“Sin nada que perder”
Ese es el título del libro que Javiera Parada acaba de publicar.
En sus páginas, la actriz y gestora cultural relata las implicancias de una serie de decisiones que muchas veces han sido criticadas y castigadas por sus propios compañeros de ruta. En efecto, la autora proviene de una familia cuya historia se entremezcla con la de la izquierda. Pero en más de una ocasión esa misma historia ha sido insuficiente para los fanáticos que hasta el día de hoy la atosigan en las redes sociales.
El libro comienza con Manuel Rojas, el famoso escritor que llegaría a ser Premio Nacional de Literatura y que era, además, el bisabuelo de la autora. Anarquista en su juventud, Rojas fue el primero de una larga estirpe de familiares ligados a la izquierda. De hecho, todos los abuelos de Javiera Parada fueron comunistas o estuvieron casados con militantes comunistas; y todos apoyaron fuertemente a Salvador Allende y a la Unidad Popular.
Poco tiempo después del golpe, su abuelo materno, Fernando Ortiz, fue detenido y desaparecido. Aun cuando solo tenía dos años, la infancia de Javiera estuvo marcada a fuego por ese acontecimiento: su abuela, la “Genia”, y su madre, Estela, se convirtieron en incansables defensoras de los derechos humanos. Las osamentas del cuerpo de Fernando Ortiz fueron identificadas recién en 2012, después de una larga y dolorosa búsqueda.
Lo peor para Javiera Parada, sin embargo, estaba por venir. En 1985, cuando tenía diez años, los agentes de la dictadura detuvieron a su padre, José Manuel, a la salida del Colegio Latinoamericano de Integración. También defensor de los derechos humanos, José Manuel fue brutalmente asesinado y degollado junto a Manuel Guerrero y Santiago Nattino. Sus cuerpos fueron encontrados el 30 de marzo en un camino rural cerca del aeropuerto de Pudahuel.
Unos tres años más tarde, y como no podía ser de otra forma, Javiera Parada se inscribió en las Juventudes Comunistas. No obstante, la misma experiencia familiar que la había llevado a comprometerse con la izquierda terminó despertando en ella una creciente incomodidad frente a cualquier forma de autoritarismo. Al cumplir los 17 comenzó a tener las primeras dudas: ¿cómo era posible combatir el autoritarismo de Augusto Pinochet si, al final de cuentas, muchos seguían justificando regímenes igualmente opresivos? ¿Cómo seguir defendiendo a un partido que se aferraba a prácticas y discursos cada vez más difíciles de conciliar con la democracia liberal que se expandía por buena parte del mundo?
La respuesta la entrega la propia autora: simplemente no era posible. Tomó entonces la difícil decisión de renunciar al PC, momento desde el cual emprendió un itinerario político poco convencional: vivió en Barcelona, fue una de las impulsoras de “Marca tu voto”, fundó Revolución Democrática, se distanció del Frente Amplio, fue la jefa de campaña de Ignacio Briones y votó Rechazo en el plebiscito de 2022.
Es precisamente ese viaje lo que más irrita a los grupos sectarios. No pueden creer que una persona con su historia haya terminado cuestionando las certezas de su propio mundo político. Pero el recorrido que ella relata no es un tránsito hacia la derecha. Es, más bien, una búsqueda persistente por la libertad, la democracia, la moderación y la reforma. En tiempos de trincheras y fanatismos, su vida recuerda que cambiar de opinión puede ser una forma de coraje.
No cabe más que felicitarla y darle las gracias por su valentía.
Por Juan Luis Ossa, historiador e investigador del CEP.
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