Opinión

El patriotismo y la trampa de las afinidades

Uno de los errores más frecuentes de los gobiernos recién llegados al poder es confundir afinidades ideológicas con intereses nacionales. El Presidente Boric lo hizo en diversas ocasiones, subordinando parte de la política exterior a convicciones y causas que muchas veces poco tenían que ver con las prioridades permanentes del Estado de Chile. La derecha criticó duramente ese enfoque. Por eso resulta particularmente llamativo observar cómo el gobierno del Presidente Kast parece comenzar a tropezar con la misma piedra.

La política exterior no es una extensión de la militancia. Tampoco una red de amistades. Es la administración fría y profesional de los intereses de un país. Cuando se pierde esa distinción, aparecen los problemas.

La reciente controversia con Argentina por el Estrecho de Magallanes es probablemente el mejor ejemplo. Más allá de las posteriores declaraciones y ratificaciones diplomáticas, el hecho político es evidente: un gobierno que suponía que la cercanía ideológica con Javier Milei facilitaría las cosas terminó enfrentando un portazo inesperado. El episodio dejó una lección incómoda: en relaciones internacionales los aliados ideológicos no siempre se comportan como aliados estratégicos.

Porque Milei, como cualquier presidente argentino, responde primero a los intereses y sensibilidades de Argentina. Exactamente igual como Kast debiera responder primero a los intereses y sensibilidades de Chile.

Lo preocupante es que este error no parece ser solamente consecuencia de una determinada visión ideológica. También refleja cierta inocencia de primerizo. Una lectura excesivamente optimista de cómo funciona realmente el poder internacional.

Ni Estados Unidos ni Argentina toman decisiones relevantes sobre la base de simpatías personales. La teoría de juegos del actual escenario internacional es bastante simple: cada actor busca maximizar su posición relativa. Los países son respetados por su capacidad de defender intereses propios, construir poder negociador y generar beneficios mutuos. No por su disposición a asentir.

Chile aprendió esa lección durante décadas. Desde el retorno a la democracia construyó una política exterior basada en la diversificación de relaciones políticas, comerciales y estratégicas. Esa lógica permitió al país desarrollar vínculos sólidos con Estados Unidos, Europa, Asia y América Latina simultáneamente. Fue una política de autonomía inteligente, no de alineamientos automáticos.

Los resultados están a la vista. Chile posee acuerdos comerciales con decenas de economías y ha logrado reducir históricamente su vulnerabilidad mediante una amplia red de relaciones internacionales. China se transformó en nuestro principal socio comercial, mientras Estados Unidos sigue siendo un actor clave para la inversión, la seguridad y la cooperación estratégica. La fortaleza chilena nunca estuvo en elegir entre unos y otros. Estuvo precisamente en relacionarse con todos.

El problema para La Moneda es que el episodio del Estrecho amenaza con transformarse en algo mucho más relevante que una controversia diplomática. La Cámara de Diputados ya aprobó una inédita interpelación al canciller Francisco Pérez Mackenna, quien deberá responder por la conducción de la política exterior del gobierno.

No es exagerado afirmar que su continuidad política podría comenzar a depender de cómo se gestione este episodio durante las próximas semanas.Pero el riesgo mayor no es para el canciller. Es para el propio Presidente.

Kast construyó buena parte de su liderazgo sobre dos atributos: seguridad y patriotismo. Si la oposición logra instalar que el gobierno actuó con más entusiasmo ideológico que firmeza nacional frente a Argentina, el problema podría abrir un flanco inesperado. Uno capaz incluso de desplazar temporalmente de la agenda pública los temas económicos y de seguridad que hasta ahora han estructurado el debate político.

Sería una ironía difícil de explicar. Que un gobierno elegido para restaurar el orden termine enfrentando su principal desgaste por no haber mantenido algo mucho más básico: el correcto orden de las lealtades.

Porque antes que conservadores, liberales, progresistas o libertarios, los gobiernos están llamados a representar una sola causa permanente: Chile.

Por Juan Cristóbal Portales, socio Swaylatam.com.

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