El costo de cuidar, la columna de Valentina Paredes
El 2 de junio, en su primera Cuenta Pública, el presidente Kast mencionó que el desempleo de las mujeres llega al 10,5% y el de las mujeres jóvenes supera el 25%. Es la segunda vez consecutiva que el INE publica un dato de desempleo femenino sobre el 10%: el trimestre anterior había llegado exactamente a ese umbral, frente al 8,1% masculino. Un informe de Clapes UC de mayo de 2025 registraba ya 29 períodos móviles consecutivos con alzas interanuales en el desempleo femenino, mientras el masculino mostraba la tendencia contraria. Cada trimestre el dato aparece, se comenta y la aguja no se mueve. No porque no tengamos información: llevamos más de una década acumulando evidencia del mismo problema. La política pública ha avanzado de forma incompleta, sin atacar el nudo central.
Esa evidencia se construyó por partes. En 2015, la primera Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT) hizo visible lo que no existía en ninguna cuenta oficial: las mujeres dedicaban 5,9 horas diarias al trabajo no remunerado, frente a 2,7 horas de los hombres. ComunidadMujer estimó que ese trabajo equivalía al 22% del PIB ampliado, más que la minería y la industria juntas. En 2021, el Banco Central actualizó la cifra a 25,6%. La ENUT de 2023 confirmó que la brecha persiste: dos horas y 24 minutos más al día para las mujeres. La economía del cuidado es enorme, recae desproporcionadamente sobre las mujeres y, durante décadas, no apareció en ningún indicador que importara para tomar decisiones.
La Casen 2024 agregó otra pieza. En un documento conjunto de ComunidadMujer y la UAI, Alejandra Abufhele mostró que la brecha de pobreza por ingresos entre hombres y mujeres es de 2,6 puntos porcentuales, cuatro veces más amplia de lo que la metodología anterior permitía ver. En los hogares monoparentales, la brecha se amplía significativamente: detrás de esa categoría hay, mayoritariamente, una mujer sola sosteniendo una familia. Pero el dato más perturbador aparece cuando se mira el ciclo de vida. En la infancia, la pobreza es alta, pero sin grandes diferencias de género. La brecha se abre con fuerza a partir de los 18 años y se consolida entre los 18 y los 30, exactamente cuando se toman las decisiones de inserción laboral y maternidad. No es casualidad: es el costo de cuidar manifestándose como pobreza, en el momento preciso en que una mujer joven tiene que elegir entre su trayectoria laboral y hacerse cargo de un hijo sin red de apoyo.
No son piezas inconexas. El desempleo que no cede, la informalidad laboral femenina que llega al 28,6% frente al 25,4% masculino, el 27,7% de las mujeres inactivas por responsabilidades familiares permanentes frente al 2,7% de los hombres, la pobreza que la metodología anterior subestimaba: son distintas formas de ver la misma restricción estructural.
La organización social del cuidado recae sobre las mujeres, las aleja del mercado laboral formal y las empobrece de maneras que hoy sabemos cuantificar con más precisión que nunca. Chile ha tomado medidas en esta dirección: la reforma previsional incorporó componentes de género, el postnatal se extendió, se crearon subsidios al empleo femenino. Son avances reales. Pero ninguno modifica la arquitectura de fondo.
La sala cuna universal no resolverá todo, pero es la intervención más directa sobre el nudo que estos datos llevan años señalando. El proyecto tiene más de una década de maduración legislativa y un 72% de respaldo ciudadano. Desde estas mismas páginas han sido varios quienes hemos hecho el llamado a aprobarlo. Esta semana, en el plenario de la OIT, el ministro del Trabajo, Tomás Rau, ratificó que el 15 de junio el gobierno presentará un proyecto de sala cuna universal para corregir lo que él mismo llamó una inequidad de larga data. Pocas veces un proyecto ha tenido señales tan claras de avanzar. El costo de cuidar lo siguen pagando, trimestre a trimestre, las mismas personas. Ya es hora de que deje de ser así.
*La autora de la columna es profesora asociada FEN, U. de Chile
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