Promesas fallidas y modelos impropios
Antes de asumir la Presidencia, José Antonio Kast viajó a encontrarse con algunos de sus referentes políticos internacionales, entre ellos, el Presidente Nayib Bukele. En enero llegó a El Salvador acompañado de una comitiva que incluía a Trinidad Steinert, quien asumiría en marzo como ministra de Seguridad. Hasta ese momento la ciudadanía en general daba por descontado que las autoridades electas llegaban al poder con un plan detallado para frenar la delincuencia, uno de los aspectos que le habían hecho ganar la elección al candidato republicano. Las imágenes de la comitiva recorriendo la megacárcel construida por Nayib Bukele y las secuencias de Steinert contemplando la coreografía de internos uniformados alineados para ser exhibidos a los visitantes sugería que la gira se transformaba en algo parecido a un insumo más para alimentar el contundente proyecto de seguridad del flamante gobierno. No era así. Ahora con Steinert fuera del gabinete, la Contraloría General de la República informó que las primeras medidas que tomó la ministra solicitando antecedentes detallados sobre el proceso de traslado de un grupo de detectives cercanos a ella estaban fuera de sus atribuciones. En suma, lo poco que hizo mientras estuvo en el cargo transgredía el rol para el que fue nombrada, provocando -de paso- una crisis en la PDI. Lo único que dejó ese primer gabinete de seguridad es la imagen de la comitiva recorriendo una cárcel en El Salvador.
Algunos de los muchos aspectos interesantes que esta secuencia de hechos sobre la instalación del Ministerio de Seguridad revela, además de la desprolijidad y escaso aprecio por la palabra empeñada, son los inquietantes modelos de sociedad que el actual gobierno ofrece para el país. Desde el retorno a la democracia distintos gobiernos y liderazgos políticos y económicos han buscado en otras realidades no solo una inspiración, sino también una especie de meta: la transición democrática española durante los primeros años de la Concertación; las economías del sudeste asiático para el mundo de los negocios de los inicios de los 90; los niveles de desarrollo de los países del sur de la Unión Europea durante el gobierno de Lagos, o el modelo neozelandés de productividad durante los mandatos de Piñera. Eran ejemplos que funcionaban como horizontes en economía, política, educación o salud: se trataba de países cuyos registros en productividad, ingresos económicos, cobertura sanitaria, calidad educativa o fortaleza institucional eran mejores que los nuestros. El actual gobierno lo que hace con insistencia es diagnosticar una catástrofe local en curso -en seguridad y economía- y proponer modelos por cercanía ideológica, teniendo como base un aspecto aislado que luce bien presentándolo sin contexto. No hay razón para buscar inspiración política en el gobierno autoritario como el de Bukele, presidente de un país que dobla en los índices de pobreza a Chile, con altísimos niveles de informalidad laboral y con indicadores de esperanza de vida y mortalidad infantil peores a los nuestros. Con todo el respeto que merece una sociedad como la salvadoreña, ir a rendirle culto a una cárcel gigante, ignorando los antecedentes anteriores, carece de sentido, cuando finalmente ocurre lo que ocurrió con la ministra Steiner. Otro tanto pasa con la Argentina de Milei como referente, la del presidente que fue elegido por su discurso anticorrupción que tuvo que desprenderse de su jefe de gabinete que acumula sospechas bien fundadas de enriquecimiento ilícito. ¿Por qué presentar como inspiración un gobierno que cultiva el enfrentamiento constante entre compatriotas que piensan distinto y aplica una economía que mantiene a la mayoría de la población en condiciones de vida de zozobra? Gracias al actual gobierno argentino comparar, por ejemplo, los índices de pobreza resulta un despropósito: hay una disputa sobre la cifra brindada oficialmente y la que manejan distintas instituciones. Provocar tal nivel de desconfianza no es algo digno de imitar.
Esta semana ocurrió otro tanto durante la visita del Presidente José Antonio Kast a Paraguay.
En Asunción, el Presidente Kast lamentó la “enfermedad económica chilena”, como si se tratara de un comentarista más que habla de una nación agónica y no de un mandatario que se refiere al país que representa, y elogió el modelo paraguayo como una inspiración a seguir por sus índices recientes de crecimiento que promediaron un 6,6 durante 2025. El dato es real, pero se trata de un país que parte de una base de comparación muy diferente a la chilena. En el ranking de índice de desarrollo humano -que combina ingresos económicos, esperanza de vida, escolaridad, sanidad, etc.- nuestro país ocupa el lugar 45 de 193, en tanto Paraguay alcanza el puesto 99. Lo único similar entre ambos son las brechas de desigualdad internas. Sin duda es valioso que un país progrese como lo ha hecho Paraguay, pero una cosa es celebrarlo como invitado con buenos modales y otra presentarlo en un discurso como referente solo porque hay cercanía ideológica con el gobierno de turno.
En tres meses de gobierno, el Presidente José Antonio Kast aún no logra hablar como un mandatario en ejercicio, continúa dominado por el candidato que impugna y diagnostica horrores que él en algún momento sabrá resolver, no sabemos cuándo. No cae en cuenta que ese momento ya llegó, que su gobierno no está marcando la diferencia prometida y que nadie espera de un líder vocerías sucesivas que describen el túnel en el que nos encontramos y las muchas dificultades y castigos que acechan. Lo que se espera de un presidente es alguien que indique la luz a la que nos estamos dirigiendo y ofrezca un proyecto confiable de futuro. Hasta el minuto ese líder no existe, tampoco la luz, ni el plan, ni el equipo, y cada vez menos la confianza de la opinión pública en el trabajo que, aparentemente, se esté llevando a cabo.
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