Reducir duración de las carreras: poner la carreta antes de los bueyes
Sin duda Chile requiere discutir hoy sobre el sentido y propósito (el “para qué”) de sus universidades. La existencia de una estructura de títulos y grados poco actualizada, un marco de cualificaciones escasamente consolidado y la baja penetración de las microcredenciales y otros mecanismos de reconocimiento de aprendizajes previos en las instituciones son, entre otros, elementos que hacen que nuestro sistema de educación superior siga más anclado al siglo XX que respondiendo a los desafíos del siglo XXI. Asimismo, la irrupción de la inteligencia artificial, la masificación de la educación superior, la crisis de salud mental estudiantil y la diversificación de perfiles estudiantiles profundizan el escenario. Todos estos elementos confirman el hacer cambios importantes en el sistema, que busquen promover trayectorias articuladas, flexibles y diversas.
Sin embargo, reducir esta discusión a la duración de las carreras es un camino equivocado, a lo menos, por tres motivos. En primer lugar, porque centra el foco principalmente en los costos del Estado, reduciendo así la argumentación sobre las competencias de todo un nivel formativo a su dimensión financiera, promoviendo además comparaciones que no reconocen contextos y realidades muy distintas. Así, por ejemplo, aunque es cierto que países como España y Portugal tienen carreras universitarias más cortas, también presentan niveles mucho más altos de desempleo ilustrado, superando el 25% en la última década.
En segundo término, reducir la discusión a la duración de las carreras desconoce una realidad palpable: que los problemas de la educación superior son también los problemas del sistema educativo en su conjunto. Por lo mismo, reducir las carreras sin repensar los objetivos y trayectorias formativas de la enseñanza media o las formas de enseñanza de la escuela es abordar problemas complejos con soluciones simplistas, sin discutir el problema de fondo: cómo enseñar habilidades complejas para estudiantes diversos en un mundo cada vez más cambiante.
Finalmente, y quizás lo más importante, limitar la discusión a la duración de las carreras implica cercenar parte importante de la función de las universidades. La evidencia muestra que, en la mayoría de los lugares donde se ha realizado, la reducción de la duración de las carreras ha afectado la formación transversal, los cursos generales y el desarrollo de las humanidades, artes y ciencias sociales, favoreciendo un empalme más directo con la empleabilidad laboral. Para quienes creemos que la educación terciaria no debería ser solo una vía de especialización laboral, sino también un espacio de socialización, convivencia democrática y desarrollo del pensamiento crítico, acortar las carreras sin cambios estructurales es desnaturalizar el sentido mismo de estas instituciones.
¿Cómo proceder, entonces? Siguiendo las recomendaciones de la reciente Estrategia de Desarrollo para la Educación Superior en Chile, lo más sensato parece ser promover una discusión amplia sobre los procesos formativos en la universidad, que incluya la duración de las carreras pero también elementos como la innovación docente, el potenciamiento de transiciones entre la universidad y la educación secundaria y el fortalecimiento de mecanismos que permitan reconocer saberes previos. Son acciones quizás menos mediáticas, pero más sostenibles para responder a estos desafíos. Tomar el camino corto puede ser no solo peligroso, sino también ineficiente en el mediano y largo plazo.
Por Cristóbal Villalobos, académico Facultad de Educación UC
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