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Elis Mendoza, arquitecta: “La arquitectura forense es un reclamo contra el monopolio de la verdad del Estado o el poder”

Fundadora de Patio Lab, la arquitecta mexicana utiliza mapas, fotografías satelitales y reconstrucciones 3D para investigar casos de violaciones a los derechos humanos. Invitada a un seminario de la Facultad de Arquitectura UC, cuestiona la neutralidad de la arquitectura y explica cómo el espacio puede ejercer violencia, pero también convertirse en testigo de ella.

Lo primero que le llamó la atención fue el paisaje. En enero de 2015 Elis Mendoza llegó hasta la aldea indígena de Sepur Zarco, en Guatemala, con un grupo de abogadas de una ONG. En lugar de una zona selvática se encontró con plantaciones comerciales uniformes. El territorio había cambiado drásticamente. Y esa transformación, descubriría después, conservaba las huellas de una historia de violencia.

Elis Mendoza cursaba entonces un doctorado en arquitectura en la Universidad de Princeton y viajó hasta allí junto a la arquitecta Megan Eardley para colaborar con un grupo de abogadas y defensoras de derechos humanos. Investigaban un episodio ocurrido tres décadas antes, durante la guerra civil guatemalteca: el caso de violencia y violación de mujeres indígenas por parte del Ejército de ese país.

Las víctimas demoraron 30 años en hablar del tema.

La investigación se desarrolló bajo la supervisión del arquitecto israelí Eyal Weizman, fundador de la arquitectura forense, que utiliza las herramientas de la disciplina para investigar violaciones a los derechos humanos. Después de un trabajo de campo dedicado y minucioso, en el que participaron profesionales de distintos ámbitos, y gracias a fotografías, reconstrucciones en 3D y mapas colaborativos, entre otros recursos, lograron reconstruir lo que había ocurrido y aportaron evidencia a la justicia.

Hoy, Elis Mendoza es una de las fundadoras de Patio Lab, un laboratorio de investigación dedicado a la arquitectura forense y la cartografía social, asociada a la UNAM, en México. Ella es una de las invitadas al seminario DATe: Arquitectura, diseños y territorios, que se realizará el 8 y 9 de octubre en la Facultad de Arquitectura UC, en el Campus Lo Contador.

Elis Mendoza se interesó en la arquitectura forense hacia 2012, en un momento en que la violencia en su país se había intensificado. El campo de estudio nació del trabajo de Weizman en la Universidad de Goldsmith, en Londres.

-Eyal Weizman se dio cuenta de que en su calidad de israelí tenía acceso a mapas que están vedados para los palestinos. Y eso le daba acceso a una información que los palestinos podrían usar para hacer reclamos legales. Entonces empezó a pensar en las dimensiones políticas que tiene el mapear, el visibilizar, el registrar, etc.

Forensic Architecture nació como un programa académico, y pronto comenzó a recibir comisiones. De este modo se convirtió en una agencia basada en Goldsmith que ha inspirado una red de laboratorios y espacios de investigación en el mundo.

-Uno de sus postulados más sencillos es que la materia construida participa de los regímenes de violencia de dos maneras -dice Elis Mendoza

-Una es ejerciéndola: fronteras, puestos de control, centros de tortura o de detención, incluso los bordes entre las favelas y los desarrollos inmobiliarios. La otra es como testigo material de un hecho que sucedió: las marcas de las balas en un muro, la forma en que un misil destruye un techo. Una ciudad entera puede ser demolida al punto de que nadie reconozca ninguna parte de ella. Entonces la desanclas de tu memoria: eso también es ejercer violencia.

Elis Mendoza agrega que “si pensamos en la arquitectura y la violencia como copartícipes, podemos volver a mirar las fronteras y entender cómo actúan las dinámicas de poder sobre los territorios”.

En sus métodos de trabajo, dice, utilizan las mismas herramientas que se enseñan a los estudiantes de arquitectura: cartografía, modelos tridimensionales, maquetas, planos, cortes, fachadas. “Pero no las empleamos solamente al final para representar una investigación. Investigamos a través de los modelos y de los dibujos”.

La arquitecta destaca también el rol de los mapas colectivos en los conflictos sociales:

-En un mundo cada vez más polarizado, creo que los mapas construidos en común, a partir de grupos con diferentes intereses, pueden ser un lugar de disputa, pero también un lugar para tener conversaciones que a veces son difíciles.

Usted define Patio Lab como un laboratorio militante. ¿Qué significa?

Que nosotros estamos inequívocamente del lado de las víctimas. La arquitectura forense tiene un reclamo a la verdad: sus metodologías registran muy bien cómo se llega a ciertas conclusiones. Hay una creencia de que los mapas son instrumentos imparciales. Pero hay una larga tradición de teóricos que nos dice que nada está más lejos de la verdad. Los mapas no son imparciales: están hechos por alguien, resaltan un tema a costa de dejar otro en la invisibilidad; deciden qué se enumera, qué se enuncia y qué se retrata.

Si dejamos esa pretensión de absoluta imparcialidad, tenemos que decir de manera muy clara que estamos del lado de las víctimas. Somos muy cuidadosos al tomar una investigación. En Patio Lab hemos desarrollado protocolos para decidir colectivamente qué proyectos hacemos y cuáles no.

Ha dicho que se trata de una práctica “contraforense”. ¿Contra qué?

Contra el monopolio de la verdad del Estado y del poder. Un Estado dice: “La policía mató a alguien porque atacó”. Nosotros podemos reconstruir la escena y decir que ese ataque no ocurrió. La arquitectura forense ya no investiga solamente la materia dura y palpable; también examina delitos ambientales, el aire y las partículas. Si un gobierno dice que no hubo un derrame de petróleo, podemos seguir su trazo y mostrar hasta qué costa llegó. Si una autoridad dice que no vio a una embarcación con migrantes, podemos revisar por dónde pasaron sus patrullas y cuáles eran sus campos de visión.

El Estado tiene las herramientas y la capacidad de decidir qué se investiga y qué llega a juicio. Nosotros no tenemos toda su tecnología, pero somos creativos con lo que tenemos. La idea es poner esos conocimientos técnicos al servicio de quienes de otra manera no tienen cómo combatir las verdades que el poder fabrica contra los grupos más oprimidos.

El caso de las mujeres indígenas de Guatemala se volvió emblemático en este sentido, recuerda.

-El caso fue una apuesta de grupos feministas: trabajadoras sociales, sociólogas, abogadas y defensoras de derechos humanos. Se dieron cuenta de que durante las investigaciones sobre el genocidio ocurrido en la guerra civil, aparecían numerosos casos de violencia sexual, pero esta no se estaba considerando un crimen en sí mismo; se la usaba como testimonio para probar otro crimen. La violación es, además, un hecho traumático que causa ostracismo. No se habla de ella por las repercusiones que puede tener para la mujer y para su familia.

En Sepur Zarco, cuenta, “los hombres fueron desaparecidos cuando buscaban el reconocimiento de sus derechos sobre la tierra. Quedaron mujeres y niños, y cerca del pueblo se instaló un destacamento militar destinado al descanso de las tropas. Llevaron a las mujeres, abusaron sexualmente de ellas y las obligaron a cocinar, limpiar y lavar uniformes con sus propios recursos. En plena guerra, debían quitarles comida a sus hijos para alimentar a los militares. Había castigos corporales y un foso en el destacamento. Y obligaron a niños y adolescentes a construir el campamento donde iban a recluir y a abusar de sus madres. Esos niños, hoy hombres, tampoco habían hablado de aquello: sentían vergüenza por haber construido el lugar y no haber podido hacer nada”.

Ustedes hicieron una reconstrucción espacial. ¿Qué buscaban demostrar?

Que las violaciones no habían sido casuales. Se argumentaba que eran actos de hombres violentos, que sucedían en una guerra, pero no que fueran un arma de guerra. Teníamos que demostrar que sí lo eran, porque se trataba de algo sistemático y todo el mundo se había dado cuenta. También queríamos relacionar lo que les hicieron a los cuerpos de las mujeres con lo que hicieron al pueblo y a la selva. A ellas no solo las violaron: las extirparon de sus relaciones sociales y rompieron el tejido de la comunidad.

Los militares quemaron la selva y transformaron el pueblo: movieron la iglesia, cambiaron la escuela y trasladaron el mercado. Parece una tontería hasta que te das cuenta de que la memoria comunitaria se ancla en las cosas que se pueden contar y en los espacios que se pueden reconocer. Si nadie puede hablar porque ha sido sometido al silencio y nadie puede ubicarse en su propio espacio, ¿cómo reconstruyes una sociedad? Es imposibilitar el futuro de una comunidad.

¿Cómo fue el proceso de trabajo?

Hicimos muestras de tierra, reconstrucciones, revisamos mapas históricos y examinamos fotografías aéreas. Las pistas de aterrizaje eran nuestro único rastro claro para situar las imágenes. Encontramos las directrices de construcción de los campamentos y reunimos a quienes habían sido obligados a levantar el destacamento. Por primera vez en 30 años comenzaron a hablar de sus dimensiones y materiales. Hicimos un modelo 3D, lo contrastamos con esas directrices y volvimos al territorio. Encontramos los cimientos con la separación que habíamos reconstruido, el pozo de castigo y otros lugares. La acústica y la visibilidad ayudaban a establecer que las violaciones eran conocidas y sistemáticas.

Otro caso de gran resonancia pública fue la desaparición de 43 estudiantes en Ayotzinapa, en 2014. La agencia Forensic Architecture realizó una investigación colaborativa y gracias a herramientas de diseño espacial recreó los acontecimientos en una plataforma de acceso público. Elis Mendoza tomó parte en la investigación.

-Participé en el equipo, aunque no lo coordiné. Había investigadores y periodistas muy importantes. En este caso existía una cantidad enorme de información: registros de los ataques, investigaciones locales y federales, y el trabajo del grupo de expertos convocado a raíz del reclamo de las familias. Había muchas carpetas, algunas con documentos mal escaneados o casi ilegibles. Tuvimos que encontrar una forma de clasificarlos. Al comienzo marcábamos casi artesanalmente a los actores por colores: narcotráfico, policías locales, ejército, estudiantes, periodistas. Había muchas personas, llamadas y acontecimientos, y grupos de estudiantes que se habían separado durante los ataques.

La arquitecta recuerda que “al hacer ese trabajo advertimos que debíamos mapear también los hechos que el gobierno había presentado como verdaderos y contrastarlos con los reunidos por la investigación y por los periodistas. Si un testimonio situaba a alguien en un lugar y la versión policial lo situaba en otro, la discrepancia debía quedar visible. La plataforma permitió a los periodistas cruzar datos y encontrar historias que nadie había previsto”.

Las ciudades

Dice que la arquitectura no es neutral. ¿En qué sentido es política?

Desde el momento en que alguien puede reclamar la propiedad de un pedazo de tierra y delimitarlo, ya está ejerciendo poder político. Me parece violento que una persona no pueda existir en una ciudad sin una propiedad, comprada o arrendada. Se ponen obstáculos en las bancas para impedir que alguien duerma allí. Y todavía en 2026 se sigue enseñando en las escuelas que el arquitecto es quien construye desde cero. Se forma a estudiantes para trabajar en desarrollos inmobiliarios gigantescos, donde se aparca dinero y a veces ni siquiera vive gente: son segundas o terceras viviendas. Peor aún, eso se presenta como una aspiración. Me parece peligroso e irresponsable. Educar a los arquitectos así es educarlos para ejercer violencia: segrega.

Detrás de un plan para atacar una ciudad hay un urbanista, y detrás de la construcción de una cárcel hay un arquitecto. Estas cosas no son improvisadas: obedecen a lógicas estudiadas, incluso sobre cómo impedir que exista un centro cívico o una vida social en común. Las ciudades son centros de disputa. Si hay plazas públicas, la gente puede reunirse y disputar el poder. La arquitectura también tiene la posibilidad de ofrecer esos espacios.

¿Qué pasa con la violencia ejercida por el narco? Cómo lo enfrentan?

Yo creo que el narcotráfico es el poder omnipresente en México y está involucrado en absolutamente todo. O sea, no creo que haya casos de violencia masiva en México donde no pase de alguna manera a ejecutar o a ser parte el narco. Pero es algo con lo que los investigadores se tienen que ir con mucho más cuidado. México es un país peligrosísimo para ejercer periodismo y cualquier tipo de investigación.

Nosotros tenemos que ser muy responsables también por nuestro equipo. Hay una razón por la cual el laboratorio existe dentro de la UNAM, dentro de esa gran infraestructura, prestigio y poder que tiene una institución como la UNAM. Es una preocupación muy real y por eso hablamos poco de ese tema.

¿La arquitectura puede colaborar en la búsqueda de justicia?

Como testigo material puede ayudar a contar historias y reivindicar a quienes han sufrido violencia. También puede impulsar espacios comunes, horizontales, de encuentro. Podríamos buscar una arquitectura que integre en lugar de segregar o construir fronteras y centros de detención. La arquitectura es la traza material de políticas, culturas y encuentros; por eso podría ser mucho más potente. Durante años dejé que me ganara el derrotismo: pensaba que todo estaba muy mal, que habíamos perdido. Pero tengo que creer que otro mundo es posible. Regresar a lo común es nuestra única salvación. Hay que dejar de pensar solo en productividad e individualización, porque eso termina por enfrentarte incluso con tus compañeros. También hay que exigir a quienes enseñan arquitectura que escuchen a sus alumnos; los jóvenes están abiertos a ideas y no nos corresponde quitárselas.

En un continente remecido por la violencia, ¿ve posibilidades colaborativas?

En Patio Lab he encontrado una sed enorme de participar. Nos han buscado investigadores de la UNAM, de otras universidades y de colectivos. La cartografía participativa es un arma bellísima para discutir cosas difíciles. En América Latina están surgiendo muchos laboratorios y experimentos desde los cuales se puede dar una lucha distinta de la política partidaria. Creo que la disputa política del futuro estará en el ámbito de la imaginación: necesitamos imaginar otras formas de organización y de estar en comunidad. Esas formas vienen también del arte y de la colaboración entre disciplinas.

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