Cómo hablamos de la muerte
El 26 de marzo murió Noelia Castillo. Tenía 25 años y eligió morir sola en un hospital en la costa catalana. Su vida fue dura: creció sin una red familiar, fue entregada al sistema de protección de menores, fue abusada varias veces en su infancia, y tuvo reiterados intentos de suicidio. Tras saltar de un quinto piso, quedó parapléjica, con dolores crónicos y sin autonomía. En 2024 solicitó la eutanasia. Su padre se opuso hasta el final. Luego de dos años y cinco tribunales -el último fue el Tribunal Europeo de Derechos Humanos-, la justicia le otorgó el permiso para morir. Noelia eligió morir sin nadie en su habitación; no quería ser ejemplo para nadie. Solo irse en paz y dejar de sufrir.
Gueorgui Gospodínov se pregunta si cuando hablamos de la muerte, hablamos de aquél que se ha ido o de nosotros, de cómo nos sentimos en su ausencia. Lo que sobrevive es la historia que nos contamos.
La historia de Noelia ilustra cómo hablamos de la muerte. Nos hemos vuelto extraordinariamente sofisticados para administrarla, pero no sabemos qué hacer con ella. Estamos intencionadamente distanciados de la muerte. Todo es más frío y aséptico, y también más solitario. La historia de Noelia es el epítome de ello: su muerte ha sido tratada como un problema legal o moral, y su historia reducida a una excusa para glorificar a nuestros propios dioses. El padre dejó de ser un hombre roto, y la hija una persona que sufría. La historia de ambos reducida a un argumento dentro de un expediente judicial. Son seiscientos días en que el derecho ocupó el espacio que correspondía a otra cosa.
Nada demasiado bueno puede salir de quien mira el mundo como si fuera un signo puro, nos advierte Paz López, quien llama tristeza política a eso que ocurre cuando censuramos las preguntas sobre el enigma de la vida y la muerte y llenamos lo desconocido con nuestras certezas. Como antídoto, sugiere mirarnos con ternura: una mirada sutil, con benevolencia ante la falla, que comprende que somos frágiles, insuficientes y vulnerables, y que persiste a pesar de la torpeza, la fealdad o la idiotez. Esa mirada que estuvo ausente en el caso de Noelia.
Quizás hablamos de la muerte igual que como nos hablamos de todo: con argumentos y certezas en lugar de preguntas y ternura. Ponemos un veredicto donde podría haber comprensión.
Esa es la tragedia. Que Noelia haya escogido morir sola, y que su padre no haya podido acompañarla; pero también que su historia -eso que la sobrevive- se haya convertido en la defensa de una posición. Que no entendamos que quién llevaba la razón no era lo importante. Que su muerte quede reducida a seiscientos días de litigio, y que pasemos por alto las preguntas más incómodas: cómo nos miramos, cómo hablamos de la muerte -y de paso, cómo nos hablamos de todo lo demás.
Por Diego Navarrete, abogado
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