Opinión

El Sur Global después de Davos

El Foro Económico Mundial reúne a las élites mundiales en Davos (Suiza), en los Alpes suizos. El Foro Económico Mundial reúne a las élites mundiales en Davos (Suiza), en los Alpes suizos.

La reunión de este año del Foro Económico Mundial en Davos fue particularmente reveladora del escenario internacional en el que hoy se mueven los países. Especial atención recibió el discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, quien afirmó que el orden mundial basado en normas ya no funciona y que dichas normas (de las cuales Canadá fue uno de los principales impulsores y beneficiarios) han operado en realidad de manera asimétrica, favoreciendo a los más poderosos. Resulta profundamente irónico y, a la vez, esclarecedor que sea hoy un país del G7 el que, cuando la arbitrariedad del poder hegemónico comienza a afectarlo directamente, denuncie la injusticia y la desigualdad del llamado “orden basado en reglas”.

Las economías desarrolladas tienen, de hecho, razones de sobra para su malestar. Donald Trump les impone nuevas reglas comerciales y de inversión a cambio de retirar amenazas arancelarias; amenaza con ejercer control sobre Canadá y Groenlandia; y lanza un “Consejo para la Paz” (Board of Peace) de carácter abiertamente imperial (con Trump como presidente vitalicio) que, en la práctica, busca reemplazar a la ONU en su función central de garantizar la paz.

Ante este escenario, las economías desarrolladas han reaccionado de maneras diversas. Algunas consideran que aún vale la pena aceptar los términos de Trump a la espera de un eventual cambio del contexto internacional. Otras llaman a articular coaliciones de economías medianas para fortalecer la autonomía estratégica. Hay quienes proponen profundizar la desregulación interna y la austeridad con el fin de rearmarse y ganar competitividad frente a China, mientras que otros, por el contrario, sugieren un mayor acercamiento a China como forma de equilibrar el poder de Estados Unidos.

Pero, en medio de este desorden y de las tensiones internas entre las economías desarrolladas, surge una pregunta clave: ¿dónde quedan los países periféricos? ¿Qué agendas deberían impulsar las economías en vías de desarrollo? Aunque hoy los países del G7 denuncien el orden político y comercial internacional como injusto, lo cierto es que, frente a este nuevo escenario de incertidumbre, la competencia entre las economías desarrolladas por el control global de activos intelectuales, minerales, financieros, logísticos y digitales será cada vez más intensa. El avance de China en estas áreas no hace sino acelerar la urgencia de las economías occidentales. En buena medida, el propio accionar de Trump (la invasión a Venezuela, las amenazas a Groenlandia o Ucrania, el esfuerzo por cortar las cadenas de valor chinas y la extracción de rentas y regalías de sus socios) expresa esta desesperación por frenar el avance industrial chino.

Este escenario no es nuevo; por el contrario, es consustancial a la dinámica del capitalismo global a lo largo de sus distintas etapas. El capitalismo ha sido menos un proceso apacible de países intercambiando en beneficio mutuo según sus ventajas comparativas (como sugiere el liberalismo más ingenuo) y más una lucha permanente por el control de rutas marítimas, recursos estratégicos y espacios logísticos globales. No se trata solo de expansión territorial, sino de una competencia sistémica por los circuitos que hacen posible la acumulación de capital y poder.

Por ello, los llamados de Canadá a articular a las potencias medias, o de la Unión Europea a fortalecer alianzas con países “like‑minded”, deben ser recibidos con cautela y escepticismo por parte de los países del Sur Global.

Conviene recordar que las economías del Sur Global tienen intereses y agendas distintas a las de los países desarrollados. Esta competencia creciente entre economías avanzadas por el control de activos y recursos exige respuestas propias, tanto a nivel regional como multilateral. Ya no basta con apelar a que las economías avanzadas respeten un orden basado en reglas, como han hecho recientemente algunos líderes progresistas: ese llamado resulta ingenuo y meramente performativo, algo reconocido por el propio Carney. Las economías periféricas cuentan, en cambio, con un amplio margen para articularse frente a este desorden internacional.

A nivel regional, es urgente fortalecer las cadenas de valor y los flujos de comercio intrarregionales. África ha avanzado de manera significativa con la Zona de Libre Comercio Continental Africana, promoviendo la industrialización regional y marcando distancia respecto de los tratados de libre comercio firmados en el pasado. Sudáfrica, por su parte, ha denunciado sus acuerdos bilaterales de inversión para crear mecanismos propios de solución de controversias con empresas transnacionales. Asimismo, existe un espacio creciente para impulsar agendas como “clubes regionales” de minerales críticos, de patentes o de productores de insumos estratégicos para empresas transnacionales del Norte. Estos clubes (que la propia Unión Europea discute para sí) constituyen instrumentos concretos para contrarrestar el poder oligopólico concentrado en las economías desarrolladas y recuperar parte de la renta apropiada por las grandes corporaciones. Del mismo modo, avanzar en la armonización regional de reglas para la inversión extranjera (exigiendo de forma colectiva transferencia tecnológica, contenido local y reinversión de utilidades) permitiría promover un regionalismo productivo flexible y enfocado en sectores estratégicos.

En el plano multilateral, los países del Sur Global no deberían desaprovechar la coyuntura actual para impulsar agendas propias, en lugar de importar las diseñadas en el Norte. Si la OMC ha sido debilitada por las propias economías desarrolladas (¿alguien cree seriamente que principios como el Trato Nacional o la Nación Más Favorecida regulan hoy el comercio internacional?), la alternativa no es simplemente defenderla, sino superarla. Resulta urgente, entre otros aspectos, flexibilizar el régimen de patentes para enfrentar el cambio climático: una transición verde global solo será viable si las tecnologías clave están disponibles para todas las economías. Asimismo, es imprescindible abrir el debate sobre los flujos y la propiedad de los datos digitales. Actualmente, estos flujos son apropiados de manera directa por las plataformas del Norte, lo que implica una transferencia sistemática de datos desde la periferia hacia el centro. China, Brasil e India, cada uno a su propio ritmo, han avanzado de forma significativa en agendas de soberanía digital.

En última instancia, el dilema para nuestros países no es elegir entre el multilateralismo liberal y el “gobierno de la ley”, por un lado, y el imperialismo explícito de Trump, por otro. Ambos caminos han dejado históricamente a las economías en desarrollo fuera de las instancias reales de toma de decisiones. La tarea, más bien, consiste en construir una tercera vía: nuevas agendas para la autonomía regional y un nuevo multilateralismo orientado al desarrollo.

Por José Miguel Ahumada, académico del Instituto de Estudios Internacionales, U. de Chile.

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