Por César BarrosEn la jaula de los tigres
Tiene razón el ministro de Relaciones Exteriores de que el famoso “Escudo de las Américas” no es un tratado formal, que requeriría su aprobación por el Congreso, como mínimo. También es cierto que oponerse (o no participar) mientras se negocian aranceles, que se usan ahora como armas ofensivas, no resulta fácil. Es desalentador que ni Brasil ni México -importantes víctimas del crimen organizado- no participen formalmente, ya que tienen mucho que opinar en este tema, pero han sido curiosamente muy cautos.
Sin embargo, en las relaciones internacionales, como en la vida personal, los tratados formales son la excepción, y las relaciones transcurren a través de pequeños gestos que dan sustancia y contenido a la firma (o a la ruptura) de los tratados. Tal como en el matrimonio, el amor no parte en el Registro Civil, sino mucho antes. Primero la atracción, luego la complicidad, el compartir experiencias, declaraciones de amor mutuo, el respeto y la admiración que se viven día a día. La unión formal aparece al final, cuando el amor se proyecta sin mayores obstáculos. Y lo mismo ocurre con el divorcio: la muerte del amor tampoco ocurre ante un juez. Es una larga historia de desencuentros, de incomprensiones y de señales inadecuadas en tiempos equivocados.
En las relaciones internacionales también ocurre como en el mundo de los negocios (seguro el ministro lo sabe mejor que yo): la firma final de una transacción ocurre después de innumerables “gestos” de amistad, de “affectio societatis” como dicen los juristas. Y el primer cierre es un apretón de manos, una palabra empeñada en la confianza mutua, la responsabilidad y la integridad personal. En el mundo de los negocios “my word is my bond”, de modo que el apretón de manos no es la firma ante notario de la transacción, pero es significativa para quien hace el trato, y si lo desautorizan, lo más probable es que renuncie. Por eso, en el mundo empresarial los gestos de amistad suelen ser muy cautelosos y están bastante regulados por la ley y por la experiencia, ya que enviar señales equívocas, puede ser fatal.
Y el “escudo”, aunque no sea un tratado, sí es un gesto -no menor- hacia su impulsor, cuyas intenciones declaradas públicamente exceden el combate al crimen organizado -es como salir a comer con alguien que quiere ir mucho más allá (el evento del Ají Seco Místico es un ejemplo)-. Si esta adhesión -que aún tiene vacíos que explicar- fuera solo una mera declaración de intenciones políticas, sin mucho compromiso específico, no requería tanta parafernalia comunicacional por parte de su promotor.
Él -aparentemente- parece creer que esta adhesión “sí tiene dientes”. El gobierno de Chile, por su parte, dice que no los tiene, que sería una especie de tigre de papel, nada de qué preocuparse. Pero acercarse mucho a un tigre, en la hipótesis de que no tiene dientes, podría llevar a una desagradable sorpresa, porque el tigre puede pensar (o saber) que de verdad sí los tiene. Y aún peor, el lenguaje de este “escudo” rima con enemistad hacia otro tigre. O sea, entrar al “escudo” se parece a entrar a la jaula de los tigres.
Por César Barros, economista
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