Opinión

La democracia no sobrevive solo con votos

La democracia atraviesa una paradoja singular: alcanza una extensión inédita mientras exhibe una fragilidad creciente. Votamos, elegimos gobiernos, debatimos públicamente y defendemos derechos. Sin embargo, en numerosos países crecen la polarización, la desconfianza institucional, el debilitamiento del espacio público y la sensación de que la convivencia democrática se erosiona silenciosamente desde dentro.

El último libro (póstumo) del filósofo español Rafael Alvira, El dogma democrático (Rialp, 2024), ofrece una reflexión lúcida sobre esta contradicción. Su tesis central es provocadora: la democracia no puede sostenerse únicamente sobre procedimientos, normas o mayorías. Necesita algo anterior y más profundo: una sociedad civil viva, moralmente fuerte y culturalmente cohesionada.

Durante décadas, buena parte de Occidente asumió que la democracia liberal era casi un mecanismo autosustentable. Bastaría garantizar elecciones periódicas, división de poderes y libertades individuales para asegurar estabilidad política. Pero, las instituciones no sobreviven por sí solas. Dependen de ciertas virtudes humanas y culturales que no pueden producirse mediante decretos ni procedimientos administrativos.

La democracia requiere ciudadanos capaces de anteponer, al menos parcialmente, el bien común al interés inmediato. Necesita confianza social, sentido de pertenencia, responsabilidad personal y disposición a colaborar con otros. Cuando esas bases culturales se debilitan, la democracia comienza a vaciarse, aunque formalmente siga funcionando.

Por eso, la principal amenaza contemporánea no es solamente el autoritarismo político clásico, es también el individualismo radical. Una sociedad donde cada persona se repliega exclusivamente sobre sus intereses privados termina minando aquello que hace posible la libertad compartida.

Sin vínculos sólidos —familia, comunidades intermedias, asociaciones, vida cultural, tradiciones comunes— el espacio público se fragmenta. Entonces la política deja de entenderse como búsqueda imperfecta de un bien común y se transforma en mera confrontación de deseos, identidades o resentimientos.

En ese vacío cultural suelen emerger dos fenómenos simultáneos. Por una parte, ciudadanos crecientemente aislados y desconfiados. Por otra, Estados cada vez más expansivos, llamados a resolver problemas que antes eran abordados por la propia sociedad civil. El resultado final puede ser incoherente: individuos aparentemente más autónomos, pero sociedades mucho más endebles y dependientes.

Alvira plantea, además, una idea particularmente incómoda para nuestro tiempo: la democracia necesita cierta “aristocracia” moral y cultural. No una aristocracia hereditaria o económica, sino personas capaces de asumir responsabilidades, servir al bien común y resistir la lógica del puro interés propio. Sin liderazgos éticos, la democracia degenera fácilmente en populismo, tecnocracia o administración de emociones colectivas.

Por Álvaro Pezoa, director Centro Ética y Sostenibilidad Empresarial, ESE Business School, Universidad de los Andes

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