Opinión

Ruido comunicacional

MANUEL LEMA/ATON CHILE

La estrategia gubernamental parecía avanzar a paso firme. El Ejecutivo exhibió músculo legislativo al aprobar su denominada Megareforma, pero, tras sacar adelante su proyecto estrella, el oficialismo sufrió un traspié severo con la agenda de seguridad, particularmente a partir de su propuesta de reformas constitucionales.

A partir de este hito, y con especial notoriedad durante las últimas semanas, la agenda pública se ha visto envuelta en una persistente e intrincada red de interferencias comunicacionales. En la teoría y práctica de la comunicación política, el ruido no constituye una anécdota menor. Representa una fricción no deseada que altera, debilita y termina por bloquear el mensaje que la autoridad busca fijar en el imaginario colectivo. Cuando el ruido sube hasta el nivel de saturar la escena política, el relato estratégico se diluye y el gobierno encuentra serias dificultades para ordenar la agenda.

El anuncio presidencial por cadena nacional sobre una eventual reforma constitucional evidenció con nitidez esta fractura estructural. Aquella puesta en escena milimétricamente cuidada que fue el plan Cancerbero, con su mensaje central de “cambió la mano”, derivó en un tropiezo mayor. Las reformas constitucionales no tuvieron acogida e introdujeron un factor de división en la coalición gobernante. El desorden comenzó por el propio oficialismo, donde diversos personeros salieron rápidamente a señalar que no estaban disponibles para apoyar la medida. Fuego amigo.

La reforma quedó expuesta y el plan de seguridad del gobierno ya suma dos semanas de enredos. La oposición, hasta entonces inorgánica y debilitada, encontró un punto de luz para levantar la voz y denunciar un grave retroceso en materia de libertades individuales. Pese a contar con una oposición dividida y comunicacionalmente mermada, las críticas internas abrieron la puerta para que centros de estudios, parlamentarios, intelectuales y medios de comunicación cuestionaran el eventual riesgo autoritario implícito en la propuesta. Mientras tanto, el crimen organizado observa el espectáculo, beneficiándose de las vacilaciones de un Estado que tropieza con sus propios discursos.

Un elemento central del error comunicacional fue la falta de una autoridad que asumiera claramente la defensa del proyecto constitucional en los primeros días, al punto de que se llegó a hablar de que este era un “bebé sin padre conocido”. Dejar un proyecto “sin padre” a veces puede servir como globo sonda para evaluar su aceptación, pero es altamente inconveniente hacerlo con una reforma constitucional, ya que el costo comunicacional suele ser una percepción pública de desorden o falta de liderazgo.

A este traspié político-comunicacional se ha sumado un catálogo incesante de contradicciones gubernamentales. Por nombrar algunos: trascendidos cruzados sobre el abandono de convenios clave de la OIT, discrepancias públicas sobre recurrir al Tribunal Constitucional, tensiones por el alcance de los derechos sociales de la población migrante y ministros de Estado demandando mayor presupuesto sectorial a través de la prensa

Este desorden interno convive, además, con un complejo ruido de coyuntura: emergencias climáticas, un desempeño económico marcado por cifras negativas —con un primer semestre de contracción del PIB— y un desempleo persistentemente al alza, situado en torno al 9,5%. Se configura así una peligrosa disonancia. El relato oficial, que pretende proyectar un “cambio de mano”, contradice la experiencia cotidiana de la ciudadanía, esto es postales de asaltos, comercio informal desbordado y un proyecto central del gobierno envuelto en mucho ruido.

Gobernar bajo esta cacofonía acarrea consecuencias políticas de largo alcance. En primer lugar, produce una pérdida del control de la agenda pública, donde el Ejecutivo deja de conducir el debate para transformarse en un actor reactivo, consumiendo su capital político en sofocar controversias secundarias. A ello se suma la erosión progresiva de la credibilidad, las frecuentes contradicciones entre secretarios de Estado y partidos oficialistas, proyectan una imagen de improvisación que instala la duda sobre la existencia de un rumbo definido a seis meses de haber iniciado el gobierno.

Finalmente, este escenario acelera el distanciamiento del electorado y el respaldo de la ciudadanía, como muestran las encuestas. En un ecosistema público intoxicado por la saturación de información y polémicas artificiales, la falta de una voz unívoca genera frustración y una creciente sensación de desamparo. Ninguna victoria parlamentaria es capaz de sostenerse de manera indefinida si la conducción política permanece atrapada en sus propias interferencias. Cuando el ruido supera a la estrategia, no solo se nubla la narrativa oficial, sino que también se socava la confianza institucional.

Por Claudia Miralles A., gerenta de Imaginaccion Comunicación Estratégica.

Más sobre:Reforma de seguridadReforma constitucionalGobiernoJosé Antonio KastTC

La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

Plan Digital+$6.990 al mes, por los 3 primeros meses SUSCRÍBETE