Opinión

La ciencia detrás de un gol

Liang Sen

Es increíble pensar que un balón cruzando una línea pueda despertar alegría, esperanza, frustración. Y la respuesta no está solo en el fútbol, sino también en nuestro cerebro, ya que durante 90 minutos dejamos de mirar un partido y empezamos a vivir una experiencia emocional compartida.

Cuando nuestro equipo hace un gol, el cerebro activa su sistema de recompensa y libera dopamina, relacionada con el placer y la motivación. También aumentan la adrenalina y la noradrenalina, por eso el corazón se acelera, respiramos distinto, gritamos, saltamos o abrazamos a quien tenemos al lado. El cuerpo siente ese gol casi como si fuera un logro propio.

Y eso tiene mucho sentido, porque casi nunca hablamos en singular. Decimos “ganamos”, “perdimos”, “vamos a clasificar”. El equipo pasa a ser parte de nuestra identidad. Ya no son solo 11 jugadores en una cancha; es una camiseta, una historia, una memoria, una bandera. Cuando se gana, sentimos que algo nuestro también ganó. Cuando se pierde, duele más de lo que a veces queremos reconocer.

Recuerdo el último Mundial en el que estuvo Chile. Veía un partido en un restaurante y cuando llegó ese gol todos nos abrazamos sin pensarlo. Por unos segundos desaparecieron las diferencias o las preocupaciones. Solo existía esa emoción compartida.

Pero esa misma emoción también tiene un lado riesgoso. Cuando la pertenencia se vuelve extrema, el rival puede dejar de ser un adversario y empezar a sentirse como una amenaza. En contextos de mucha euforia, multitudes, alcohol o presión del grupo, algunas personas pueden actuar de manera impulsiva y olvidar que ningún resultado justifica la violencia.

El cerebro nos ayuda a entender por qué un gol puede hacernos llorar o por qué una derrota puede doler tanto. Pero también nos recuerda algo importante: las emociones aparecen casi automáticamente; nuestras conductas, en cambio, sí podemos regularlas.

Vivir el fútbol con pasión es parte de lo que somos. Perder el respeto por los demás nunca debería ser parte del juego.

Por Verónica Pantoja, neurocientífica cognitiva y académica de la Universidad Mayor.

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