Por qué ser feminista
Porque soy privilegiada no concibo hoy dejar a otras atrás. Una vez que se está en la pelea no puedes sino pelear también porque no te acosen, no te toqueteen, no te maten, no te violen. Porque empiezas revisar tu biografía y hierves de rabia al pensar en ese hombre en el que confiaste y que no escuchó el "no". Y tú lo perdonaste.
Hace unos días, miles de jóvenes chilenas se tomaron la calle principal de Santiago para gritar, protestar, bailar, pelear y, a pecho desnudo, reclamar en contra de la cultura de abuso y machismo de la educación en Chile. Hace un par de años, miles de mujeres y hombres marcharon por la misma avenida, reclamando que ni una mujer más reciba un golpe, que no nos maten, torturen o violen en las marchas de Ni una menos. Y siendo que ambas causas son indudablemente nobles -supongo que progresistas y conservadores, derechas e izquierda, pueden acordar que terminar con los femicidios y los abusos y la desigualdad es algo que ayudaría al país-, la discusión se ha transformado en qué es el feminismo y si se tiene o no razón cuando se lucha desde esa verdad.
Suspiro.
Que en pleno siglo XXI hay que explicar por qué siendo mujer se pelea por los derechos de las mujeres, provoca un cansancio profundo. Sólo evidencia que no hay nada que genere más temor a quienes dominan la política y la cultura, que mujeres agotadas de ser pasadas por encima. Brujas, locas, exageradas, peludas y, no se puede creer, pechugas caídas (francamente); nuevamente se ha acusado a las feministas de todo lo anterior, al igual que durante la primera y segunda ola de feminismo. Pero ahora pasó algo distinto: las jóvenes hoy están dichosas de ser llamadas así, no se van a depilar y si te molesta verlas sin sostén, dice que hay algo malo con tú concepción del cuerpo, no con el de ellas.
Veo las tomas universitarias feministas con asombro, felicidad y sobre todo con admiración; yo, a los 20 años, no creía que tenía que luchar por mis derechos como mujer. Los daba por sentado. Mis padres me criaron con la misma educación y expectativas intelectuales que las de mi hermano, y se asumía que debía tener una carrera que me llenara y la que pude elegir con libertad. En la universidad no milité en ningún partido, no fui a marchas, y mi mayor aproximación a un compromiso político era votar sin falta en las elecciones. Perna y poco interesada.
Hoy, alrededor de quince años después, tengo junto a mis amigas una plataforma de visibilidad feminista, llamada Mujeres Bacanas, en la que trabajamos todos los días sin que nadie nos lo pague, hemos publicado un libro de mujeres que nos apasionan y que hoy, nuestro mayor orgullo, está en las manos de siete mil niñas y mujeres. Soy, quizás, la que arruina todos los chats en el teléfono al exigir preocupación por las causas de derechos de las mujeres.
¿Qué cambió entre medio? Fui acosada de adolescente, como todas. Caminando a mi casa en una calle estrecha, un hombre en bicicleta que me apretujó y me hizo sentir asqueada y pequeña en un recuerdo que a veces pasa como película de terror por mi cabeza. También me quedé helada cuando el instructor de manejo me dijo que no tuviera miedo, puso sus manos sobre mis hombros y me empezó a masajear, siendo yo una adolescente vestida de escolar. "Relájate", decía". Todo esto y más lo enterré atrás de mi cerebro.
Fue en el mundo laboral cuando comencé a ver la falta de oportunidades que nunca antes en mi muy, muy, muy privilegiada vida, había experimentado. Cualquier mujer que ha sido jefa se da cuenta que somos muy pocas y que nos escuchan menos que a los hombres en el mismo rango. Comencé a ver un punto en común, entender que cada vez que alguien me había dicho que yo hablaba mucho u opinaba mucho, agregaba un "para ser mujer". Daba lo mismo que hubiera trabajado años en un tema; iban a llamar al especialista hombre. Me empecé a irritar: quizás yo lo lograba no por ser mejor, sino por la suerte de criarme en un entorno donde se me estimuló a decir lo que pienso. Y entonces fue como tomarme la pastilla roja en Matrix, la película de Keanu Reeves: se le ofrece tomar esa píldora y ver el mundo crudo y real, u optar por la azul, que hará que todo se siga viendo bien, pero falso. Tomé la roja y no hubo vuelta atrás: cada abuso, cada silenciada, cada desprecio a mí o mis pares se sintió más grande, más fuerte, más injusto. Somos la mitad del mundo y somos minoría. ¿Cómo no me había dado rabia antes?
Leí mucho a muchas mujeres hablando sobre feminismo, más allá de las Woolf, las Plath, las Didion y De Beauvoir. Dos fueron fundamentales: Bitch: in praise of difficult women (Perra: en homenaje a las mujeres difíciles) de Elizabeth Wurtzel, que repasaba a mujeres reales muchas veces tildadas de locas, bajo un lupa más empática y femenina. Y Cómo ser mujer, de la graciosísima británica Caitlin Moran, donde básicamente sintetizaba así las dudas sobre el feminismo:
"¿Tienes una vagina? ¿Quieres hacerte cargo de ella? Si la respuesta a ambas preguntas es 'sí', felicidades, eres feminista".
Estaba lista para la pelea. Y lo estaba porque justamente soy una mujer soltera, sin hijos y sin demasiados problemas económicos, como describía el escritor Rafael Gumucio en una entrevista sobre el movimiento feminista actual. Porque tuve todos los privilegios y avancé y cuando miré hacia el lado, estaba sola. Porque soy privilegiada no concibo hoy dejar a otras atrás. Una vez que se está en la pelea no puedes sino pelear también porque no te acosen, no te toqueteen, no te maten, no te violen. Porque empiezas revisar tu biografía y hierves de rabia al pensar en ese hombre en el que confiaste y que no escuchó el "no". Y tú lo perdonaste. Es una responsabilidad tremenda que todas se tomen la pastilla roja, pero lo bueno es que en las nuevas generaciones esto viene incorporado.
Me han dicho que las mujeres feministas sólo interesan a otras mujeres feministas. La pelea de Mujeres Bacanas fue por ahí: para que nos escucharan y nos vieran. "Tus temas", decían. No "nuestros temas". Hay feministas de toda clase social y todas tienen luchas distintas. Y todas esas batallas son válidas, porque no veo que sean hombres, los que están siempre a cargo -en las universidades, en los partidos políticos, en las Fuerzas Armadas, en los laboratorios, en las casas y sin fin-, los que se hayan preocupado antes por esto. Los hombres solteros, sin hijos y sin demasiados problemas económicos, no tenían hasta hace poco ningún interés en preocuparse por la seguridad y por la libertad femenina.
Entiendo que muchos se vean amenazados en este momento. Supongo que también entiendo que algunas mujeres no lo entiendan; yo no lo vi mucho tiempo. Pero si algo hicieron las feministas de pechos desnudos en la Alameda es decirnos a todos que es tiempo. Después de siglos de mirarnos sin vernos, tenemos su atención: a la carga.
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