Las lecciones de Elinor Ostrom




La “tragedia de los comunes”, el “dilema del prisionero” y “los problemas de acción colectiva” son tres reconocidos análisis en ciencias sociales que sugieren un mismo indeseado resultado: los individuos fallamos en producir beneficios mutuos, porque los incentivos que cada uno posee no inducen la cooperación.

Sobre la base de estos análisis se ha logrado entender, por ejemplo,  por qué las sociedades usualmente sobreexplotan sus recursos naturales, por qué los mercados desregulados suelen ser ineficientes en proveer bienes públicos y por qué los individuos, pese a compartir un interés común, tienen serias dificultades para lograr que todos participen en llevarlos a cabo. Pero ninguno de los fenómenos que se describen utilizando estos análisis son una fatalidad. No estamos condenados a ninguno de ellos. No son una tragedia que pesa inexorablemente sobre nosotros. Por demostrar que no es así, Elinor Ostrom, quien falleció recientemente, se transformó en la primera mujer en obtener el Premio Nobel de Economía el 2009.

Antes de los estudios de Ostrom, se pensaba que la única salida a estos problemas de incentivos radicaba en la intervención de un tercero (típicamente el Estado) que pusiera sanciones, reglas, desincentivos, etc., para disciplinar a los agentes económicos en pos de un mejor resultado colectivo. Las comunidades académicas y de hacedores de políticas atrapados en esos paradigmas sólo pueden ver una de dos alternativas a todos los problemas de vida en común: que el Estado lo regule todo o que el Estado lo privatice todo. Es decir: Estado versus mercado.

Ostrom destacó entre una generación de académicos de diversas disciplinas que vieron el fenómeno al revés. En vez de buscar explicaciones para nuestra falta de cooperación, ellos se preguntaron por qué, a pesar de todo, los grupos humanos cooperamos en diversos contextos. Para ello se involucró en comunidades distribuidas en diversos rincones del planeta para descubrir qué patrones hacían posible que cooperaran. Una visión dinámica de la interacción social y económica, una ecología de la cooperación, surgió de esos estudios. Sus enseñanzas se resumen en un conjunto de principios que permiten a las comunidades establecer límites, reconocerse mutuamente derechos de organización y participación, anidar las empresas y organizaciones en las realidades locales, establecer mecanismos de resolución de conflictos, monitorear mutuamente el desempeño, creando mecanismos de reputación y establecer sanciones graduales y no draconianas.

Ostrom defendió entusiastamente una visión de las políticas públicas policéntrica, donde ciudadanos, organizaciones y gobiernos cumplen cada uno roles complementarios. El mismo día de su fallecimiento escribió un mensaje para la Cumbre de Río: “Décadas de investigación demuestran que una variedad de políticas superpuestas a niveles urbano, subnacional, nacional e internacional tienen más probabilidades de éxito que acuerdos individuales vinculantes que abarcan mucho a la vez. Un enfoque evolutivo de este tipo para la formulación de políticas genera redes esenciales de seguridad en caso de que una o más no funcione.”

Jorge Fábrega
Escuela de Gobierno, UAI

Rodrigo Fábrega
BSD Consulting Group

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