Los restos del día (en Boricton Hall)
Max Weber, en La política como vocación, destaca que cuando se acepta utilizar los medios propios del poder político, debe estar uno prevenido de que, tal como en los pactos con el diablo, ya no será cierto “que en su actividad lo bueno sólo produzca el bien y lo malo el mal”. El camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones.
Un tratamiento magistral de este asunto se encuentra en Los restos del día, de Kazuo Ishiguro. Un libro corto y brutal que trata sobre Mr. Stevens, un mayordomo de una de las “grandes casas inglesas” (Darlington Hall), cuyo último señor, espantado por la injusticia manifiesta del Tratado de Versalles, termina siendo un peón en el juego geopolítico de Hitler. El relato comienza en 1956, cuando Lord Darlington ya ha fallecido en la ignominia pública (por colaborar con el nazismo), y el mayordomo, que ahora sirve a un millonario norteamericano que compró la mansión, repasa su propia vida. Stevens se esfuerza durante todo el relato por defender su dignidad, vinculándola a la de su amo. Resalta que fueron virtudes morales las que lo llevaron a abrazar la causa alemana (hasta lo inverosímil). Se consuela destacando que, como sirviente, prestó sus servicios a una casa donde se decidieron los destinos de Europa. Y está especialmente orgulloso de haber puesto sus deberes profesionales por sobre sus afectos personales. Sin embargo, toda esta retrospectiva se despliega mientras Stevens viaja a encontrarse con Miss Kenton, antigua ama de llaves de Darlington Hall, que había renunciado para casarse. El amargo final del encuentro confirma las sospechas que uno tiene desde el principio: Kenton amaba a Stevens, quien le correspondía, pero el último priorizó el servicio a su puesto. Es por eso, entre otras cosas, que se siente obligado a justificar el desperdicio incurrido.
Los restos del día se refiere a la luz del atardecer como metáfora del tramo final de la vida, que permite sopesar la existencia con claridad. Lo que esa luz revela, en el caso de Stevens, es haberse entregado irreflexivamente a algo que no valía la pena, en vez de a lo que era verdaderamente importante. Otro mayordomo podría haber cumplido su función. Pero nadie más que él podría haber correspondido el amor de Miss Kenton o haber acompañado a su padre en su lecho de muerte. Lo que él veía como dignidad, como un traje que cubría sus partes íntimas volviéndolo respetable, era, en realidad, como diría Max Weber en otro contexto, una “caparazón dura como el acero”. Una máscara envilecedora.
Viendo la suma de chambonadas precarias y mezquinas con las cuales está concluyendo el actual gobierno, algunas de las cuales pueden tener costos geopolíticos de largo aliento para Chile, es imposible no vincular a Boric y sus abnegados e irreflexivos seguidores con el drama de Darlington Hall. En Los inocentes al poder, Daniel Mansuy aborda el caso de la pretensión de inocencia de los frenteamplistas. El show permanente de bondad, que los haría puros, además de irresponsables. Sin embargo, esta inocencia descrita por Mansuy, como ha destacado en otra parte Daniel Hopenhayn, se vuelve tan inverosímil como la decencia de Lord Darlington cuando sigue fiel a los nazis a lo largo de la Segunda Guerra. ¿Cómo se podría ser puro y a la vez maquiavélico? La respuesta la tiene Ishiguro: portando una máscara que se ha vuelto “dura como el acero”. Así, los “carita de pesebre”, como les decía Alfredo Jocelyn-Holt, han terminado entregados al culto del poder por el poder, pero portando la pureza como emblema y biombo.
¿Serán capaces los frenteamplistas de observarse bajo la luz del ocaso de su mandato, o buscarán de inmediato el brillo artificial de las oposiciones rifleras y desleales, como la que los llevó al poder? ¿Qué logros tienen para mostrarse a ellos mismos luego de estos 15 años de refriega, durante los cuales prometieron de todo a todos, pidieron mil favores y dijeron algo más? ¿Una inocencia millonaria y poderosa, y con deseos locos de seguir enchufada a las fuentes de poder y dinero del Estado, sigue siendo inocente? El tema no es baladí: uno de los grandes problemas de las izquierdas mundiales es que en tiempos donde reina la comunicación manipulativa orientada a la monetización de casi todo, es cada vez más difícil no ponerlos a la par de alguna criptomoneda dudosa.
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