Opinión

Chile, ¿cómo escapar de la decadencia mundial?

Proyecciones oficiales confirman que la población de Chile superará los 20 millones en 2026. Jonnathan Oyarzun/Aton Chile JONNATHAN OYARZUN/ATON CHILE

Es un mundo que se caracteriza por el sonido de los tambores de guerra; conflictos por aspiraciones territoriales e influencias geopolíticas; persecuciones religiosas al alza; renovación de los mesianismos; y una polarización entre las sociedades democráticas.

El contexto dificulta percibir el miedo de los infantes separados de sus padres por indocumentados; tampoco permite escuchar las razones de los que naufragan por alcanzar un refugio para sus familias en tierras lejanas; no se oye el grito de dolor de los que han perdido a sus seres queridos en matanzas despiadadas en Ucrania, Sudán, Sahel, Palestina, Irán; o en los miles de asesinados a manos del crimen organizado, liderado por cabecillas que están bien protegidos por el establishment.

Los liderazgos actuales representan antivalores, ya que desprecian los principios por los cuales valía la pena nuestra vida en comunidad: libertad, justicia social y respeto a la norma y al prójimo.

En efecto, cuando advertimos que la política se transforma en un espacio para los negocios de los gobernantes y sus amigos; para quienes suelen alardear de su ignorancia; denostar a quienes pretenden tener un juicio con sustento moral en asuntos como inmigración, orden económico, guerras, justicia social, entre otros, estamos en presencia de la nueva elite que tiende a carecer de contenido intelectual y doctrinario.

En un mundo que exhibe esta performance ¿cuál debiese ser la actitud de Chile? Un país que, por cierto, no cuenta con la vacuna contra el virus de la decadencia que afecta transversalmente a la diada izquierda-derecha, el cual está presente en el debate público a favor de eliminar los derechos de propiedad intelectual; en la formalización encubierta tras el pago de impuestos a las empresas de juegos de azar; en el cada vez más conocido tráfico de influencias para la designación de autoridades; o en la corrupción que ha azotado a nuestras instituciones de la República durante las últimas décadas.

Al respecto, debemos convocar a nuestras fuerzas democráticas a renovar el compromiso con los principios de la igualdad ante la ley, la libertad, la justicia social y el apego al derecho (nacional e internacional), ya que de otra manera nos iremos mimetizando –como está ocurriendo desde hace tiempo- con la decadencia que nos aparta del camino del humanismo integral.

Es tiempo de despertar y promover el encuentro entre quienes trabajen por la comunidad y no por sus intereses individuales; reivindiquen el bien común; presenten una visión de país y renueven la justicia social como motor del desarrollo. Ello requiere competencias, conocimiento y voluntad de servicio público para superar la propaganda política que se ha tomado la discusión pública.

En consecuencia, es un llamado urgente a la ciudadanía, la cual es la primera que debe hacerse responsable en exigir un retorno a la razón y la buena política.

Por Jaime Abedrapo, Director del Centro de Derecho Público y Sociedad USS

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