Cuando la anticasta se convierte en casta
Uno de los pilares discursivos —y, si se quiere, el telos moral fundante— del gobierno de Javier Milei fue su compromiso con la erradicación de la denominada “casta”. No se trataba solo de una consigna electoral eficaz, sino de una promesa con densidad ética: terminar con una élite política y económica que, abusando de sus posiciones de poder, habría construido mecanismos de autoprotección e impunidad. Esa narrativa fue decisiva para interpretar su triunfo y, más aún, para dotar de legitimidad a un proyecto de ruptura con el statu quo.
Sin embargo, como suele ocurrir en la política, el ejercicio del poder somete a prueba las convicciones declaradas. Y es en ese terreno donde comienzan a aparecer zonas de tensión que erosionan la coherencia entre el discurso y la práctica. La denominada “operación Libra”, en torno a una criptomoneda de características altamente cuestionadas, ha abierto precisamente ese flanco.
De acuerdo con antecedentes difundidos por investigaciones periodísticas, la actuación del Presidente y de su hermana, Karina Milei —figura central en la arquitectura del poder gubernamental— habría sido determinante como elemento gatillante para la generación de confianza en torno al activo digital, facilitando así la captación de recursos que, según se sostiene, terminaron constituyendo un esquema de carácter fraudulento. Más allá de las responsabilidades penales que puedan establecerse, el problema central es de naturaleza política y ética.
La sospecha de que el poder presidencial haya sido utilizado —directa o indirectamente— para favorecer una operación de este tipo tensiona de manera radical la narrativa fundacional del gobierno. Si la “casta” era definida, entre otras cosas, por su capacidad de influir en beneficio propio o de terceros, al margen de estándares de probidad, entonces cualquier conducta que se asemeje a ese patrón no solo constituye una flagrante inconsistencia sino una amenaza a la legitimidad de origen.
A ello se suma un elemento institucional inquietante. La aparente confianza del oficialismo en la inercia o debilidad del aparato persecutor —particularmente de un Ministerio Público percibido como lento o falto de iniciativa— sugiere una expectativa de impunidad que recuerda prácticas largamente criticadas en la política tradicional. Apostar al “cajoneo” de una investigación es, en sí mismo, un síntoma de deterioro en la cultura de la responsabilidad pública.
En este contexto, el rol de la prensa independiente adquiere especial relevancia. Lejos de limitarse a un ejercicio accesorio, el periodismo de investigación ha operado como un contrapeso efectivo frente al aparente intento de clausura institucional del caso. Es precisamente en escenarios de debilidad o captura de los órganos de control donde la función fiscalizadora de los medios se vuelve indispensable para la salud democrática.
El punto de fondo, sin embargo, trasciende el episodio específico. La experiencia comparada muestra que los liderazgos que se construyen en oposición frontal a una élite tienden a enfrentar un riesgo estructural: terminar reproduciendo, bajo nuevas formas, las prácticas que denunciaban. La concentración de poder, la personalización de las decisiones y la confusión entre lo público y lo privado son derivas posibles cuando no existen contrapesos efectivos ni una ética del ejercicio del cargo sólidamente arraigada.
Para Milei, el desafío es particularmente agudo. Su capital político no descansa en la gradualidad ni en la negociación, sino en la promesa de quiebre. Por lo mismo, cualquier indicio de continuidad con aquello que se buscaba erradicar tiene un efecto amplificado. No se trata solo de un problema de gestión, sino de credibilidad.
En definitiva, el caso Libra —más allá de su desenlace judicial— instala una pregunta incómoda pero ineludible: ¿puede un proyecto que se define por su vocación de pureza moral sobrevivir a la sospecha de haber incurrido en aquello que condenaba? La respuesta no dependerá únicamente de lo que determinen los tribunales, sino de la capacidad del propio gobierno para someterse a estándares de transparencia y responsabilidad que estén a la altura de sus promesas fundacionales.
Por Jorge Burgos, abogado
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