La fuerza del tiempo
Una tenaza se cierne sobre el gobierno de José Antonio Kast. ¿Será así la vida de este cuatrienio, una redefinición cada dos meses? ¿O será así sólo este primer año, el chaparrón del debutante? La aceleración de la política forma parte de la aceleración general de la vida en este siglo. Los gobiernos deben tomar decisiones más rápidas y aceptar en el mismo paso el mayor riesgo de equivocarse. El tiempo se convierte en un asunto estratégico. O, dicho de otro modo, el tiempo se politiza: el ritmo con que se enfrentan los problemas, la cadencia con que se los administra, para pausarlos o acelerarlos, pasa a ser una decisión política.
¿Qué hará el Presidente Kast? La debilidad de la economía está a punto de convertirse en una recesión de libro, a un mes de que complete los seis meses consecutivos de crecimiento negativo. En lugar de expandirse, la producción se ha contraído, arrastrada por el increíblemente mal desempeño de la minería del cobre. El consumo ya no sostiene una pizca de crecimiento, como fue hasta el año pasado. El desempleo ha crecido otra vez, después de pasar años en altos niveles que no alarmaban a los políticos. La inflación ha cedido un poco, nunca tanto como para impedir que la gente opine que la vida está cara, demasiado cara. Así se ha inaugurado también la temporada de presión para que el Banco Central baje las tasas de interés; es un cuadro que a menudo deriva en una rosca entre el Banco y el ministro de Hacienda.
La vez anterior en que Chile enfrentó una recesión, en el 2008-2009, el ministro Andrés Velasco disponía de ahorros generosos en las arcas fiscales; gastó gran parte de ellos para combatir la recesión y en los más de 16 años posteriores ninguno de cuatro gobiernos se preocupó de reponerlos, a pesar de las advertencias que dejó el ministro. Casi todo se consumió en una recesión. ¿Esa es la capacidad de resistencia de la economía chilena? No exactamente: eso fue lo que hicieron aquellos cuatro gobiernos. A este, al actual, no le será deparada esa oportunidad.
El ministro Quiroz ya no cuenta con ahorro en las arcas fiscales. Tampoco cuenta con la opción de aumentar el endeudamiento, cosa que, por lo demás, ya hizo con el más modesto fin de enfrentar obligaciones corrientes. Peor aún, para volver a aumentarlo tendría que pedir de nuevo el apoyo del Congreso, lo que en el cuadro actual significaría entregar su megarreforma para que sea descuartizada.
Y hay poco tiempo. La urgencia podría convertirse en un activo estratégico para Quiroz. Aquí es donde el tiempo empieza a operar como hecho político. El gobierno cederá muy pronto a ideas populistas que siempre circulan en el entorno presidencial. La oposición estará a la espera de cualquier quebranto en la pertinaz dureza del ministro. Y nadie tiene otro plan, pero es cuestión de horas que alguien pretenda tenerlo. Ya se instalaron en el Senado los que predican sobre la importancia de los acuerdos, al frente de los guardianes del mantenerse firmes y no andar cediendo cosas. En el fondo, Quiroz está solo en un campo ruidoso, pero no ocupado.
El otro brazo de la tenaza es la situación del oficialismo, que quedó en el peor estado después de su catastrófico desempeño en la acusación constitucional contra el exministro Nicolás Grau. Un estado de fracaso, rabia, ira, desánimo, burla, enojo, impotencia, un puñado de sentimientos contradictorios, pero igualmente poco edificantes. Muchos de ellos se deben a ciertos parlamentarios del Partido Republicano, que se han mostrado furiosos hasta la mala educación.
Ya se sabe que el presidente no ha querido intervenir en el problema inaugural, la confrontación de la derecha “dura” (republicanos y libertarios) con Chile Vamos, que es un rastro sangriento de la campaña electoral del año pasado. En la configuración del gabinete, Kast hizo el esfuerzo de incluirlos a todos, borrando incluso esa línea que le permitió ganar las elecciones. El hecho de que los libertarios se hayan marginado del gobierno puede parecer una pataleta diseñada con calculadora, pero en verdad es un problema. Se manifiesta con claridad cuando el gobierno necesita pasar la lista. Y entonces no es un problema cualquiera. Y tampoco para tiempo indefinido. Los improperios son vecinos de la ingobernabilidad, y no tardará en aparecer el alto funcionario que le exija al gobierno controlar a los calenturientos de más allá o más acá de la reja.
Este es el conflicto que a ningún presidente le gusta. Todos desean ser queridos y respetados por todos, ahora y para siempre. Pero eso no es posible. Con el tiempo -otra vez el tiempo- es un conflicto que se emponzoña y se expande, y como en las infecciones, llega a la peor solución: amputar. Se dirá que eso casi no ha ocurrido desde la restauración de la democracia. Es verdad. Pero tampoco había ocurrido que una coalición se negara a ser coalición y que una parte de ella se quedara afuera, repudiada y repudiando. Un conejo con cuerpo de zorro.
En fin: el tiempo apremia. Kast hizo gala de una sensibilidad del tiempo cuando sacó del gabinete, horas antes de la cuenta pública, a dos personas inadecuadas. Esto es más difícil. El tiempo es una fuerza separadora y nadie es igual a sí mismo. Pero de eso estamos hechos, incluso los que viven en La Moneda.
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