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¿Cómo nació el “roto chileno” y por qué se celebra su figura el 20 de enero?

Nació como un ícono de victoria en la Batalla de Yungay y en su momento se consolidó como el pilar de la identidad nacional, pero su historia esconde una cruel paradoja... Mientras el Estado glorificaba sus virtudes patriotas en monumentos y discursos, el “pueblo” recibía el olvido como recompensa. En un nuevo aniversario del Día del Roto Chileno, revisamos cómo su figura pasó de la épica militar a convertirse en el insulto clasista de hoy.

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Lo que hoy puede parecer un insulto o menosprecio -la palabra roto-, hace un par de siglos fue en Chile sinónimo de victoria y raigambre: un emblema de la Batalla de Yungay, sucedida en 1839, y la razón de por qué hasta hoy se homenajea la figura del “roto chileno” cada 20 de enero.

La historia es esta: el asesinato de Diego Portales en 1837 marcó un antes y un después en el devenir del país. Con la muerte del ministro y arquitecto del Chile moderno, el gobierno de la época realizó una serie de misiones militares para enfrentar y derrocar el poder bélico de Andrés de Santa Cruz, quien hacía un año había conformado la Confederación Perú-Boliviana.

El llamado Ejército Restaurador tenía fuerza armada especializada, pero también un masivo contingente popular. Entre ellos estaban “los rotos”: campesinos, peones y mestizos pobres que, muchas veces mal equipados y con vestimentas harapientas y rasgadas, formaron el grueso de la infantería y combatieron con determinación en pos de defender al Chile naciente.

Uno de los enfrentamientos más relevantes, que llevó al desarme y le dio la victoria a Chile, fue la Batalla de Yungay, realizada en dicha localidad ubicada al noroeste del Perú.

Para María Gabriela Huidobro, académica de la Facultad de Educación y Ciencias Sociales de la Universidad Andrés Bello (UNAB), la utilización política de la figura del “roto chileno” fue clave en ese momento.

“El término se utilizaba ya en el período colonial y en el siglo XIX cobra fuerza en el contexto de la necesidad de los gobiernos chilenos por consolidar una identidad nacional en la que los sectores populares se sintieran identificados”, explica.


Según Huidobro, la incorporación de los “rotos chilenos” fue crucial para el esfuerzo bélico “en especial, durante las guerras que el país sostuvo contra Perú y Bolivia, sobre todo para la Guerra del Pacífico, que no sólo fueron importantes para la definición de los límites territoriales, sino también para los sentidos de pertenencia a un proyecto político y cultural comunes”.

La Batalla de Yungay fue decisiva para el reconocimiento al roto chileno, cuando el Ejército Restaurador venció a la Confederación Perú-Boliviana.

El “pago de Chile” y un monumento

En honor a esta victoria se fundó el barrio Yungay, ubicado en el centro de Santiago. Casi medio siglo después, en 1888, se decretó por primera vez el 20 de enero como festivo y se inauguró la estatua del “roto chileno”. Un año más tarde comenzaron las celebraciones y respectivas ceremonias que se mantienen hasta el día de hoy como parte de la cultura identitaria nacional y local.

Cada mañana, entre el verde de la plaza y el sol naciente, el Monumento al Roto Chileno observa el movimiento del barrio Yungay. Ahí, frente a la Iglesia de San Saturnino, se puede ver, sobre un promontorio de rocas, a un hombre chileno de la época sosteniendo un fusil con su mano derecha, mientras reposa la otra sobre su cadera. En su espalda lleva una gavilla de trigo.

Parece “una escultura más”, pero también es mucho más que eso. Sin embargo, detrás del bronce existe una contradicción histórica que María Gabriela Huidobro recuerda:

“Quizá siempre hubo un desprecio velado a esta figura... En el mismo contexto de la Guerra del Pacífico, paradójicamente, aunque se celebró la participación de los ‘rotos’ en los campos de batalla, la recompensa para ellos tras la victoria fue muy pobre”.

Aquí es donde nace una frase que resuena hasta hoy: la expresión “El pago de Chile”, “ese olvido posterior, que dejó en el abandono económico y social a quienes habían arriesgado sus vidas por la defensa de la patria”, explica la académica.

“La expresión de ‘el pago de Chile’ proviene de ahí: de ese olvido posterior, que dejó en el abandono económico y social a quienes habían arriesgado sus vidas por la defensa de la patria”

Maria Gabriela Huidobro, académica

Huidobro añade que, aunque “distintas expresiones intelectuales, así como novelas, obras de teatro, ensayos o discursos políticos, lo celebraban para apelar a un sentimiento de unidad política derivados de una identidad nacional (...) eso no siempre, o quizá nunca, se tradujo en reconocimientos reales a las clases más bajas del país”.

Los eventos en conmemoración del roto chileno comenzaron el miércoles de la semana pasada. Antiguamente, la celebración duraba un mes.

Aun así, es una figura viva para la comunidad y, de hecho, goza de excelencia y areté, como dirían los griegos en la Antigüedad. Así lo señalaba un pedestal que acompañó al reconocimiento desde sus primeros días: “Chile agradecido de sus hijos por sus virtudes cívicas i guerreras”.

Para José Osorio, presidente de la Junta de Vecinos de Barrio Yungay, la identidad es clara: “el ‘roto’ es finalmente “el pueblo que está compuesto por muchas diversidades de personas”.

Sobre su apariencia, complementa que “el ‘roto’ del siglo XIX está asociado a esa imagen, por eso lleva sus ropas rotas, que eran así “o que se rompieron al fragor del combate”.

“En Navidad siempre aparece (escultura del Roto Chileno) con un gorrito del ‘Viejo Pascuero’, en Fiestas Patrias aparece con una chupalla, una manta... y a veces en hechos asociados por ejemplo al día de la mujer, aparece ahí con una pañoleta verde”.

José Osorio, presidente de la Junta de Vecinos de Barrio Yungay

Según relata el dirigente vecinal, “si se miran las facciones de ese ‘roto chileno’, no son las de un clásico chileno... Virginio Arias, el escultor, lo más probable es que tomó en ese momento como modelo un campesino francés”, ya que este se encontraba en Europa al realizar la obra que hoy se levanta en la plaza.

La escultura del roto chileno se inauguró en 1888 en la Plaza de Yungay frente a la iglesia de San Saturnino.

“En Navidad siempre aparece (escultura del Roto chileno) con un gorrito del ‘Viejo Pascuero’; en Fiestas Patrias aparece con una chupalla, una manta... y a veces, en hechos asociados por ejemplo al Día de la mujer, aparece ahí con una pañoleta verde”, cuenta José Osorio.

Pero hoy se reconoce también un origen étnico. En el mismo monumento, como destaca el dirigente vecinal, ahora “hay una placa que dice: ‘De los obreros del Perú a sus compañeros de Chile’. Y eso habla de un diálogo a propósito de un momento... que más que chovinista es un fenómeno de integración”.

El origen de un concepto

Los primeros tiempos del término “roto chileno”, eso sí, vienen desde mucho antes. Según Rafael Chavarría, director del Departamento de Historia de la Universidad de Santiago, hay que trasladarse al desierto de Atacama durante el siglo XVI, donde nace el primer rastro del concepto.

“Cuando los hombres de Diego de Almagro regresaron al Cuzco, tras su desastrosa travesía por el actual territorio chileno, lo hicieron en tal estado de miseria que fueron apodados ‘rotos’”

A pesar de eso, renombrados folcloristas como Oreste Plath han planteado que no viene de lo andrajoso, sino de lo informal. Para el también gestor cultural, este concepto se aplicaba a los españoles que viajaban a Perú con ropa y no con uniformes.

“Con el tiempo, la denominación dejó de ser un juicio sobre la ropa, para así convertirse en un reconocimiento al ‘esfuerzo y valentía’ de quienes venían de esta tierra fronteriza”, plantea Chavarría.

Durante la Colonia, la figura pasó a ser netamente peyorativa y algunos autores, tales como Diego Barros Arana, lo han propuesto como un “sinónimo de plebe”.

Esto cambia con la batalla de Yungay, plantea Chavarría, aunque años después, con la Guerra del Pacífico, nuevamente vuelve a tomar otro significado. “La representación ha transitado desde lo monumental a lo picaresco, pero en el siglo XX la figura se volvió más satírica”, asegura. “Es una herencia del clasismo del siglo XIX que nunca terminamos de sacudirnos”, añade, sobre el término que ya era una denominación para la “gente de última clase” para ese periodo.

Con la Guerra del Pacífico, el concepto tiene un giro: si para Yungay la actitud heróica del "roto" era con motivo fundacional, ahora es parte de la esencia nacional.

Representaciones y masculinidad

El “roto”, no es un roto cualquiera. Según Chavarría, el concepto se sostiene en una masculinidad exacerbada, con un arquetipo basado en la fuerza física y la valentía temeraria.

“La figura del roto se consolidó en los contextos de guerra y eso supuso que se construyó en función de espacios que se concebían, por entonces, como propios de lo masculino”, dice María Gabriela Huidobro.

Esto -agrega- “no significa que no haya habido mujeres que no hayan participado de las guerras, pero ellas debían dejar de lado sus atributos femeninos, incluso ocultando a veces su identidad, para ser aceptadas”.

Juan Verdejo, Don Inocencio, el Perejíl o Condorito son algunos de los ejemplos del roto chileno que algunos especialistas identifican en el humor gráfico local.

Sobre por qué no había una “rota”, dice que el término no se forjó, “pero sí había un personaje popular en el imaginario cultural, reflejado en la literatura y la dramaturgia, que también mostraba a las mujeres de esfuerzo, esas mujeres ‘choras’, que se baten contra la adversidad y que pertenecen también a ese mundo popular”.

Sobre esto mismo, Rafael Chavarría, de la USACH, propone que “la ausencia de una ‘rota’ equivalente como símbolo nacional no es un olvido, es una exclusión deliberada, porque los emblemas nacionales del siglo XIX excluyeron completamente lo femenino del escenario de la gloria”.

“El roto, en su sentido original de soldado-campesino, fue desplazado por la figura del huaso como símbolo nacional oficial, quien es presentado como alguien ‘impecablemente vestido, nunca remendado’, pero el ‘roto’ sigue vivo en el discurso y la conducta”, dice Rafael Echeverría.

Volviendo al “roto”, el personaje ha sido representado, en sus distintas versiones y en diversos formatos.

Uno de los personajes más emblemáticos llegó de la mano del semanario Topaze, con el que Juan Verdejo, un hombre del pueblo, de apariencia descuidada, pero profundamente chileno, se instaló como una de las representaciones más queridas. Él marcaba la diferencia con esos hombres hacendados, de buenas costumbres o frecuentadores de Europa, representantes de una alta sociedad alejada de lo popular.

Don Inocencio, de Osvaldo Salas; el Perejil, de Vigoze; Condorito, de Themo Lobos, entre otros tantos, son parte de ese rastro e imaginario que se plasmó visualmente, pero que a través del humor gráfico dieron vida al carácter de este otrora tan querido personaje.

En el cine destacaron Eugenio Retes, con su Euríspides Chamorro, en “El gran Circo Chamorro” -y quien años antes dio vida a la versión cinematográfica de Juan Verdejo, de Topaze-. También Nelson Villagra, con el Tito, en “Tres tristes tigres”, entre otros, le dieron cuerpo y voz en la pantalla grande.

¿Qué queda hoy de ese héroe? Para María Gabriela Huidobro la evolución es agridulce. “Su sentido se ha ido resignificando y aunque la definición remite al mismo origen popular, ha perdido el carácter heroico que lo revestía para quedarse más bien en la estigmatización social”, plantea.

La doctora en Historia, eso sí, reflexiona sobre la vigencia de su esencia. “Es paradójico, porque aún se le reconoce al roto chileno las mismas virtudes que antes, como el sacrificio, el esfuerzo, la lealtad, pero ya no como atributos propios del héroe, sino del sujeto que cada día se levanta para batirse con lo que tiene en una sociedad que lo discrimina”, comenta.

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