Milei, Harari y la nueva frontera del debate sobre la IA
Han pasado pocas semanas desde que Su Santidad León XIV publicara la Carta Encíclica Magnifica Humanitas, un documento de gran calado intelectual que no debe tomarse a la ligera como una reflexión religiosa más ni como una simple advertencia moral sobre los riesgos técnicos de nuestra era. Cuando aún se discute sobre los significados e implicancias del texto pontificio, las páginas del Financial Times se han convertido en el escenario de un inusual intercambio entre el presidente de Argentina, Javier Milei, y el historiador israelí Yuval Noah Harari. El diálogo, que no es una mera anécdota de tiempos de inteligencia artificial (IA), revela una fractura histórica resultante de la disrupción tecnológica.
El mandatario argentino, bajo el títuloArgentina invita a la IA a liberarse, propuso avanzar hacia una categoría jurídica para corporaciones no humanas, operadas por agentes de IA o robots, junto con un entorno de baja regulación —en los hechos, un desarrollo de IA esencialmente desregulado— y beneficios tributarios destinados a atraer inversión y dinamizar la economía. La idea recurre a una vieja herramienta del derecho —la personalidad jurídica— para enfrentar un fenómeno totalmente nuevo: entidades corporativas gestionadas por sistemas artificiales capaces de contratar, invertir, administrar activos y participar en mercados. En respuesta, el académico de la Universidad Hebrea de Jerusalén valoró, en No debemos otorgar personalidad jurídica a los agentes de IA, la referencia histórica que hizo Milei sobre la invención de la sociedad de responsabilidad limitada como una de las innovaciones más trascendentales de la historia y reconoció el potencial de producción de riqueza que tiene la propuesta. Sin embargo, advirtió sobre la dificultad de aplicar mecanismos clásicos de disuasión o sanción penal a una entidad artificial con poder económico, pero sin cuerpo, conciencia ni temores humanos. Si no existe un sujeto humano claramente responsable, el orden contractual, penal y moral quedaría tensionado.
El valor de esta conversación radica en que no es solo sobre IA. Es la manifestación de algo mucho más hondo y desafiante: una seria discusión pública no girará únicamente en torno a qué tareas pueden automatizar las máquinas, sino también a qué capacidades jurídicas, responsabilidades y límites podría tener una entidad no humana. Se trata de un asunto civilizatorio y cultural mayor, no exclusivamente tecnológico. Por mucho tiempo, las grandes disputas jurídicas y filosóficas se centraron en definir el perímetro de la condición humana: quiénes quedaban incluidos o excluidos de la ciudadanía y cómo se protegía la dignidad de las personas. Hoy, la frontera parece correrse radicalmente. Que este fenómeno no se manifieste solo en los claustros de filosofía, sino en el corazón de la prensa financiera mundial, es una poderosa señal.
En este contexto, Magnifica Humanitas, más allá de su dimensión doctrinal, recuerda que toda la arquitectura legal, moral y política que conocemos descansa, en último término, sobre la dignidad de la persona humana como principio ordenador de la vida social, económica y política. La propuesta de empresas autónomas con capacidades jurídicas propias plantea, acaso de manera inevitable, un desplazamiento radical de ese eje. Milei y Harari, desde posturas encontradas, parecen entenderlo con claridad.
La cuestión que hoy enfrenta el liderazgo intelectual, político o corporativo es monumental. Por una parte, el desafío no será solo equilibrar tecnología, crecimiento, eficiencia productiva y competitividad, sino asegurar que la innovación no diluya la responsabilidad humana ni eclipse la dignidad de la persona como centro del orden social. Por la otra, durante siglos, las leyes fueron hechas por humanos y para humanos. Lo que hoy está sobre la mesa es si el ordenamiento del futuro debe diseñarse también para -¿y eventualmente por?- entidades que procesan información, toman decisiones operativas y simulan inteligencia, pero carecen de conciencia, cuerpo y responsabilidad moral. El debate Milei-Harari, todavía abierto, dice que la respuesta no es tan evidente. Pero sí deja una certeza: No podemos postergar más esa pregunta.
Por Rafael Rincón-Urdaneta Z., Fundación País Digital.
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