Dos izquierdas y un electorado
Se podría decir que la historia es más o menos de la siguiente manera. Para que la transición tuviera mejores opciones de éxito se requerían, al menos, tres condiciones: que el poder no volviera a alguien que hubiera formado parte de la Unidad Popular, de hecho, Pinochet se lo entregó a un opositor a Allende; que el PC y la extrema izquierda no fueran parte de la coalición de gobierno; y que las Fuerzas Armadas no fueran objeto de una persecución institucional.
Así nació la Concertación, integrada por antiguos adversarios de la UP y dirigentes socialistas que se habían renovado. Por momentos pareció que una expresión de la izquierda había encontrado el Nirvana. Su oferta de democracia y economía social de mercado, con propiedad privada, crecimiento y paz social era invencible. “La coalición política más exitosa en la historia de Chile”, nos decían con razón y con un tufillo a soberbia. En 1999, Lavín dio una campanada de alerta y el 2010, con el triunfo de Piñera, se acabó ese mundo perfecto, en que la Concertación se bastaba a sí misma para ganar una elección tras otra, recibir “el amor de los empresarios” y mantener extramuros a esa otra izquierda que seguía prosternándose ante Fidel.
Entonces, en un giro que recuerda al Fausto de Goethe, pactaron con Bachelet y aceptaron el precio que el nuevo contrato demandaba: a contar de ahora todas las izquierdas estarían intramuros. Terminar con el sistema electoral mayoritario -el denostado Binominal- era esencial y cambiar el proyecto socialdemócrata de crecimiento con equidad por otro en que el igualitarismo era el objetivo integral, era la consecuencia inevitable. Los que alguna vez formaron la Concertación podrían seguir en el poder, pero ahora no sería bajo sus términos. “Tómenlo o déjenlo” es lo que, en el fondo, les dijo Bachelet para aceptar volver de Nueva York.
Lo que sigue ya no es historia, es presente. Emergió una nueva izquierda, la del Siglo XXI, el liderazgo se desplazó tanto que llegaron a coescribir con la “Lista del Pueblo” una Constitución delirante, que los partidos de la ex Concertación llamaron a aprobar para reformar, con lo que agregaron la indignidad al delirio. Finalmente, los de la coalición más exitosa, terminaron derrotados y reducidos a optar entre Kast y Jara.
Ahora el PS, al parecer, quiere recuperar autonomía e identidad, distanciándose del fracaso del Frente Amplio y el PC. Pero la realidad, ese molesto obstáculo con el que suele chocar la izquierda, se lo impedirá. El sistema electoral que destruyeron y que evitaba la fragmentación, era el requisito institucional esencial para que el PS fuera más grande que lo que hay a su izquierda y haber votado rechazo, era condición política de un proyecto moderado creíble. Ahora quieren volver a un lugar en el que no hay casi nadie, porque parte de su electorado natural se fue hacia opciones más a la derecha y el resto se consolidó en las posiciones radicales y atávicas de la Constitución que todos, PS incluido, llamaron a aprobar.
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