Salas vacías
A nivel mundial, el fenómeno de las sostenidas caídas de las tasas de natalidad se ha instalado con fuerza en la discusión pública, tanto en países desarrollados como en una amplia gama de países en vías de desarrollo. Chile no ha estado ajeno a este debate y, de hecho, constituye un caso extremo de esta problemática, al ubicarse entre los países con menor número de nacimientos per cápita a nivel global. Esta situación se ha visto reforzada recientemente por información del INE, que reporta que Chile presenta una de las tasas de natalidad más bajas del mundo, alcanzando en 2025 un promedio de 0,97 hijos por mujer, cifra muy distante de la tasa de reemplazo poblacional, estimada en 2,1 hijos por mujer.
Este escenario se desarrolla en un contexto de cambio demográfico profundo, marcado tanto por una menor cantidad de nacimientos como por un aumento sostenido de la longevidad. Si bien parte de esta tendencia responde a mejoras en el bienestar y en las decisiones reproductivas, también influyen factores como el aumento del costo de vida y las dificultades para conciliar trabajo y crianza.
Las consecuencias de estas dinámicas no se limitan a los efectos más discutidos, como la sostenibilidad de los sistemas de pensiones, la salud o los impuestos. Existen también impactos menos visibles, como la creciente desalineación entre la infraestructura educativa y una población infantil en descenso, que ya comienza a manifestarse en salas cada vez más vacías.
Al observar la oferta educativa existente, los datos administrativos muestran una realidad que suele quedar fuera del debate público. En educación básica, la capacidad instalada del sistema supera de forma sistemática a la matrícula efectiva. En términos simples, la mayoría de los cursos opera con salas parcialmente vacías. Para 2024, el curso típico utiliza en torno al 75–80% de su capacidad, mientras que en promedio el sistema funciona aún por debajo de ese nivel. Esto muestra que, si bien existen establecimientos con exceso de demanda, estos casos no constituyen la norma a nivel agregado. Por el contrario, la evidencia sugiere que el sistema educativo cuenta hoy con una capacidad instalada mayor a la cantidad de alumnos efectivamente matriculados, una situación que podría acentuarse en el tiempo a medida que generaciones cada vez más pequeñas avanzan por el sistema escolar.
El principal desafío que plantea la baja natalidad no es solo logístico, en términos de ajustar vacantes, cerrar cursos o redistribuir matrículas, sino que tiene una profundidad mayor. A medida que la caída de los nacimientos se traduce en menos niños, el sistema educativo comienza a enfrentar un escenario de salas cada vez más vacías y, con el paso del tiempo, de establecimientos con alta capacidad ociosa o incluso completamente vacíos. Esta situación obliga a repensar el uso de una infraestructura diseñada para una realidad demográfica distinta y abre la necesidad de discutir procesos de adaptación y reconversión de establecimientos, orientados a funciones más acordes con las necesidades futuras, como educación continua, espacios de cuidado u otros servicios comunitarios.
Por Vicente Abrigo, investigador, Instituto UNAB de Políticas Públicas.
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