La Concertación en su papel opositor

El debate que lleva adelante el conglomerado es positivo y debiera ayudarle a definir cómo ejercer su nuevo rol tras 20 años en el poder.




ALEJADA DEL gobierno desde el 11 de marzo, la Concertación todavía se halla en proceso de debate para encontrar la manera más adecuada de ejercer su función opositora. Los diferentes partidos que la conforman han venido discutiendo desde hace meses cómo cumplir un rol que le resulta extraño a una coalición que retuvo el poder durante 20 años. La forma como se dé ese debate y las conclusiones que produzca serán determinantes no sólo para el futuro de la Concertación, sino también para definir el ordenamiento del escenario político nacional y el rol que la oposición jugará en él.
En las últimas semanas han venido exponiéndose distintas visiones acerca de la posibilidad de que el conglomerado se abra al diálogo con fuerzas ajenas a él: el Partido Comunista, el PRO de Marco Enríquez-Ominami y el PRI. La conveniencia de esta opción ha generado algún grado de controversia, especialmente por la idea de la Democracia Cristiana de que la forma y la oportunidad de ese diálogo -motivado por iniciativa del PS, el PPD y el Partido Radical- sean acordadas previamente al interior de la coalición. En ese ambiente, han surgido voces que sugieren que es necesario crear una federación de partidos opositores, mientras otros han llamado directamente a refundar la Concertación "sin exclusiones" y bajo un nombre nuevo.
La variedad de propuestas y enfoques refleja el momento de confusión por el que atraviesa la coalición opositora. Esta conserva la mayoría en el Senado y tiene una presencia muy importante en la Cámara de Diputados, pero ha sentido el golpe que significó su alejamiento de La Moneda. Eso es perfectamente normal: la adaptación es difícil y las colectividades que conforman la Concertación no han logrado perfilarse con comodidad en su nuevo rol. Para prevenir recriminaciones que podrían haber resultado divisivas, la coalición prefirió no llevar a cabo una reflexión a fondo acerca de las causas de su derrota. Al mismo tiempo, ha tenido problemas para perfilar nuevos liderazgos que reemplacen a los que históricamente la encabezaron.
Todo lo anterior hace recomendable que el actual debate conduzca a definiciones en torno a cómo y en compañía de quién ejercerá su papel opositor. Una oposición organizada, capaz de ofrecer una alternativa viable, es necesaria para el sistema político, pues pone presión y fiscaliza al gobierno de turno y reúne las condiciones para competirle al oficialismo la opción por el poder en futuros comicios. Asimismo, debe jugar un rol relevante en la discusión profunda y fructífera de las reformas que el gobierno ha comenzado a plantear.
Las definiciones programáticas y la política de alianzas que eventualmente adopten los partidos de la oposición deben considerar que el sistema político chileno está diseñado para que sus actores compitan buscando el voto de los electores del centro. La historia electoral desde 1990 muestra que las coaliciones que resultaron vencedoras supieron atraer el apoyo de ese sector. Ello ha hecho de la moderación un sello de la política nacional. Tal como la Alianza por Chile tomó nota de estos antecedentes para convertirse en alternativa real de gobierno desde fines de la década de los 90 y llegar finalmente a La Moneda en marzo pasado, la actual oposición debiera actuar con realismo para desempeñar adecuadamente su rol opositor y reconstituir sus opciones como alternativa política.

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