Después de los aplausos
Hay momentos políticos que dicen más por la escena que construyen que por los discursos que se pronuncian. El acto de homenaje a la expresidenta Michelle Bachelet en La Pintana fue uno de ellos.
Fue, antes que nada, un reconocimiento merecido a una trayectoria política y pública excepcional. Pero hubo algo más. Se produjo una imagen que la oposición no conseguía construir desde hacía bastante tiempo, dirigentes de distintas generaciones y partidos compartiendo un mismo espacio, un público movilizado y una energía política reconocible.
No recuerdo, al menos durante el último año, una escena opositora con ese nivel de entusiasmo y capacidad de aglutinación.
Eso importa. La política también necesita afectos, símbolos, memoria y lugares de encuentro. Las coaliciones no se sostienen únicamente mediante acuerdos programáticos ni reuniones de dirigentes. Necesitan reconocerse en algo común. Y probablemente el acto consiguió algo que hoy escasea en la oposición: levantar el ánimo.
Pero sería un error confundir ese estado de ánimo con una articulación política.
Una fotografía puede mostrar unidad sin que todavía exista un proyecto compartido. Un liderazgo puede convocar a sectores distintos sin resolver las diferencias que existen entre ellos. Y un momento emotivo puede producir una sensación de pertenencia sin contestar la pregunta más difícil: ¿qué nos une más allá de ser oposición?
La propia Bachelet puso parte de esa discusión sobre la mesa al llamar a recuperar confianzas, trabajar juntos y construir una alternativa capaz de responder a las necesidades del país.
Porque una oposición que aspire a ser alternativa necesita algo más que lo que consiguió ayer, requiere foco, prioridades, una lectura compartida del Chile actual y una cierta idea de futuro. Necesita decidir qué quiere representar, qué aprendizajes extrae de sus derrotas y qué respuestas ofrece frente a preocupaciones ciudadanas que no necesariamente coinciden con las que ordenaron su conversación hace una década.
También necesita método. La articulación política no aparece espontáneamente. Supone conversaciones difíciles, renuncias, acuerdos y liderazgos capaces de administrar diferencias sin pretender borrarlas.
Quizás por eso lo ocurrido el miércoles resulta interesante más allá de Michelle Bachelet. Demostró que todavía existe una energía disponible. Que persisten símbolos capaces de reunir mundos políticos que muchas veces parecen más acostumbrados a explicar sus diferencias que a construir sus coincidencias.
Eso no es poco. Pero tampoco basta.
La política tiene una tendencia comprensible a enamorarse de sus buenos momentos. El problema comienza cuando esos momentos sustituyen el trabajo que debería venir después.
El homenaje cumplió su propósito. Reconoció una trayectoria, produjo un encuentro y devolvió, por algunas horas, una sensación de comunidad política.
Ahora viene la pregunta relevante: si esa energía será capaz de transformarse en conversación, articulación y proyecto. De lo contrario, quedará solo una bonita fotografía. Después de los aplausos, empieza lo difícil.
Por Natalia Piergentili, directora de asuntos públicos, Feedback.
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