Gratuidad: un diagnóstico equivocado
La gratuidad en educación superior se basa en un diagnóstico equivocado, lo que legitima que aspiremos a reformarla. El diagnóstico implícito es que lo que impide a las personas cursar la educación terciaria es la falta de capacidad de financiamiento. Sin embargo, como este diagnóstico es erróneo las consecuencias de la gratuidad han sido, en muchos casos, indeseables.
Respecto de qué es lo que impide que más personas cursen educación terciaria, se suelen postular dos explicaciones. La primera, que el problema es uno de falta de acceso al crédito: las personas no acceden al sistema terciario porque no pueden financiar sus estudios. La segunda, que las personas no acceden al sistema terciario porque no tienen los conocimientos y habilidades suficientes como para poder cursar exitosamente una carrera. Ambas explicaciones llevan a políticas públicas muy diferentes (pero no son excluyentes). La evidencia empírica internacional dice que ambas explicaciones tienen un rol, pero que la explicación de primer orden es la falta de conocimientos y habilidades.
Si fuera cierto que el problema es uno de financiamiento, entonces políticas como la gratuidad ayudarían a resolverlo. Pero si el problema es que la preparación de las personas no es suficiente para aprovecharse de los cursos universitarios, entonces la gratuidad no sirve de nada. Es más, empuja a personas que carecen de las calificaciones a cursar carreras que no necesariamente mejorarán sus perspectivas laborales.
Lo cierto es que en Chile un porcentaje importante de cada generación no tiene los conocimientos para obtener un título terciario de calidad. Dicha carencia tiene su origen en la falta de instituciones de educación prebásica de calidad, y en la mala calidad de algunos (¿muchos?) establecimientos de educación básica y media. Se necesitaría educación remedial, pero el diseño y la institucionalidad del sistema terciario chileno hace muy difícil que alguna institución de educación superior se constituya para dar educación remedial (la CNA es un problema al respecto). No resuelto este problema, la gratuidad financia alumnos que carecen de las habilidades, para que estudien en instituciones que no se las dan, y que por lo tanto no mejoran mucho sus perspectivas en el mercado de trabajo. O sea, lo que resulta de dicho acceso es un título de poco valor (o incluso de valor negativo como lo han demostrado diversos estudios en Chile).
Lo peor es que la gratuidad absorbe un financiamiento tan grande que hace muy difícil encontrar los recursos para financiar un sistema de educación prebásica de calidad. Hay que reformular la gratuidad. ¿Cómo? Transformarla en una beca, con requisitos para obtenerla y para mantenerla, y redirigir los recursos a las etapas más tempranas de aprendizaje.
Por Claudio Sapelli, Faro UDD
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