Por Juan Pablo RamaciottiMigración: los buenos y los malos

La conversación pública sobre migración suele reducirse a dos grupos: quienes defienden la integración y el respeto de los derechos de los migrantes (los “pro-migrantes”), y quienes buscan ordenar y limitar los flujos migratorios (los “anti-migrantes”). A riesgo de simplificar en exceso el análisis, vale la pena detenerse en cómo cada grupo tiende a identificar al otro.
Los “pro-migrantes”, dicen quienes los identifican desde otra vereda, son quienes han optado por defender los derechos humanos y el bienestar de los extranjeros, pero parecieran haberse olvidado de sus compatriotas. Privilegian el acceso a la salud, educación y trabajo de quienes vienen llegando, por sobre el de quienes nacieron en el país. Son “buenistas”, porque en su afán de compartir todo (menos lo propio) e integrar a todos (aunque no cerca de ellos), tratan de construir un modelo imposible que termina generando escenarios peores a lo que sería una realidad gestionada de manera más responsable y realista. Los “pro-migrantes” son identificados como personas movidas por la ideología, aunque a veces lo maquillen con argumentos legales, económicos o incluso de sentido común.
Los “anti-migrantes”, argumentan sus contrincantes, son personas que defienden el orden, la seguridad y la estabilidad del país; pero si eso requiere pasar a llevar los derechos de extranjeros, es simplemente el precio que hay que pagar. Más aún, están dispuestos a culpar a los extranjeros de más cosas de las que realmente parecieran ser reales, porque les molesta que el país reciba personas con otras costumbres o características. En realidad no sólo se preocupan del orden y la seguridad; según sus adversarios, también son racistas, nacionalistas y clasistas. Los “anti-migrantes” son identificados como personas movidas por la ideología, aunque a veces lo maquillen con argumentos legales, económicos o incluso de sentido común.
Algo complejo es que los que son vistos como “pro-migrantes” no lo saben. Lo mismo le pasa a los “anti-migrantes”. Pero sí pueden fácilmente identificar a sus adversarios, que en realidad son enemigos. Porque saben que el que piensa distinto en estas áreas tiene intenciones que no son buenas. Y si tiene argumentos convincentes, es porque encontró alguna falacia inteligente, no porque tenga la razón.
En general, creemos que no somos parte de ninguno de los dos grupos, porque no somos extremistas, ni irresponsables, ni ingenuos, ni malas personas. Pero sí sabemos identificarlo en los demás. En el intercambio cotidiano, en la discusión pública, en la argumentación técnica y en el trabajo académico, muchas veces nos preocupamos más por reafirmar nuestros puntos, desacreditar al que piensa diferente y repetirnos que estamos en lo correcto, en lugar de esforzarnos por entender y validar (aunque sea parcialmente) lo que plantea quien tenemos al frente.
Enfrentar de manera responsable, realista y equilibrada los desafíos que nos presenta la migración requiere una mejor versión de lo que hacemos desde diferentes ámbitos: líderes políticos que no exploten la diferencia y el miedo; académicos que se esfuercen por entender los problemas desde diferentes visiones; una sociedad civil que se cuestione y empatice con quienes piensan distinto, medios de comunicación que aporten a un debate más constructivo, y personas que apuesten por encontrar en el otro a un interlocutor válido (y valioso).
Es un desafío difícil, pero no tenemos alternativa. La opción que queda es ver quién termina de imponerse, si los buenos o los malos.
Por Juan Pablo Ramaciotti, director ejecutivo, Centro de Políticas Migratorias
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