostenía que los estilos estaban perdiendo sus fronteras y que la única posibilidad era continuar evolucionando. Cuando le preguntaron si aquellas búsquedas podían alcanzar alguna vez una forma definitiva, respondió: “La persecución de la forma es eterna”. Para el compositor, aferrarse a una fórmula ya conquistada equivalía a impedir el crecimiento.

“Spinetta fue un tipo que buscó siempre evolucionar, mejorar, generar algo distinto”, sostiene el periodista y biógrafo Sergio Marchi, autor de Ruido de magia. Para Marchi, esa búsqueda llegó con Invisible a una cima. “Para mí, El Jardín es lo máximo de Spinetta y el rock argentino”, afirma.

Antes de llegar allí, Spinetta se había unido al bajista Carlos “Machi” Rufino y al baterista Héctor “Pomo” Lorenzo, provenientes de Pappo’s Blues. Años después, Rufino recordó una frase que le dijo Spinetta: “Los vi a Pomo y a vos tocar con Pappo y me volaron la cabeza”.

El guitarrista Norberto “Pappo” Napolitano bromeó más tarde con que Spinetta le “robaba las bases”. “Pappo era demasiado informal como para que músicos de esa calidad siguieran mucho tiempo con él. Spinetta era mucho más serio en su compromiso”, explica Marchi, quien matiza así aquella vieja historia.

Invisible nació a fines de 1973. Spinetta, Machi y Pomo vivieron y ensayaron durante un tiempo en una quinta de General Rodríguez. Tocaban; cocinaban y dormían juntos. En una entrevista posterior, Rufino los definió como “los tres mosqueteros”.

El debut de 1974 abrió espacios y, un año después, Durazno sangrando tomó como brújula El secreto de la flor de oro. “Invisible fue un constante laboratorio de sonidos”, recordó años después el baterista Pomo Lorenzo. También explicó que, dentro del grupo, Spinetta llegó a “despersonalizarse como compositor”. Las ideas entraban a la sala y salían transformadas por los tres.

En 1976 ese laboratorio volvió a abrir la puerta.

Entró el guitarrista Tomás Gubitsch.

Empieza el recorrido

Tenía 18 años, venía del jazz y había trabajado junto al bandoneonista Rodolfo Mederos. Hasta entonces Invisible había sido un triángulo. Ahora había cuatro sillas.

“Evolución y ruptura a la vez”, responde Marchi cuando se le pregunta por aquella transformación. Gubitsch aportó una capacidad instrumental extraordinaria, pero su llegada modificó un organismo acostumbrado a funcionar de a tres. “Tommy agrega una cuota de virtuosismo que es apabullante en Alarma entre los ángeles”, sostiene el periodista.

El escritor y periodista argentino Eduardo Berti, quien entrevistó extensamente a Spinetta y escribió junto a él Spinetta: crónica e iluminaciones, uno de los libros fundamentales para reconstruir el pensamiento y la obra del músico, ubica hoy el álbum en otro cruce decisivo. “El jardín es un disco de colores y paisajes tangueros”, sostiene Berti.

A mediados de los 70, explica, el jazz ganaba terreno en la música de Spinetta mientras el rock progresivo se encontraba con el tango renovador de músicos como Rodolfo Mederos. Esa combinación fascinó incluso al compositor y bandoneonista Astor Piazzolla, quien poco después convocó a Gubitsch.

La violencia política rodeaba a esos músicos, pero no explica por sí sola todo lo que estaban creando. Mientras la dictadura desplegaba mecanismos de represión, censura y vigilancia sobre la vida cultural, el rock argentino atravesaba también un período de intensa experimentación. Charly García estrenaba La Máquina de Hacer Pájaros, Gustavo Moretto trabajaba con Alas y Crucis expandió el rock progresivo.

“Se tiende a caer en ese error de que todo es dictadura en la Argentina de 1976 y pasaban muchas otras cosas, entre ellas un buen año del rock en el país”, advierte Marchi.

La paradoja estaba allí. Mientras el espacio público se hacía más estrecho, una parte de la música ensanchaba sus fronteras.

Invisible entró a CBS con ese país alrededor. Esta vez había dos guitarras, bajo, batería, bandoneones y un ARP String Ensemble. Las canciones llegaron trabajadas y ensayadas.

La cinta comenzó a correr y apareció un colectivero.

Ayer colectivero

El disco arranca con El anillo del Capitán Beto, canción que lleva Buenos Aires al espacio. La nave no viene de Houston: fue construida en Haedo. El astronauta no pertenece a la NASA: manejaba un colectivo. En la cabina viajan una foto de Carlitos, un banderín de River, la estampita de un santo, malvones y recuerdos del barrio.

Spinetta explicó en 1976 que la canción tenía una “gran carga folclórica”. A partir de fragmentos de la vida cotidiana porteña, contó, había construido una aventura cósmica. Beto posee un anillo capaz de protegerlo de casi todo, pero no de la tristeza. Después de quince años quiere regresar. Más que volver a la Tierra, parece querer regresar a la infancia.

Durante mucho tiempo se dijo que el personaje estaba inspirado en Norberto “Beto” Alonso, figura de River Plate. Spinetta lo negó. El bajista Machi Rufino contó posteriormente otra historia: el nombre remitía a un amigo de infancia de Luis que murió después de un accidente en una piscina.

“El Capitán Beto es nuestro Major Tom”, sostiene Marchi, aludiendo al astronauta protagonista de Space Oddity, la canción que David Bowie publicó en 1969 y que convirtió a Major Tom en uno de los personajes recurrentes de su universo.

Vestigio del futuro

Los libros de la buena memoria cambia la luz del álbum. El bandoneón del músico argentino Juan José Mosalini entra en la grabación y tango, jazz y rock dejan de funcionar como territorios separados. Hay vino, deseo, memoria y ausencia.

Spinetta habló después de “toda una simbología del amor”. El compositor explicó también que los “tigres en la lluvia” remitían al universo de El secreto de la flor de oro, el libro que había marcado la concepción de Durazno sangrando.

Berti recuerda hoy que a Luis le molestaban las interpretaciones demasiado lineales de sus letras. La poesía que le interesaba, explica el escritor y periodista, era cercana al surrealismo y no podía reducirse a una lectura explícita, didáctica o a una única alegoría.

Esa forma oblicua de escribir adquiría además un significado particular en una época en que las palabras podían ser observadas bajo sospecha. Sin embargo, convertir cada imagen de Spinetta en una contraseña contra la dictadura sería caer precisamente en el tipo de lectura que él rechazaba.

El baterista Pomo Lorenzo definió años después El jardín de los presentes como “otra cosa” y, a la vez, como “la antesala de Spinetta Jade”, en referencia a la formación que el músico encabezaría pocos años más tarde.

Alarma entre los ángeles no necesita letra para mostrar la transformación. Gubitsch y Spinetta se cruzan, se responden y se dejan espacio. Que ves el cielo hace lo contrario. Reduce. Respira. Una mujer baila entre la gente y, durante poco más de dos minutos, el disco abandona la gravedad.

Nuestra danza está quebrada

Ruido de magia vuelve a expandir el paisaje. El tecladista y compositor Gustavo Moretto, líder de Alas, entra con el ARP String Ensemble.

“Nuestra danza está quebrada”.

No era una confesión sobre Invisible. Pero fuera de las canciones algo empezaba a romperse.

Spinetta contó años después, en una entrevista radial, una escena que lo había marcado. Durante un ensayo de El jardín de los presentes advirtió que había dejado unos documentos en el auto. Salió a buscarlos. Cuando regresó encontró a Gubitsch, Machi y Pomo improvisando juntos.

La escena lo entristeció. Según contó el compositor, sintió que entre los otros tres podía estar naciendo otra banda, una formación en la que él ya no estaba.

Por primera vez, Spinetta oyó a Invisible desde afuera.

Luis Alberto Spinetta en 1973

El bajista Machi Rufino sostuvo años después que quizás Invisible debió continuar como trío e incorporar músicos invitados. Marchi coincide hoy en que Gubitsch aportó elementos importantes “para bien y para mal”. Poco después llegó, además, el llamado de Piazzolla al joven guitarrista.

Berti propone otra dimensión para comprender el final. “Cuando un proyecto musical parecía cristalizarse, él sentía la necesidad de romperlo para pasar a algo nuevo”, sostiene sobre Spinetta. Invisible había llenado el Luna Park y Luis comenzaba a aparecer incluso en medios masivos como Gente. Berti considera posible que el músico también quisiera escapar de aquella cristalización.

Había tensiones, un cuarto integrante y caminos musicales que comenzaban a separarse. Pero también estaba Spinetta necesitando cambiar.

Doscientos años mira hacia Antonio Abertondo, nadador argentino célebre por sus travesías del Canal de la Mancha. Spinetta explicó que la canción había surgido a partir de aquellas imágenes heroicas. Sin embargo, el tema termina poniendo en duda la propia hazaña.

¿De qué sirvió haber cruzado a nado la mar?

Perdonado (niño condenado) nace mucho más cerca. Spinetta observa a Amapola, una perrita de la casa, e imagina a un niño condenado a ser perro y, al mismo tiempo, perdonado de una parte de la angustia humana.

La canción termina en un solo de Spinetta que el guitarrista Tomás Gubitsch consideró el mejor del álbum.

Un rostro convertido en jardín

Mientras las cintas avanzaban en CBS, el disco todavía necesitaba un rostro.

Hubo una primera propuesta: un pollito dentro de un cascarón tomado de una antigua revista Time. A Spinetta no lo convenció.

El fotógrafo Eduardo “Dylan” Martí encontró otra posibilidad. En la casa familiar de los Spinetta, en la calle Arribeños de Belgrano, fotografió a Jorge “Dyuri” Gubitsch, hermano de Tomás. Le pintaron el rostro de verde, le colocaron un gorro y después llegaron las rosas.

El diseñador y director de arte Juan Gatti terminó de construir la identidad gráfica. Spinetta explicó posteriormente por qué aquella imagen representaba tan bien la obra: la portada tenía “la misma conjunción de fuerza y lirismo que tiene el disco”.

El título también surgió alrededor de Dylan Martí. El fotógrafo recordó que El jardín de los presentes remitía a un jardín donde permanecían quienes estaban y, de alguna manera, también quienes ya no estaban.

El disco tenía canciones.

Ahora tenía nombre y rostro.

Solo vuelan en libertad

Las golondrinas de Plaza de Mayo observa una Plaza anterior a las rondas de las Madres. Las aves se van, regresan y vuelan en libertad.

En la Argentina de 1976, Plaza de Mayo ya era el centro simbólico del poder político, pero todavía no estaba unida a la imagen que terminaría recorriendo el mundo. Cuando Spinetta escribió la canción, las Madres de Plaza de Mayo aún no existían como movimiento. Su primera reunión ocurrió el 30 de abril de 1977 y, ante la orden policial de circular, aquellas mujeres comenzaron a caminar alrededor de la Pirámide de Mayo.

Décadas después, cuando Berti le preguntó por una posible relación con el golpe, Spinetta fue preciso: “Es independiente del golpe y del momento político”.

Pero Marchi recuerda hoy otra afirmación del músico. A Spinetta le gustaba cantar “Libertaaaaaad” a “los milicos en la jeta” y, según recuerda el periodista, también había dicho que la canción “no hablaba solo de los pajaritos”.

Berti pide evitar los dos extremos. “Ni un Spinetta visionario [...] ni un Spinetta totalmente indiferente a la realidad social y política”, sostiene.

La canción no es una profecía de las Madres ni una crónica anticipada de los desaparecidos. Tampoco existe fuera de la Argentina en la que fue compuesta. Su imagen central ya contiene una idea explícita de libertad.

La historia agregó después significados que la canción no podía anticipar.

Llegaron los pañuelos blancos, las fotografías, los nombres y los jueves.

La Plaza cambió.

La canción también.

En el final aparecen los bandoneones de Rodolfo Mederos y Juan José Mosalini, las guitarras, el bajo, la batería y el ARP String Ensemble de Gustavo Moretto. Después la música se apaga.

“Bienvenidos al jardín de los presentes”, dice el bajista Machi Rufino al cerrar el disco.

El jardín de los presentes fue publicado en septiembre de 1976. Los registros de la compañía discográfica consultados por el periodista Sergio Marchi sitúan la edición el 29 de septiembre, aunque el propio Marchi advierte que las fechas de los primeros 20 años del rock argentino deben tomarse con cautela porque los archivos no siempre fueron precisos.

“El Jardín es una galaxia solar en perfecto funcionamiento”, sostiene hoy Marchi. Para el periodista y biógrafo, el álbum todavía suena actual, moderno y profundamente porteño. “El Jardín no tiene ni una flor marchita”, agrega.

El bajista Machi Rufino sostuvo posteriormente otra mirada. Dijo que prefería los dos discos anteriores de Invisible y que el tercero “no tenía la magia del primero ni tampoco la complejidad del segundo”.

La discrepancia evita convertir la obra en un monumento intocable.

En diciembre, Invisible volvió al Luna Park para una serie de actuaciones que terminaron convirtiéndose en su despedida. Los registros conservan presentaciones los días 10, 11 y 12 de diciembre de 1976. Para un público joven que asistía a conciertos en un país de controles, razzias y sospecha sobre la cultura rock, llenar el Luna Park no era solamente una medida de popularidad. También mostraba la magnitud que había alcanzado aquella música en un espacio público cada vez más vigilado.

Alrededor del estadio ya circulaba la noticia de la separación. Y esta vez no era solamente un rumor. El equilibrio que había sostenido a Invisible había cambiado. El trío original ya no era el mismo después de la incorporación de Gubitsch, y el joven guitarrista tenía por delante el llamado de Astor Piazzolla. Volver atrás tampoco parecía una posibilidad. La expansión musical que había producido El jardín de los presentes había abierto un territorio nuevo, pero también había llevado al grupo hasta un punto del que ya no podía regresar siendo el mismo.

Marchi lo resume con la misma idea que utilizó para explicar el ingreso de Gubitsch: evolución y ruptura. No hubo una única causa ni un estallido definitivo entre sus integrantes. De hecho, Spinetta volvería a grabar con Machi y, pocos años después, Pomo se incorporaría a Spinetta Jade. Lo que terminaba era una forma concreta de hacer música juntos.

Pero esa misma semana otra historia comenzó para Spinetta.

El 9 de diciembre nació Dante, su primer hijo. Mientras una de las etapas más brillantes de su recorrido musical empezaba a cerrarse, Luis abrió otra vida: la de padre.

“Luis recordaba la etapa de Invisible con muchísimo entusiasmo y cariño”, sostiene hoy Berti, quien conversó largamente con Spinetta para Crónica e iluminaciones. El escritor y periodista agrega que aquellos últimos tiempos del grupo quedaron inevitablemente unidos, en la memoria de Spinetta, a la primera vez que fue padre.

A comienzos de 1977 la separación fue oficial. Invisible había durado poco más de tres años. Dejaba tres discos y una paradoja difícil de ignorar: se disolvía justamente después de haber alcanzado una de sus mayores expansiones musicales y de público.

Spinetta volvió a moverse. Gubitsch siguió el camino que lo llevaría junto a Piazzolla. Machi y Pomo continuaron sus propias búsquedas. El jardín permaneció allí, en el punto exacto en que aquellos cuatro músicos habían conseguido crear algo que ya no podían repetir sin convertirse en otra cosa.

Años después, cuando el bajista Machi Rufino le preguntó a Spinetta qué había significado Invisible para él, Luis respondió:

“Una joya que guardo en un cofre de oro”.

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