Monumento a Piñera y civilidad política
A dos años de su muerte, el expresidente Piñera ha vuelto a ser objeto de polémica, luego de que el proyecto que habilita la construcción de un monumento en su memoria avanzara, probablemente para resolverse luego del receso legislativo de febrero. Quienes se oponen a la iniciativa, han esgrimido argumentos de todo tipo, incluyendo una supuesta ansiedad de la derecha en torno al tema, ausencia de un consenso amplio respecto de su legado, que nunca habría separado su responsabilidad como mandatario de sus intereses económicos, violaciones a los derechos humanos en el marco del estallido social y hasta haber declarado “la guerra al pueblo”. Ciertamente, si se probaran las imputaciones más graves que sostienen sus opositores, no sería digno del homenaje que se quiere ofrecer a su memoria. Pero esto ha estado muy lejos de suceder. Ciertamente, esta ausencia de pruebas tampoco es motivo suficiente para recibir semejante reconocimiento. La pregunta es, entonces, qué requisitos debe cumplir él, o cualquier expresidente, para recibir este honor.
Una respuesta podría ser el simple hecho de haber ostentado esa magistratura, o haberlo hecho democráticamente y sin grandes faltas, pero nuestra República no ha definido una regla al respecto, por lo que el criterio es inaplicable al caso en cuestión. Otra podría ser un cierto requisito de mérito. En esto Piñera tendría mucho que decir. Su figura crece cuando se lo mide por sus demostraciones de convicción democrática en circunstancias críticas, y por su temple y diligencia enfrentando tiempos adversos. Votó No en 1988, habilitó un proceso institucional y democrático como salida a la crisis de 2019 (que, de otra forma, podría haber quebrado nuestra institucionalidad y nuestra democracia), enfrentó la pandemia de manera ejemplar y lideró una exitosa reconstrucción luego del terremoto y tsunami de 2010. Si el asunto dependiera del mérito, ya estaría resuelto. Sin embargo, debe haber algo más profundo en esta decisión, algo más humano, que varios parlamentarios del Socialismo Democrático han entendido.
La política es una arena particularmente cruel, en la que pocos se permiten reconocer a sus adversarios mientras están en actividad. Por eso la muerte – también la retirada a la que obligan los años – nunca debiera dejar de conmover a partidarios y adversarios de quien ha servido en la más alta magistratura, democráticamente, persiguiendo lo que considera mejor, con vicios y virtudes, con errores y aciertos, que es la única forma de hacerlo. Hace dos años, el presidente Boric dio un ejemplo en este sentido respecto del propio Piñera, reconociéndolo más allá de sus diferencias. Así, la posibilidad de homenajear al expresidente a través de un monumento, representa una oportunidad de recordar el sentido humano y cívico de la política, de engrandecer no solo la figura de un expresidente sino también la de aquellos opositores que, aprobando esta iniciativa, demuestren la compatibilidad entre antagonismo y civilidad.
Por Rafael Sousa, socio en ICC Crisis, profesor de la Facultad de Comunicación y Letras UDP.
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