Ayer, hoy y siempre
Un mundo desaparecido. Los recuerdos del viejo Jack, tal como La vida de Hannah Coulter, es una de las varias novelas que Wendell Berry sitúa en el pueblo ficticio de Port William, evocación de su pueblo natal, Port Royal, en Kentucky, donde él, ya octogenario, sigue viviendo hasta hoy. La de Berry es la voz de un mundo que Estados Unidos y la modernidad condenaron a la desaparición hace largo tiempo, no solo porque el antiguo concepto de la granja dejó de protagonizar la economía rural norteamericana, sino porque ese mundo venía del naufragio muy anterior que significó la derrota del sur en la Guerra de Secesión. El viejo Jack, en torno al cual gira esta novela, es un granjero templado en el rigor del trabajo, de la pobreza, de la desdicha personal y de la fuga a la interioridad que implica la vejez. Como bien dice la contraportada del libro, algunas cosas no le salieron en su vida como esperaba, pero hubo otras, pocas, que las compensaron. El relato (débil en el tiempo presente, robusta respecto del pasado) está articulado prácticamente en su totalidad a partir los recuerdos del protagonista -un viejo roble sobreviviente a múltiples cambios sociales- y corre desde los años posteriores al triunfo de la Unión hasta entrado el siglo XX. Tal como Hannah…, algunos de cuyos personajes vuelven a reaparecer aquí, esta también es una hermosa novela, aunque tal vez sin la misma envergadura poética. Recupera, sí, con la misma belleza horizontes culturales definitivamente perdidos, una vez que la América urbana decretó -a lo mejor sin quererlo, aunque sin medir las consecuencias- la caducidad de la América rural y todo lo que eso significaba en términos de pérdida: del sentido de comunidad de los pueblos chicos, de ese estilo de vida congruente con los ciclos de la siembra y la cosecha, de una manera de trabajar que le debía más al esfuerzo que al dinero, de una conexión con la familia, con la tierra y con los animales muy anterior a los conceptos de éxito o de triunfo social y de una forma de entender la existencia, donde los difuntos seguían presentes en la memoria y en las cosas por mucho tiempo. Todo eso es historia, pasado, recuerdos, polvo, neblina, imágenes que reaparecen a pedazos en la conciencia del viejo Jack. Hermoso libro (Chia Editora, 2026, 237 pp.).
Matices y dudas. Ya está en Mubi, también en Filmin, y posiblemente también en otras plataformas digitales, Fue un simple accidente, la cinta que ganó Cannes y cayó derrotada este año ante Valor sentimental por el Oscar a la mejor película extranjera. Dirigida por Jafar Panahi y filmada en la clandestinidad (lo cual es una proeza increíble), la película es la historia de un sujeto que fue víctima de torturas por parte del régimen iraní y que un buen o mal día secuestra al oficial que lo apaleó. Luego, como no está del todo seguro de haber capturado a su verdugo, quiere confirmar con otras víctimas la identidad del sujeto que lleva drogado y maniatado en su vehículo. Aparte de tener momentos de gran cine, y de tenerlos en una cinematografía que a veces ha volado muy alto (con autores como Abbas Kiarostami o Asghar Farhadi), la cinta es un soberbio tributo a la complejidad moral de los hechos, las acusaciones y las dudas que plantea la conducta del protagonista. En una época en que nos estamos acostumbrando a un cine binario, simplón y políticamente correcto, encontrar a un cineasta que sabe manejar los matices y la duda es todo un privilegio. Podrán escribirse rumas de papeles sobre conceptos como memoria, olvido, perdón, justicia y verdad, pero este relato los aclara con una precisión envidiable. Se da incluso el lujo de incluir observaciones humorísticas que descomprimen cualquier asomo de gravedad o acartonamiento en el discurso. En las últimas semanas, el régimen iraní había prometido volver a detener a Panahi, que ha estado varias veces en la cárcel. Puede ser que no lo haya hecho si es que volvió al país, puesto que anduvo por Los Ángeles en los días del Oscar. Hay que ponerle atención a este realizador y a sus películas. Es posible dar con varias suyas, por aquí y allá. Dar, por ejemplo, con Taxi Teheran, que filmó violando la prohibición gubernativa que tenía de filmar, y que registra en tiempo real observaciones y puntos de vista de los pasajeros que van a un lado a otro por esa ciudad, con El círculo, sobre la condición de las mujeres en Irán de hoy, o con Las cosas no existen, sobre las represiones que impone a los ciudadanos una dictadura oscurantista como la de su patria. Jafar Panahi trabaja siempre en pugna con los lugares comunes.
Tres verdades sencillas. “Uno escribe dos o tres libros y luego se pasa la vida respondiendo a preguntas y dando explicaciones sobre esos libros”. Lo dice el gran escritor peruano Julio Ramón Ribeyro en su magnífico libro Prosas apátridas. Eso probaría, según él, que a la gente le interesan más las opiniones del escritor que los libros mismos. Para contrarrestar esta distorsión, propone tener presente tres verdades sencillas, pero duras: 1) una buena obra no tiene explicación; 2) una mala obra no tiene excusa, y 3) una obra mediocre carece de todo interés. “En consecuencia -remata-, los comentarios sobran”.
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