Opinión

Asfixia cultural

Ministro Francisco Undurraga. Cedida por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio

El debut de Francisco Undurraga como ministro de Cultura ha estado a la altura de las expectativas que se tenían sobre un gobierno del Partido Republicano, es decir, ninguna. Cero. Nada. Lo más parecido a ese vacío que se forma entre la lectura edificante de El Principito, la obra predilecta del imaginario de los dirigentes políticos de la derecha local según las entrevistas disponibles, y la melodía de una tonada folclórica en medio de una medialuna de rodeo. Un paréntesis desértico. No hubo mención al desarrollo de la cultura en el programa del candidato, tampoco en la primera Cuenta Pública del presidente. Resulta entonces del todo lógico que el ministro Undurraga haya decidido que la meta de recortes prometida debía elevarse en su cartera hasta llegar al 9%. El gesto inaugural de esta operación de choque fue suspender la construcción de la gran sala del GAM, ofrendándole de paso a la ciudad un elefante blanco con una pátina de óxido y varias de mugre en el corazón de la capital; los siguientes movimientos del secretario de Estado fueron declaraciones hostiles de baja intensidad en el tono de un inspector de patio de colegio que busca disciplinar a un alumnado chusco que le resulta antipático, o francamente sospechoso. La actitud que coronó la instalación de Undurraga fue el señalamiento directo en contra de una célebre actriz a la que acusó públicamente, sin más pruebas que una tincada, de organizar una demostración de protesta en su contra durante una representación de La pérgola de las flores. En adelante las apariciones públicas del ministro en Santiago disminuyeron al máximo.

El miércoles recién pasado, durante la cuenta pública de su cartera en Antofagasta, el ministro de Cultura hizo la siguiente declaración: “Entiendo las angustias y dificultades que viven quienes se dedican a la cultura. Conozco desde cerca esa realidad, porque soy hijo de una artista visual y sé que muchas veces desarrollar una vocación artística significa convivir con la incertidumbre y la falta de reconocimiento”. La razón del arrebato de empatía evocando sus relaciones de parentesco -cabe recordar que la madre del actual ministro de Hacienda fue militante comunista, lo que demuestra que hay cosas que no se heredan-, respondía a que durante la misma jornada se presentaron los presupuestos de los fondos de cultura para 2027. Undurraga añadió que los ajustes “no han sido fáciles”, pero que reafirmaban un “compromiso con la cultura y establecer con claridad las prioridades que guiarán nuestra gestión”. Habló de una hoja de ruta, que traducido en algunas cifras se podría resumir en las siguientes señales: de los 85.430 millones de pesos totales de fondos a repartir en 2026, se pasa a 41.405 millones, es decir, la mitad, con reducciones particularmente profundas en el Fondo Audiovisual, que pasa de 540 millones en 2026 a 192 millones en 2027, y el fondo de libro y lectura, que disminuye de 293 millones a 128 millones de pesos. Más que un horizonte lo que se señala es una vía de extinción bajo la excusa del énfasis en la gestión y la eficiencia, un aspecto que queda en entredicho cuando se miran los detalles, como por ejemplo, las nuevas exigencias para postular a las becas de creación literarias: quienes aspiren a ese fondo deberán presentar certificados de asistencia a talleres literarios y cartas de recomendación. Si lo que se va a evaluar es una obra específica, no la formación previa de una persona, cuál es la razón para requerir información sobre la experiencia o las redes de contactos de un autor o autora. Este requisito deja fuera, además, a quienes no tienen ni el tiempo ni los ingresos para costearse un taller literario, considerando que la mayoría de ellos son ofrecidos por escritores que, naturalmente, cobran por guiarlo. Los talleres gratuitos financiados por instituciones son escasos y los cupos son limitados.

Tras los anuncios, el escritor Yanko González recordó en sus redes sociales que de habérseles hecho tales exigencias de currículo a escritores como Roberto Bolaño, Nicanor Parra, Marta Brunet o Gabriela Mistral, ninguno habría conseguido una beca, porque no podrían presentar los papeles exigidos. Si para ser ministro de Cultura no es necesario tener experiencia en el ámbito, ¿por qué para postular a un fondo de creación sí hay que demostrarla en circunstancias que lo principal del caso es la obra y no la trayectoria del autor? Muchos escritores llegan a la literatura desde oficios o profesiones ajenos a las humanidades o a la academia, y se han formado de manera autodidacta; algunos son jóvenes sin contactos y este fondo es una oportunidad para trabajar en su primer libro. Aún más, hay autores con experiencia y obra reconocida que nunca asistieron a talleres y que legítimamente quisieran postular a la beca. El asunto se extiende hasta el despropósito de exigir que el avance de la obra con el que se postula sea presentado con la inscripción correspondiente en el registro de propiedad intelectual. Hasta donde sé, lo que se registra allí son obras terminadas, no borradores inconclusos, y justamente el sentido de la beca es ofrecer los ingresos necesarios para avanzar en un texto inconcluso. Los requisitos nuevos, lejos de demostrar una comprensión del contexto de la creación literaria, exhiben un desconocimiento de su lógica, suman papeleo y burocracia, y en lugar de ofrecer una “hoja de ruta”, parafraseando al ministro Undurraga, encienden una alerta.

Como sea, llevándolo al lenguaje y la lógica usados por el Presidente Kast, la reducción de fondos de cultura significará menos empleos para editores, traductores, diseñadores, ilustradores, técnicos audiovisuales, productores y el ancho mundo de profesiones y oficios en torno a la cultura. No sé si eso sea un aporte a la economía del país, lo que sí queda claro es que no lo es para la creación artística en ninguna de sus expresiones.

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