Cuando crecer no basta
La desocupación llegó a 9,4%, su mayor nivel desde la pandemia: 981 mil personas buscan trabajo sin encontrarlo. El desempleo juvenil bordea el 25% y más de 100 mil siguen esperando encontrar su primer empleo. El país necesita algo más que optimismo. Incluso, más que crecimiento. Por eso llamó la atención la frase del ministro de Hacienda: “El corto plazo se llama recuperación de la construcción, créanme”. La confianza importa. Pero no crea empleos por sí sola.
Y es que el deterioro no está solo en la cantidad. También golpea la calidad: en el último año, el trabajo asalariado formal cayó 1,7%, mientras el informal creció 7,1%. En las mujeres, el cuadro es especialmente duro: desempleo de 10,5% e informalidad de 28,8%. En síntesis, Chile no solo crea poco empleo; el que crea es deficiente: sin contrato, sin cotizaciones para pensión y salud. Nada de qué ufanarse.
Frente a esta tragedia, la respuesta oficial ha sido inequívoca: el empleo se recupera con inversión y crecimiento. El problema es que todo indica que la receta no alcanza. David Bravo, quien presidió la Mesa de Reactivación Laboral, lo resumió así: antes de 2019, cuando crecía la economía, crecía el empleo; después de la pandemia se produjo un desacoplamiento. En simple: a igual bajo crecimiento, la desocupación promedio de los últimos cuatro años es 1,5 puntos mayor que antes de la pandemia. Crecer es indispensable, pero ya no basta.
Si crecer ya no basta, ¿qué hacer entonces? El revulsivo podría estar en reformas laborales y medidas concretas de corto plazo. En eso la Mesa de Reactivación Laboral ya ha abierto un camino proponiendo iniciativas que apuntan a una mayor flexibilidad. Todas ellas van en la dirección correcta, pero con una dificultad: sus efectos de “cocción lenta”.
Y el crecimiento tampoco ofrece alivio inmediato: la última proyección para este año es de apenas 1,8%, aunque hay razones para el optimismo, como la inminente aprobación de la Ley de Reconstrucción. El problema es que varios de los efectos de la megarreforma tardarán en verse, incluso en la magnitud anunciada. Algo que no es consuelo para quienes pasado mañana, lunes, saldrán nuevamente a buscar trabajo.
Se está actuando, sí. Pero hay que hacerlo más rápido, sin errar el blanco y corrigiendo a tiempo. Buen ejemplo de ello son los subsidios al empleo. Su diseño inicial —cinco mil contrataciones por cuatro meses— era claramente insuficiente: cubría apenas 0,5% de los desocupados. El gobierno corrigió el rumbo: reasignar recursos regionales, acelerar obras pequeñas y reforzar ayudas directas a la contratación. La meta es crear 50 mil puestos adicionales en el segundo semestre. La dirección es razonable: la evidencia internacional muestra que obras públicas pequeñas, distribuidas y rápidas generan empleo directo en el corto plazo. La duda es si los recursos alcanzan para cumplirla. Puede ayudar a pasar parte del invierno y evitar el temible umbral del 10% de cesantía, pero no rompe el desacople de fondo.
Ahí aparece el “créanme”: la apuesta de corto plazo es la construcción. Tiene lógica. Es un sector intensivo en empleo. Pero tiene limitantes: es trabajo mayoritariamente masculino y la construcción privada arrastra más de 100 mil viviendas nuevas sin vender y desistimientos en niveles históricos. No ayuda haber anunciado rebajas futuras al IVA, que terminó postergando compras presentes. El riesgo es que el empleo llegue, pero al final de la cadena: después de absorber inventarios, reactivar ventas y recién entonces iniciar nuevas obras.
La magnitud y los tiempos tampoco cuadran. La construcción perdió cerca de 100 mil empleos desde comienzos de 2022. Incluso recuperarlos todos —un escenario optimista— cubriría apenas una fracción del millón de desocupados y dejaría casi intacto el desempleo femenino. Además, el calendario juega en contra: en los últimos cuatro años, la desocupación ha subido en promedio 0,2 puntos entre mayo y agosto, lo que llevaría la tasa al borde del 10%. Y el anhelado subsidio unificado al empleo recién se estrenará en octubre, cuando el invierno laboral ya habrá pasado la cuenta. El problema no es apostar por la construcción. Es apostar a que llegue a tiempo y alcance para todos.
Por eso, la inversión pública importa. La reasignación regional puede ayudar a revertir la baja ejecución y activar obras pequeñas. Pero también urge acelerar proyectos públicos de mayor envergadura. No para abandonar el ajuste fiscal, sino para ejecutarlo mejor: priorizar iniciativas con financiamiento, alto impacto laboral y capacidad de partir pronto. La urgencia es mayor porque hoy ocurre lo contrario: la inversión pública ejecutada cayó más de 30% en doce meses, especialmente en Obras Públicas y vivienda. Apostar por la construcción exige, antes que nada, construir.
La apelación al “créanme” es comprensible, pero insuficiente. La construcción puede ser parte de la respuesta, pero no la única. Tampoco basta apostar todo a un crecimiento por venir. Este puzle es de los más complejos y urgentes que enfrenta el país. Ninguna apuesta por sí sola podrá hacer andar una máquina largamente detenida. Se necesitan varios puntos de tracción. Mejor ejecución de la inversión pública, más obras pequeñas y distribuidas, subsidios focalizados y reformas laborales son solo algunos.
Ante casi un millón de desocupados, ese esfuerzo combinado es un imperativo. Y como tal no puede esperar. Porque cuando se trata de puestos de trabajo, el tiempo importa todavía más.
*El autor de la columna es coordinador académico del Centro de Estudios Públicos.
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