Opinión

El gobierno como campaña

Al final de un proceso definido por las filtraciones, el presidente electo José Antonio Kast presentó a su gabinete de ministros. La prensa no erró en casi ninguno de los nombramientos, aunque varios de ellos fueron expresamente deslizados a los periodistas a modo de globos sonda, para medir las reacciones (caso del canciller Francisco Pérez Mackenna). Como no las hubo, se convirtieron en oficiales. Por supuesto, este método no garantiza nada.

El gabinete puede tener aspectos enigmáticos, pero en líneas generales cumple con integrar a los tres motores con los que el equipo presidencial ganó las elecciones: pragmatismo, confrontación y provocación. Un trífido, con secciones superpuestas, como las fuerzas combinadas que se utilizan en la guerra para ganar posiciones. No es un grupo constituido para rendirse ante el Parlamento; ni ante el gobierno saliente (ahora, la nueva oposición); ni ante los grupos de interés que estuvieron en el Ejecutivo en los pasados cuatro años. Es un grupo para pelear.

El publicitario folleto que acompañó a la presentación insistió en la idea matriz de un “gobierno de emergencia” y agrupó a los ministros bajo cinco tipos de emergencia: seguridad, social, del estado, económica y pública. En esta última se concentra buena parte de la función confrontacional, mientras que la función provocativa anida principalmente en la emergencia social. Todo esto es más o menos, hasta cierto punto, nada absoluto, ni tampoco obliga a los ministros. La realidad dictará quién asume cada rasgo, cuándo y cómo. Es el gobierno como campaña, no electoral, sino de lucha. La guerra se organiza en campañas, todas las cuales tienen objetivos precisos y despejan el camino para la campaña que sigue.

Kast logró integrar -como lo han hecho casi todos los presidentes- a todos los sectores que apoyaron su elección, desde símbolos del pinochetismo hasta notorios exconcertacionistas. También es exitosa la combinación de títulos universitarios, experiencias profesionales, lugares de nacimiento y edades. Es muy difícil hacer esto escuchando las propuestas de los partidos, por lo que Kast decidió prescindir de ellas (relativa, no totalmente) y ha suscitado el enojo de numerosos dirigentes, excepto los del Partido Republicano, que probablemente aprecian el hecho de que sus militantes o simpatizantes forman el eje del gabinete. En cuanto a los demás, tienen un límite: el enojo no los pasará a la oposición.

No hubo fusión de ministerios, excepto por la caída de última hora del potencial ministro de Minería, motivada por una discutible interpretación de las normas corporativas y, también, por la escasa convicción que tenía el presidente. De momento, Economía y Minería han quedado bajo una misma mano, pero casi se puede apostar que los poderosos intereses mineros lograrán reponer un ministerio autónomo.

El gabinete representa al gobierno, pero no es el gobierno. En el régimen chileno, ningún equipo contrapesa los poderes del presidente, por lo que todo ministro lo es sólo en condición provisoria. Esta conciencia parece mejor asentada en este gabinete que, por ejemplo, en el primero que nombró el presidente Boric, donde los ministerios quedaron entregados a la singular interpretación de las personas designadas, con los resultados ya conocidos.

Boric no logró estabilizar su gabinete sino hasta que le entregó los puestos claves al Socialismo Democrático, que recibieron el honor y más tarde el costo de aquel regalo. Ahora, el presidente ha asumido personalmente el proceso de salida del gobierno, con unas insistentes invitaciones para que Kast lo comparta. Pero los gestos patrióticos de la última hora pueden ser de doble filo, sobre todo cuando el país sabe lo que opinan uno del otro.

Kast goza en este período de un ambiente de buena voluntad y civismo como no se veían desde la década de los 2000. Tiene buenos vientos en la economía y un optimismo sobre el futuro que contrasta con las sombrías desgracias de verano. Es posible que también comprenda mejor el ambiente internacional que algunos profetas del apocalipsis, o que al menos se lo tome con la distancia que sus rarezas aconsejan. Le tocará un complicado panorama externo, mucho más que el que recibió a Boric el 2022.

Por supuesto, el exceso de esperanzas también es un problema, porque no sólo reclama cambios, sino un tipo de velocidad que el Estado chileno ha ido perdiendo, semiasfixiado como está por las pobrezas del presupuesto (o los excesos del gasto, si se prefiere) y por la captura de grupos que por primera vez han logrado construir modelos de negocios con cosas como los permisos ambientales y las fundaciones con aparentes fines de subsidiaridad. Es lo que Kast llama la “emergencia del Estado”, algo que debió identificar antes el mundo de la socialdemocracia, pero que abandonó con ese poco sentido del futuro que ha venido mostrando.

El equipo de nuevos ministros viene a lidiar con eso -la función confrontacional-, sabiendo que consumirá tiempo y energía y que tiene una frontera: la frustración. Kast ha mostrado una inteligencia práctica y funcional con la idea de la “emergencia”: es lo que mejor encaja con la percepción popular de que el país atraviesa por un período en el que demasiadas cosas funcionan mal. Pero para eso hay que cumplir.

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