Se arrienda Virginia Water

<P>Después del general Pinochet, tres nuevos moradores ha tenido la casa que él ocupó en esta villa cerca de Londres. Los últimos la arrendaron hace una semana. Pagarán $ 3 millones mensuales. En Virginia Water, la gente se instala en busca de tranquilidad: se ven pocas personas en las calles y buena parte del tiempo se gasta en el parque, el mismo donde se grabaron escenas de Harry Potter. </P>




Desde el centro de Londres, llegar a la localidad de Virginia Water toma poco más de una hora, haciendo conexiones de metro y tren. Se trata de una villa de algo más de seis mil habitantes, enclavada en el corazón del condado de Surrey, fuera de los límites de la capital. No tuvieron mal ojo los que escogieron este reducto como residencia del general Pinochet durante su involuntaria estadía en Inglaterra: el lugar es tan bello como tranquilo.

La vida social se concentra en unos pocos edificios comerciales y el resto son extensas arboledas con grandes casonas a lado y lado. Una especie de British Chicureo, que a ratos se confunde con los sectores emboscados de La Reina Alta o las calzadas de Piedra Roja, en los Dominicos.

A simple vista, se nota que no es una zona cuyos residentes tengan apuros económicos. Muy por el contrario. A pocos kilómetros se encuentra el Castillo de Windsor -residencia real que lleva el apellido de la actual monarquía- y el exclusivísimo Eton College, donde se suele educar la más rancia aristocracia británica, incluyendo a 19 primeros ministros, entre ellos el actual, David Cameron.

Afuera de la estación Virginia Water, una caseta alberga a los taxistas del lugar, que son los mejores testigos del peregrinaje chileno que hace años se dirigía hasta aquí. Recuerdan haber llevado a innumerables compatriotas hasta las puertas del condominio de Pinochet en Wentworth, una exclusiva área ubicada a un par de kilómetros del centro.

Uno de ellos todavía se ríe al recordar esa vez en que partidarios y opositores tuvieron que compartir el taxi para abaratar costos, sin dirigirse la palabra durante el trayecto. Y reacciona incrédulo al enterarse de que el ex gobernante ya murió hace unos años. Pero no emite comentarios.

Con un destacador amarillo en mano, él y otro taxista tuvieron la gentileza de enseñarme el trayecto desde la estación de tren hasta la que fue la casa del entonces senador vitalicio, desde diciembre de 1998.

Un poco más allá, un puñado de locales comerciales alimenta el escaso movimiento de Virginia Water: dos tiendas de abarrotes, una farmacia, un local de depilación y varias corredoras de propiedades. Los parroquianos se reúnen en el bar y restorán The Wine Circle, cuyo propietario aún no olvida la estadía de Pinochet en sus pagos. "¡Claro que me acuerdo! ¡Si hasta Margaret Thatcher vino a visitarlo! Una verdadera desgracia", se lamenta el hombre, mientras apunta orgulloso su botella Tatay de Cristóbal, de la Viña Von Siebenthal, que tiene su producción en el Valle del Aconcagua.

Pero fuera de estos casos, los rastros de la estadía de Pinochet aquí son casi inexistentes. A medio camino entre la estación y Wentworth se erige una moderna iglesia, cuya veterana recepcionista señala sólo recordar a un general de la Guerra Civil Española que se mudó a Virginia Water unas cuantas décadas atrás.

Muy cerca de la residencia de Pinochet, el bicentenario Hotel Wheatsheaf parece ser el lugar perfecto para indagar sobre la invasión chilena de entonces. Pero nadie en la recepción recordó haber alojado a ninguno. Entendible: para qué quedarse en un lugar donde no pasa absolutamente nada, si con un poco de esfuerzo se llega a Londres.

En la tradicional corredora de propiedades Barton Wyatt -que maneja la casa que ocupaba el ex presidente chileno- una agente lo grafica en una lacónica, educada y sugerente sentencia: "Esta no es una atracción turística". En efecto, no hay placas conmemorativas ni huellas de detractores furiosos. No hay merchandising, no hay postales, no hay grafitis.

No resulta fácil recoger testimonios aquí. Las calles de Virginia Water suelen estar prácticamente desiertas. Apenas se escucha el trabajo de los constructores de piscinas. Lo que sí se ve son varios anuncios de casas de retiro. El parque Windsor Great y su laguna -donde se filmaron escenas de Harry Potter- sirven como principales atracciones, especialmente para los adultos mayores radicados en esta zona. Para su población económicamente activa, esto es poco más que una aldea dormitorio. Ni los tradicionales pubs son fuente de mucha contaminación acústica. En su estado habitual, Virginia Water es una somnolienta pero encantadora taza de leche.

El mismo silencio me acompañó al ingresar a pie al condominio que los taxistas me marcaron en el mapa. Sus casas se desparraman en un infinito paño verde que comprende cuatro campos de golf, donde, cuenta la leyenda, se disputó la primera edición -allá por 1926- de la afamada Ryders Cup, que enfrenta a los mejores de América con sus pares de Europa. El tránsito está, sin embargo, vedado para los autos: aun sin guardias en la puerta, estamos pisando propiedad privada.

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Hasta hace pocos días, la ex residencia del general Pinochet estaba deshabitada. Pero la semana pasada, la casa que albergó a Pinochet durante 15 meses fue arrendada. Se trata de sus terceros inquilinos después de que la dejó el militar chileno. Aun cuando la identidad de quienes acaban de llegar aquí es celosamente guardada por la corredora, dicen que se trata de una familia numerosa. Para hacerse una idea, estamos hablando de una casona familiar de ladrillo situada en un terreno de aproximadamente cuatro mil metros cuadrados, con un amplio jardín y estacionamiento para varios autos. Por dentro cuenta con cuatro habitaciones y, según cuentan en la agencia, viene saliendo de varias remodelaciones. Su renta mensual alcanza las 4.500 libras esterlinas (unos $ 3.345.000 chilenos) y al menos, esta vez, se arrendó sin muebles. El precio es lo que comúnmente pagan quienes quieren vivir en esta zona. De hecho, el factor Pinochet no encareció ni abarató el inmueble.

Husmeando entre los arbustos conocí a los vecinos del general. "Vivía bastante bien", me indicaron en la casa del frente, comentando el penetrante olor a barbecue que salía frecuentemente del patio en aquellos tiempos. Respecto del personaje, no logran hacerse una opinión. Sólo veían a un anciano salir a caminar por la cuadra a tranco lento apoyado de un bastón, siempre rodeado del cariño incondicional de su familia, cuestión que nunca dejó de desconcertarles: no les calzaba la dura imagen que la prensa daba de él, con el familiy-oriented-guy que veían compartir con sus nietos.

Quizás por lo mismo, las quejas del vecindario no se concentran tanto en la figura de Pinochet como en los aspectos negativos asociados a su estadía en el barrio.

Aquí, en Virginia Water, la gente está acostumbrada a vivir en total tranquilidad. Y la presencia de Pinochet significó poner eso en riesgo, por la presencia policial y el despliegue logístico que entonces se instaló al ingreso del condominio. De la noche a la mañana, los residentes de Chestnut Avenue y Lindale Close -esta última la calle de Pinochet- tuvieron que habituarse a ser controlados al salir e ingresar a sus hogares, cuestión que, extendida en el tiempo, puede hacerse insoportable. Imagínese organizar una fiesta de cumpleaños para su hijo de cinco años en la cual los pequeños invitados -disfrazados como animales del bosque- son detenidos y registrados en un control de policía fuera de su propia casa. Si bien hoy lo rememoran como anécdota simpática, en el momento recuerdan haber estado indignados.

Lo mismo alega un diplomático retirado que acostumbraba a quemar las hojas de su jardín en otoño, a quien un día se le acercó una pareja de escoltas de traje y escarapelas tricolores a impedirle el sahumerio, porque opacaba la visión de las cámaras de seguridad del perímetro de Pinochet.

"Las noches eran tan luminosas como el día", comenta una joven que en ese entonces tenía 10 años, acordándose de los gigantescos focos blancos que apuntaban a su pieza y no la dejaban dormir.

Mucho más grave fue el caso de la familia que vivía exactamente frente a los chilenos y que no pudo enterarse a tiempo de la muerte del padre, porque sus teléfonos fueron intervenidos por alguna agencia de inteligencia británica como parte del operativo de seguridad.

Hoy, los vecinos tampoco deben interactuar con intrusos. Ya no hay manifestantes a las afueras del condominio. Y el sonido de los pájaros hoy deja en el recuerdo los tambores y gritos contra el ex gobernante. En el lenguaje anglosajón se utiliza la sigla Nimby (Not in my Back Yard) para referirse a los proyectos resistidos por los habitantes de un lugar: prisiones, vertederos, centrales energéticas. Para los residentes de Wentworth, la horda de inagotables activistas se transformó en un caso sui géneris de Nimby.

Casi un año y medio estuvo Augusto Pinochet en Virginia Water. Durante ese tiempo no cultivó relaciones humanas fuera de su entorno familiar, con la excepción del médico que lo atendió, y que acaba de retirarse dejando la consulta, a la usanza de pueblo chico, en manos de su hijo.

El nombre de Pinochet se lo empieza a llevar el viento mientras sobrevive apenas borroso en la memoria de algunos. Seguramente, las historias seguirán corriendo cada vez que un chileno llegue al reducto de los taxistas o pida un vino del valle central chileno en algún restorán tradicional. Los nuevos arrendatarios de la casa, cuentan en la corredora, no tienen idea de que su nueva morada refugió a tan controvertido personaje en condiciones de absoluta derrota política. "¿Por qué debería importarles?", añade la corredora. Probablemente tenga razón.

Hace un buen tiempo que los niños pueden entrar libremente a los cumpleaños y el viejo diplomático, que dice haber tenido en común un bypass con Pinochet, podrá seguir quemando sus hojas sin que ningún hombre de anteojos oscuros pueda impedírselo. La estancia del general fue apenas un paréntesis que juega con el olvido en la apacible vida de Virginia Water.

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