El último bohemio de Viña del Mar
<P>La Flor de Chile nació en 1930 como un pequeño almacén de barrio y se convirtió en el bar-restaurante más transversal de la Ciudad Jardín. </P>
Afirmado de su bastón, en un rincón de la barra, Sergio Díaz mira entretenido, saluda, conversa, se ríe con los garzones. Tiene 83 años y la mayoría lo saluda y algunos más jóvenes le dan abrazos y besos en la mejilla antes de sentarse a su lado a conversar y beber la primera cerveza. A los 11 años entró por primera vez a comprar dulces y desde hace 29 que va a diario a almorzar y en busca de ese ambiente social que, sin edad, clase o color político, reúne a estudiantes, empresarios, abogados, médicos, sicólogos, periodistas, políticos, ex marinos y jubilados, en el último bastión bohemio de Viña del Mar, ese que de almacén de barrio se convirtió en el bar-restaurante La Flor de Chile.
"Yo de niño pasaba a comprar dulces en bicicleta cuando iba al colegio en los Padres Franceses, o sea, soy el más viejo de todos, soy parte del inventario", se ríe Sergio. "Siempre le dije al 'Tito' que tenía que deshacerse de la rotisería y que lo único que lo salvaría de la crisis del 82 sería un bar", añade. Y así fue.
De lunes a sábado -los domingos está cerrado-, Sergio almuerza aquí, porque el menú es variado, dice, y así lo muestra la carta con callos y tortillas a la española, riñones al jerez, conejos en escabeche, entre otros. Aunque más allá de la comida es la sobremesa hasta las ocho de la tarde y lo social de "la Flor" lo que hace sagrada su visita a la esquina más transversal de la Ciudad Jardín.
Hoy, es el más antiguo de los clientes y el último vivo de los ocho parroquianos que iniciaron la tradición de celebrar aquí el paso de agosto, cuenta Sergio, cuando de fondo se oyen boleros, que anteceden al jazz, el swing, el blues, la música chilena y otras con guitarra en vivo, que suenan cada tarde y noche. Y el atardecer, en primavera, la terraza luce tentadora para dos familias que comen con sus hijos bajo la arboleda de Av. 8 Norte, una de las arterias más bellas de Viña del Mar.
"Nos han dicho que somos como el Cinzano viñamarino", dice Víctor Vera, el "Tito". A los 18 años se hizo cargo del almacén familiar, tras la muerte de su padre, que lo había fundado en 1930, cuando la actividad industrial era intensa en Viña. Harina, café, aceite y otros productos se vendían a granel. Y aún el molinillo de café así lo evidencia en una de las vitrinas del nuevo comedor, uno de los dos que se sumaron al antiguo local de adobe que hace 80 años arrienda esta familia.
"Los dueños son muy buenas personas, han querido que esto se mantenga así, aunque han llegado varios edificios", dice "Tito", y cuenta que un año entero adeudó el arriendo a principios de los 80 y ellos lo esperaron. "Estaba mal la cosa, todos los días le debía a alguien. Pero vendí una propiedad, pagué la deuda, cambié el giro a bar y empezó La Flor de Chile", dice. Sin saber del rubro, "esto fue una aventura, por necesidad, pero nunca faltó la amistad de la gente. Es un restaurante social, hay clientes de todo nivel y lo único que me interesa es que se porten bien y sean educados. Nada más".
A sus 76 años, dice que le gusta pasar cada día aquí, porque "se siente como una familia", pero reconoce que ya las noches lo cansan más: "Es el ruido, los gritos, porque a cierta hora todos hablan más fuerte", dice, entre risas, ya pasadas las siete de la tarde, y cuando la clientela empieza a aumentar. Las mesas alrededor del bar comienzan a ocuparse, mientras algunos comensales ya llenan el aire de carcajadas y humo. La conversación se anima y también las copas que a uno lo llevan de lado a lado buscando conversar, entre las 100 mesas de este rincón bohemio.
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