Ilhabela: São Paulo con vista al mar

<P>Ilhabela, que significa "Isla Bella", ofrece una exuberante selva con cascadas de aguas cristalinas que se precipitan montaña abajo, una rica y diversa fauna, además de 39 perfectas playas para esquivar el calor y practicar la vela, deporte que la ha hecho famosa. Tranquilidad y relajo, sólo a 206 kilómetros de São Paulo. </P>




ILHABELA ES MAS que una isla de aguas tibias y arenas blancas como las hay tantas en Brasil. Un 85% de su territorio, que comprende 388 km², está bajo el cuidado del llamado Parque Estadual, una enorme reserva de selva atlántica, con árboles de 30 metros, gran variedad de flores, pequeñas montañas totalmente cubiertas de vegetación y, además, 250 cascadas de los más diversos tamaños.

Favorecida por sus condiciones climáticas, Ilhabela es también considerada la Capital Nacional de la Vela, debido a las regatas que se realizan todo el año y, en especial, al "Rolex Ilhabela Sailing Week", el mayor evento de vela de América del Sur.

De eso y otros temas de la isla me cuenta Juliao, dueño de un quiosco donde prepara frescas y heladas caipiriñas, muy cerca del muelle. Alrededor de su quiosco todo es relajado y tranquilo, y Juliao no demora en advertirme sobre el funcionamiento de la isla: "El que corre acá ¡pierde el tiempo!", dice riendo.

Tras esta entretenida parada, lo primero que hacemos es buscar un guía local dispuesto a mostrarnos los secretos de su tierra, más allá de las rutas turísticas clásicas. Así llegamos a Daniel, un entusiasta isleño dispuesto a la aventura y que a las 9.00 a.m. del día siguiente nos espera en el muelle de la playa Perequé, con una lancha lista para salir.

El plan es recorrer diferentes playas, siendo nuestro destino final Castelhanos, hermosamente aislada por su difícil acceso, al otro lado de la isla. La comunidad de familias caiçaras que vive aquí, y que son originario, nos recibe con platos típicos: sabrosos pescados y mariscos y jugos naturales.

Comenzamos una excursión por la selva en dirección a la Cachoeira do Gato (cascada del gato). El sendero, que es de terreno arenoso y rodeado de palmeras, sigue en suave ascenso entre plátanos, helechos y mangos. Atravesamos algunos esteros de aguas cristalinas -de fondo se escuchan loros y muchas aves ruidosas- y después de unos 20 minutos aparece un claro y la cascada, que se precipita desde la roca volcánica, desapareciendo más abajo entre la vegetación.

Es una escena maravillosa y además una excelente oportunidad para refrescarnos luego de la caminata. Tras este delicioso baño, partimos de regreso a la playa Castelhanos a disfrutar del mar, de la sombra de las palmeras y de una cerveza fría. Con su kilómetro y medio de extensión, varias veces ha sido considerada una de las 10 mejores playas de Brasil, aunque este lado de la isla es mucho más ventoso, ideal para la práctica del surf.

Pero por la tarde la aventura continúa: arriba de un 4x4 regresamos a la selva, serpenteando entre algunos ríos, piedras, arenales y viendo a lo lejos escurridizos monos y algunos tucanes volando en pareja.

Cultura afro y pirata

En Ilhabela las historias de piratas y corsarios son antiguas y más de algún tesoro fue encontrado en sus aguas. Además, en su más de 150 kilómetros de litoral, donde es común practicar buceo con tanque, es posible sumergirse y observar más de una veintena de barcos hundidos.

En sus villorrios aislados, como Bonete, llama la atención los rasgos de sus habitantes, niños y adultos morenos o mulatos y con ojos azules y cabello rubio, resultado de las mezclas entre corsarios e isleños durante los siglos XVI y XVII.

Las edificaciones a lo largo de la playa y en el centro histórico recuerdan los primeros años de la colonización portuguesa.

Los caiçaras mantienen parte de sus tradiciones como hace siglos. Los molinos de harina, la pesca artesanal, el famoso azul marinho (pescado hecho con plátanos verdes) o manifestaciones culturales y religiosas como la congada (danza afrobrasileña creada por los esclavos negros en el siglo XVII) son algunas de sus características.

En la Vila, es decir la zona urbanizada y céntrica, se concentra la mayoría del comercio, restaurantes, bares y acogedores cafés como el Free Port Café, que conserva la clásica belleza de las construcciones antiguas. O restaurantes donde es posible probar una buena diversidad de pescados y mariscos, con variadas influencias, como italiana, portuguesa o japonesa.

¿Recomendaciones? Marakuthai, de cocina tailandesa; la trattoria Famiglia Magzoli y Garoçá, portugués y de pescados, todos atendidos por sus propios dueños.

Por las tardes, un buen consejo es ponerse repelente, ya que debido a tanta vegetación y cauces de agua, la isla es el paraíso del borrachudo, un diminuto pero molesto mosquito que ataca a quien se le cruce, especialmente a pieles "nuevas" como las de un turista.

Las tiendas de artesanías ayudan a complementar la tarde de playa, con un sinfín de souvenires perfectos para llevar de vuelta a casa.

Después de un día agitado, la noche de Ilhabela tiene muchas sorpresas. Existen bares que ofrecen música en vivo, y donde espontáneamente se corren las mesas transformando el lugar en una pista de baile.

En total, Ilhabela cuenta con más de 100 hoteles para todos los gustos y bolsillos, casi 70 restaurantes y quioscos de playa con la mejor gastronomía local e internacional y un pequeño paraíso de selva, playas y relajo esperando a ser descubierto.

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