Impecable seguridad
Que José Antonio Kast ganara la elección presidencial por sus promesas de combatir, sin improvisaciones y con firmeza, la delincuencia y el crimen organizado en nuestro país, no es sorpresa. Tampoco que su “implacable” plan de campaña no fuera impecable.
Por su “implacable” Plan para “devolverle la seguridad a los chilenos y el derecho a vivir sin miedo” la ciudadanía le favoreció, pese a críticas. Comprensibles, convengamos, eran lado y lado. La oposición criticó entonces su exceso retórico y carencia procedimental, algo que, tras dos meses en el poder sin agenda programática en la materia, se atestigua correcto. Que la ciudadanía, por su parte, eligiera la opción que mayor confianza le deparara en seguridad se justifica por las demandas que tienen las personas a diario.
Y esas necesidades siguen existiendo, pese a las ficciones de salvataje o de emergencias gubernamentales.
Recordemos que todos, candidatos y candidatas, de izquierda a derecha, intentaron cautivar al electorado con el mismo eje temático. Que para todo un país la gran agenda política se haya transformado, a veces travestido, en discursos sobre seguridad es un hecho alarmante del que nadie, ni oficialismo ni oposición, se diferenció. En ese rápido juego electoral, Kast conquistó. Pero no triunfa; más bien decepciona como buen idealizado conquistador.
Porque, aunque autoridades de su gobierno o él mismo desconozcan o desprecien el saber de los libros, como en el El Leviathan de Thomas Hobbes, lo cierto es que la mayoría de los ciudadanos saben, o intuyen, que la gran tarea del estado moderno es asegurar la paz, que reine el imperio de la ley y del derecho por sobre el estado natural de permanente “guerra de todos contra todos”. Sabemos que es deber del estado proporcionar esa garantía y por ello nos subordinamos a sus leyes. Adicionalmente, entendemos, quizás también intuitivamente, o porque leímos sobre la “muerte de Dios” (Nietzsche) o del “fin de los grandes relatos” (Lyotard), que el dilema presentado por Böckenförde (filósofo y constitucionalista alemán), es una constante desafiante y de difícil manejo: “el estado moderno secularizado vive de presupuestos que él mismo no puede garantizar”. La paradoja de Böckenförde es gravitante e irresuelta hasta nuestros días, sobre todos para quienes gobiernan y obliga, sea pueblo o elite, a comprender que proporcionar modos regulativos de conducta externos a los que surjan desde lo que la propia comunidad autorice, corre el riesgo de caer en autoritarismos o en idearios monárquicos (apoyados en un derecho sobrenatural que valida la audacia).
Pero la verdad del país es otra. Quizás es cierto que no elegimos a los gobernantes por la razonabilidad de sus propuestas –y hoy lo padecemos. Pero es seguro que tampoco los elegimos por la mera autoridad que reviste un buen vestir, hablar o prometer. Mucho menos por solapar una implacable ley divina aquí en la tierra. Esa inclemencia es sexy en campaña, pero estéril como gobierno.
Y el desafío persiste ¿cómo convocar y entrelazar desde dentro al orden en una comunidad?
Por Diana Aurenque, filósofa.
Lo último
Lo más leído
Casi nadie tiene claro qué es un modelo generativo. El resto lee La Tercera.
Plan Digital + LT Beneficios$6.990 al mes SUSCRÍBETE