¿Chile es un país seguro ante una guerra nuclear?
La idea de que Chile es un posible refugio ante un desastre nuclear lleva décadas circulando, especialmente en tiempos de crisis. Pero, desde la física hasta la ficción, los expertos advierten que es en gran parte un mito. Los efectos de una guerra nuclear “no respetan fronteras“, advierte el investigador chileno Jilberto Zamora, director del Centro Teórico y Experimental en Física de Partículas de la Universidad Andrés Bello (UNAB).
En una escena ya clásica de Tres tristes tigres, la película de Raúl Ruiz, los protagonistas, borrachos en un departamento santiaguino, divagan sobre el fin del mundo. “Podría haber una guerra atómica”, lanza el personaje de Nelson Villagra. La respuesta, en voz de Jaime Vadell, suena casi tranquilizadora: había leído que el valle central de Chile sería uno de los pocos lugares del planeta que seguirían siendo habitables tras una catástrofe global.
La película es de 1969, pero más de medio siglo después esa idea sigue circulando. En 2026, las tensiones internacionales han vuelto a instalar el fantasma nuclear en la conversación pública. El conflicto entre Estados Unidos e Israel frente a Irán reactivó los temores de una escalada mayor.
En este contexto, la vieja conversación imaginada por Raúl Ruiz vuelve a cobrar sentido. ¿Qué tan cierto es que Chile, ese país largo, aislado y al sur del sur, podría ser un territorio relativamente seguro ante una guerra nuclear? La premisa es atractiva, pero científicamente discutible.
El temido invierno nuclear
Ante la afirmación de que Chile sería seguro por estar “al sur del sur”, Jilberto Zamora, director del Centro Teórico y Experimental de Física de Partículas de la Universidad Andrés Bello (UNAB), señala que es “engañosa en lo esencial”.
Si bien es cierto la probabilidad de impacto directo de una bomba en Chile es baja, al no ser un blanco militar estratégico, Zamora teoriza que “la seguridad no es sólo no ser bombardeado”.
El científico, que trabaja al interior del CERN, la Organización Europea para la Investigación Nuclear -de la que Chile es miembro y que tiene en Suiza el mayor laboratorio de física de partículas del mundo-, explica que los efectos indirectos son globales. “La atmósfera no tiene fronteras: el hollín y los radionucleidos cruzan el Ecuador en semanas”, asegura. En ese sentido, Chile sufriría las consecuencias climáticas y alimentarias con igual o mayor intensidad que el hemisferio norte, solo con un breve retraso.
El peor de los escenarios provocaría un “invierno nuclear”, es decir, la consecuencia de la acumulación masiva de partículas en la atmósfera, compuestas por ceniza, polvo y distintos materiales que son expulsados tras las explosiones.
Para hacerse una idea, en los eventos de Hiroshima y Nagasaki, en 1945, se utilizaron bombas relativamente menores en comparación con el arsenal actual esparcido entre las nueve naciones que poseen el armamento. Pedro Serrano, académico de la Universidad Técnica Federico Santa María y miembro de la Asociación Chilena del Espacio, explica que las explosiones actuales decantarían en “enormes cantidades de material hacia capas altas de la atmósfera, lo que termina bloqueando la radiación solar”.
En caso de ocurrir la “destrucción mutua asegurada”, cuando ambas potencias se atacan con todo su arsenal atómico, podría oscurecerse una parte importante del cielo a nivel global. “Eso implicaría una caída significativa de la temperatura: en términos simples, un invierno provocado artificialmente”, analiza Serrano.
Ahora bien, existe un factor físico relevante que podría impactar positivamente a Chile en este escenario hipotético: el efecto Coriolis. Este describe cómo la rotación de la Tierra influye en el movimiento de masas de aire, corrientes marinas y otros flujos. Mientras que en el hemisferio norte estos movimientos tienden a desviarse hacia la derecha, en el hemisferio sur lo hacen hacia la izquierda.
Esto es importante porque, si la mayor parte del material particulado se genera en el hemisferio norte donde están las potencias nucleares, su circulación tendería a mantenerse en esas latitudes y no desplazarse fácilmente hacia el sur.
“En ese sentido, existe una cierta “barrera” natural que podría retrasar o atenuar la llegada de esos efectos a países como Chile”, dice Pedro Serrano. En el sur, los efectos podrían ser más limitados o tardíos, lo que representa una ventaja relativa. Sin embargo, si el evento es lo suficientemente grande, terminaría afectando a todo el planeta.
Los límites de la ventaja chilena
Chile podría considerarse relativamente más seguro, pero eso no significa que esté completamente a salvo. Ambos expertos visualizan que son mitos las ideas de que estar lejos de una bomba asegura la supervivencia. “100 bombas bastan para causar crisis alimentaria global”, dice el académico de la UNAB Jilberto Zamora.
Hay factores geográficos que refuerzan este aislamiento: el desierto más árido del mundo, la cordillera más larga y volcánica del planeta, el océano más grande y al norte del continente más frío. Todo eso configura a Chile casi como una isla en términos geográficos.
Ese panorama, a ojos de Jilberto Zamora, no logra ser relevante para los efectos indirectos en países no beligerantes. El investigador del CERN y UNAB apunta a que la radiación global depositaría Cesio-137 y Estroncio-90 en suelos y aguas chilenas, contaminando la agricultura por décadas.
“La destrucción de la capa de ozono por óxidos de nitrógeno aumentaría la radiación UV catastróficamente, especialmente en la Patagonia, dañando cultivos, ganado y fitoplancton marino”, complementa.
A ese evento se sumaría la crisis energética. Chile importa el 70% de su energía. “Sin combustibles por colapso del comercio marítimo, y sin hidroelectricidad por falta de lluvias, enfrentaríamos un apagón prolongado sin bombeo de agua ni transporte”, teoriza. En ese contexto, el académico Pedro Serrano cree que la independencia energética se vuelve clave. “Países que dependen menos de combustibles fósiles o de redes globales están mejor preparados”, proyecta.
En el caso de Chile y de América Latina en general hay una ventaja importante: la capacidad de producir alimentos y avanzar hacia fuentes energéticas propias. Eso podría amortiguar parte de los efectos de una crisis global, aunque no eliminarla.
Chile en la ficción postapocalíptica
En la práctica, Chile nunca ha tenido una capacidad real para desarrollar armamento nuclear, ni tampoco para avanzar significativamente en esa dirección. No hay recursos, ni interés estratégico sostenido.
Por eso, en materia nuclear, Chile ha mantenido una posición más bien neutral y limitada a usos científicos o médicos. Hubo intentos en el pasado, pero no se concretaron, y hoy no existe una base real para pensar en un desarrollo nuclear de gran escala. Para los entrevistados, la seguridad actual depende de un delicado equilibrio del régimen de no proliferación, no de barreras geográficas o tecnológicas.
“La única seguridad real sería el desarme nuclear verificable. Mientras existan miles de ojivas, el riesgo de una catástrofe global nunca será cero”, plantea Jilberto Zamora, mientras que Pedro Serrano es certero: “Lo nuclear sigue siendo una de las decisiones más irresponsables que ha tomado la humanidad”.
Por ahora, la ficción es la única que puede acercarse a posibles caminos. Consultado para este artículo, el periodista y escritor de ciencia ficción Francisco Ortega sitúa el origen de Chile como país seguro ante una guerra nuclear mucho antes de que se instalara en debates contemporáneos. Según explica, ya en los años 70, el cómic chileno había imaginado al extremo sur como un refugio frente a un desastre global.
Ortega recuerda la obra de Themo Lobos, creador de Mampato, donde en la saga de “Los mutantes” aparece una clave que hoy suena sorprendentemente vigente: la Patagonia chilena, con escenarios como Torres del Paine, como uno de los pocos territorios habitables tras un holocausto nuclear. “Ya en 1974 estaba instalada esta idea de que el Cono Sur podía ser un refugio”, apunta.
Ortega, que estuvo a cargo de la revista Muy interesante, plantea que esa intuición cultural tiene un punto de apoyo en la realidad. “En el hemisferio sur vive cerca del 10% de la población mundial, mientras que las grandes potencias están en el hemisferio norte. En un escenario de guerra nuclear, ese sería el principal teatro de operaciones”, explica.
Por un lado, el autor de obras como “Bahamut” o “Logia” reconoce que quiere creer en la hipótesis de Chile como uno de los mejores lugares para sobrevivir a un evento de este tipo. Por el otro, deja claro que esa “ventaja” es relativa y no exenta de riesgos catastróficos.
Más allá del análisis, Ortega lleva la idea al terreno que mejor domina: la ficción. Imagina un Chile después del holocausto nuclear que, lejos de parecerse a paisajes desérticos tipo Mad Max, se transforma en un polo de atracción global. Un territorio que recibe oleadas de migrantes no solo desde América Latina, sino también desde Europa, Asia o Estados Unidos.
“Chile como una especie de arca en la zona de Concepción hacia el sur”, sugiere, donde una nueva sociedad, marcada por la migración masiva, vuelve a tensionarse en una escala distinta. Quizá sea Ortega que, siguiendo la línea de Themo Lobos, lleve al papel las posibles consecuencias en este lejano país ante las amenazas latentes de este milenio.
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