El costo de gritarnos
La discusión pública se ha ido volviendo, muchas veces, incomprensible para las personas de a pie. No porque los temas sean necesariamente demasiado complejos, sino porque el tono en que se debaten los vuelve ajenos. Lo que debería ser una conversación orientada a resolver problemas reales suele transformarse en una competencia de estridencia, ingenio y confrontación, donde pareciera importar más derrotar al adversario que mejorar la vida de las personas.
Lo curioso es que, en otros espacios de la vida en sociedad, hace tiempo entendimos algo muy distinto. En la mayoría de las empresas, organizaciones e incluso equipos pequeños, ya se ha asumido que los mejores resultados se alcanzan cuando existe colaboración genuina. La innovación surge con más fuerza cuando se cruzan miradas diversas. Los mejores productos y servicios aparecen cuando se trabaja en conjunto. La confianza, la coordinación y la capacidad de construir sobre el trabajo del otro suelen producir más valor que la lógica del enfrentamiento permanente.
Sin embargo, en la esfera pública pareciera regir la premisa contraria. Ahí se premia muchas veces al más vociferante, al que formula la cuña más creativa, al que encuentra el mecanismo más hábil para imponer una posición o arrinconar a otro. No para el bien común, sino para ganar la disputa. Se instala así una lógica de suma cero, en la que cada avance de unos debe ser leído como una derrota de otros. Y cuando una sociedad se acostumbra a pensar de ese modo, termina dando pequeños progresos en algunos frentes mientras retrocede en otros, porque se vuelve incapaz de sostener un rumbo compartido.
Vale la pena preguntarse si este clima permanente de confrontación es realmente inevitable. No parece serlo. Chile conoció en distintos momentos de su historia una lógica más orientada a los acuerdos. Un tiempo en que, con todas las diferencias legítimas que pueden existir en democracia, predominó la convicción de que era posible construir entendimientos básicos para avanzar. Y fue precisamente en esos períodos cuando el país logró progresos especialmente significativos en crecimiento, reducción de la pobreza, ampliación de oportunidades y desarrollo de sectores que antes parecían impensados. No había unanimidad, pero sí una comprensión más clara de que el desacuerdo no debía impedir la construcción.
La evidencia económica sugiere que la confianza —la base de una disposición colaborativa— no es un asunto accesorio, sino una condición que incide en el desarrollo. En un estudio publicado en American Economic Review (2010), los economistas Yann Algan y Pierre Cahuc concluyen que mayores niveles de confianza se asocian con mejores trayectorias de desarrollo, y estiman un efecto causal significativo de esa confianza sobre el crecimiento de largo plazo. En términos simples, el estudio apunta en una dirección clara: donde hay más confianza, las trayectorias de desarrollo tienden a ser mejores.
Colaborar no significa pensar igual. Tampoco supone renunciar a las convicciones o esconder los conflictos. La colaboración auténtica exige algo más difícil y más valioso: reconocer que nadie tiene por sí solo todas las respuestas y que, en sociedades complejas, los avances casi siempre requieren sumar capacidades, experiencias y voluntades distintas. La confrontación puede dar réditos inmediatos. La colaboración, en cambio, construye legitimidad y resultados en el tiempo.
Tal vez una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo sea justamente recuperar esa forma de entendernos. Ser conscientes de que la madurez de una sociedad no se mide por la intensidad de sus disputas, sino por su capacidad de procesarlas.
Porque al final, los países no progresan cuando un sector grita y logra imponerse sobre el otro. Progresan cuando, aun en medio de sus diferencias, son capaces de construir un horizonte común.
*El autor de la columna es economista
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