Banderas de lucha
Maikol Palacios era el nombre del adolescente que acompañaba a Camilo Catrillanca el 14 de noviembre de 2018, cuando un comando de Carabineros les dio alcance mientras se desplazaban en un tractor dentro de la comunidad de Temucuicui. Uno de los policías le disparó en la nuca a Catrillanca y lo mató, otro golpeó y detuvo a Palacios, quien en ese entonces tenía 15 años. La historia posterior es conocida: el montaje de un falso enfrentamiento y la presión de la opinión pública que transformó el rostro de Catrillanca en un ícono. Era otro caso más de una violencia conocida en una región cuya historia ha sido fraguada sobre un legado de injusticias. Era también una fuente de indignación popular en un momento en que, como nunca, la población chilena adhería a la causa mapuche, una adhesión que continuó en alza durante el estallido -la proliferación de banderas mapuches en las marchas, el uso de la expresión “wallmapu” para referirse a La Araucanía-, y tuvo su clímax al inicio de la primera Convención Constituyente. Luego sobrevino un declive en el interés que se aceleró con la fallida incursión en Temucuicui de la flamante ministra del Interior, cuya comitiva fue recibida con balazos. El punto final de aquel ciclo de interés generalizado a la causa mapuche fue el fracaso del primer proyecto constitucional rechazado de modo abrumador por las comunas con mayor población indígena del sur de Chile. Cuando eso ocurrió, Maikol Palacios, el adolescente que acompañaba a Catrillanca, ya tenía 19 años.
Según notas de prensa de la época, Palacios había padecido violencia doméstica desde la infancia, y vio a su padre entrar y salir de la cárcel de manera sucesiva por asesinar a un hombre a balazos, herir a otro en una golpiza y apuñalar a un tercero. En 2019, el propio Maikol Palacios irrumpió en la casa de su bisabuelo, a quien tumbó y pateó en el suelo sin aclarar la razón para hacerlo. Al año siguiente intentó completar su escolaridad, fue padre y se hizo aficionado a la fotografía, sin embargo, no logró tomar distancia de la violencia: en 2022 fue detenido por el robo de una cartera tras amenazar a una mujer con una pistola de fogueo. Fue condenado a libertad vigilada. La madrugada del 7 diciembre de 2023 el conductor de una camioneta que transitaba por la Ruta 5 Sur, a la altura de Victoria, vio a lo lejos a dos hombres sobre la calzada. Le hacían señas para que detuviera el auto. El conductor aceleró golpeando a uno de ellos. Eran las tres de la mañana, Maikol Palacios tenía 20 años y no sobrevivió al atropello. A esas alturas la imagen de Catrillanca, en algún momento omnipresente en los muros de las ciudades del país, estaba comenzando a desaparecer. Pocos recordarían el nombre del adolescente que ayudó a aclarar su asesinato.
Las últimas noticias sobre el caso de Julia Chuñil, la mujer mapuche desaparecida desde noviembre de 2024, no tiene relación alguna con el asesinato de Catrillanca, tampoco con el destino de Maikol Palacios, pero sí con la manera en que ciertos sectores del progresismo y la izquierda abrazan causas desde una perspectiva en ocasiones idealizada, asumiendo realidades esquemáticas de cocción instantánea de las que pronto se olvidan. Es cierto que presionar para que el sistema de justicia haga su trabajo, en un contexto en el que la sensación de corrupción institucional y de impunidad ha sido refrendada por los hechos sobre todo en La Araucanía, es una necesidad, pero hacerlo no es lo mismo obligar al sistema a constatar la propia versión de lo ocurrido a cualquier precio, sin atender a las dudas legítimas. En ocasiones da la impresión de que más que un acto solidario con el más débil y una exigencia al Estado a asumir su rol, muchas acciones reflejan una necesidad de pertenencia y notoriedad circunstancial de quienes las llevan a cabo. Adhesiones intensamente difundidas, pero superficiales, a causas que ocultan una complejidad difícil de retratar en un esténcil callejero y de conjurar con una consigna. Banderas y causas que se suceden, como los videos sobre los que se hace scroll en el teléfono; situaciones de injusticia que apelan a una emocionalidad cruda y encajan con los valores y creencias de quien las levanta, pero que después de un tiempo, en lugar de conducir a una comprensión más amplia del fenómeno, que inevitablemente será más desafiante y trabajosa de encajar, son abandonadas o conservadas en su versión más unidimensional o edulcorada. Ocurrió con Catrillanca y con tantas demandas que reventaron en el estallido que, tras ser voceadas y utilizadas como plataformas electorales, se diluyeron o fueron reducidas al estampado de una polera.
Tal vez una de las razones de la última derrota electoral de la izquierda tenga que ver con una ciudadanía que desde hace seis años ha estado escuchando discursos grandilocuentes que nunca cuajaron en hechos o cambios a la altura de las promesas. Aun peor, una ciudadanía que ha visto cómo algunos incluso sacaron provecho defraudando la fe pública, como el esperpéntico caso del engaño de Rodrigo Rojas Vade. Quizás sería el momento de reflexionar desde la izquierda sobre la necesidad de una plataforma más poderosa que una mera sucesión de causas articuladas por un carisma de ocasión como oferta electoral, abandonar el combustible contaminante de la frivolidad, de la idealización y de la estimulación de las emociones automáticas, y profundizar en esa realidad incómoda en donde la línea que separa lo justo de lo injusto, los buenos de los malos, no es siempre tan nítida como quisiéramos. Acercarse, por ejemplo, al mundo que le tocó vivir a Maikol Palacios o al de Julia Chuñil, y mirar de frente que en un mismo espacio pueden coexistir demandas atendibles, conductas violentas, aspiraciones legítimas, abandono, frustraciones heredadas, mucha violencia y unas dosis mínimas de esperanza. Dosis a las que convendría poner a resguardo de ese mar de desconfianza en el que todos estamos sumergidos.
Lo último
Lo más leído
Plan digital + LT Beneficios por 3 meses
Comienza el año bien informado y con beneficios para ti ⭐️$3.990/mes SUSCRÍBETE