Opinión

Suecia: triunfo opositor sin mandato inequívoco en un país dividido

La oposición aventaja por tres escaños al bloque gobernante, pero el retroceso socialdemócrata, la persistencia de la derecha radical y la fragmentación parlamentaria anticipan una difícil formación de gobierno.

Carteles electorales en Estocolmo.

Por Daniel Zovatto, director y editor de Radar Latam 360.

Suecia votó, pero todavía no decidió quién podrá gobernarla. Con alrededor del 95% de los votos escrutados, el bloque opositor encabezado por Magdalena Andersson obtiene provisionalmente 176 de los 349 escaños del Riksdag, frente a los 173 de la coalición gobernante de Ulf Kristersson. La ventaja existe, pero es demasiado estrecha para proclamar de una vez un vencedor definitivo.

Falta contabilizar parte de los votos emitidos desde el exterior y de los sufragios que llegan después de la jornada electoral. El resultado definitivo no se conocerá antes del miércoles o el jueves. Apenas unas decenas de miles de votos separan a los dos bloques. En estas condiciones, la prudencia no es una cortesía política, sino una exigencia aritmética⁠.

Si las cifras actuales se confirman, Andersson tendrá la primera oportunidad de intentar formar gobierno. Pero sería un error interpretar el resultado como un giro inequívoco de Suecia hacia la izquierda.

Tampoco supone el regreso triunfal del antiguo excepcionalismo socialdemócrata.

Describe algo más complejo: un país dividido en dos mitades casi idénticas, obligado a escoger entre coaliciones frágiles y atravesado por el mismo dilema que inquieta a buena parte de las democracias occidentales: cómo garantizar seguridad, integración y bienestar sin sacrificar los valores liberales que las distinguen.

La paradoja socialdemócrata

El Partido Socialdemócrata volvió a ser la fuerza más votada, con aproximadamente el 28,1% y 99 diputados. Sin embargo, perdió alrededor de 2,2 puntos porcentuales y ocho escaños respecto de 2022. De confirmarse, sería su peor resultado en 118 años.

Andersson podría regresar al poder precisamente cuando la organización que durante décadas encarnó el modelo sueco atraviesa una debilidad histórica. Ganó frente a los demás partidos, pero perdió frente a su propio pasado.

La aparente contradicción resume el estado de la política sueca. En un régimen parlamentario fragmentado, ser la primera fuerza no equivale a estar en condiciones de gobernar. Lo decisivo es construir una mayoría capaz de aprobar presupuestos, sobrevivir a las mociones de censura y mantener un mínimo de coherencia programática.

La líder de la oposición y del Partido Socialdemócrata Sueco, Magdalena Andersson, y el secretario del partido, Tobias Baudin, se toman de la mano mientras se dan a conocer los resultados de las elecciones generales en Estocolmo, el 14 de septiembre de 2026.

Los socialdemócratas, el Partido de Izquierda, los Verdes y el Partido de Centro suman provisionalmente los 176 escaños del bloque opositor. Pero una mayoría aritmética no constituye necesariamente una mayoría política.

Las diferencias entre el Partido de Centro, de orientación liberal, y el Partido de Izquierda son profundas en materia fiscal, regulación económica, gasto público, energía nuclear e inmigración. Los Verdes agregan sus propias exigencias climáticas y energéticas.

Andersson tendrá que ocupar el centro sin perder a la izquierda y satisfacer a la izquierda sin expulsar al centro.

No se trata de una coalición natural, sino de una alianza construida por necesidad. Sus integrantes comparten el propósito de desplazar a Kristersson, pero todavía no un programa suficientemente coherente para gobernar durante cuatro años.

El sistema sueco puede facilitar la investidura, aunque no necesariamente la estabilidad.

El candidato a primer ministro no necesita reunir una mayoría absoluta de votos favorables: basta con que 175 de los 349 diputados no voten en su contra. Este “parlamentarismo negativo” permite formar gobiernos minoritarios, pero los obliga a negociar cada presupuesto y cada reforma importante.

Andersson podría recuperar el cargo y, al mismo tiempo, descubrir que deberá conquistar su mayoría cada día.

La derecha perdió, pero no fue derrotada

También sería equivocado interpretar el resultado como un rechazo inequívoco del gobierno conservador.

Kristersson llegó a la elección después de pasar buena parte de los últimos cuatro años por detrás en las encuestas y, sin embargo, consiguió cerrar la brecha hasta dejar al país al borde de un empate perfecto.

Los Moderados obtuvieron provisionalmente el 19,9% y 70 diputados, recuperando la condición de segunda fuerza nacional. El primer ministro puede reivindicar algunos resultados: la inmigración disminuyó, las políticas de asilo se endurecieron y el gobierno sostiene que comenzó a contener la violencia asociada con las bandas criminales.

Pero estos avances tuvieron un costo político e institucional. La derecha tradicional incorporó buena parte del lenguaje, las prioridades y el marco interpretativo de los Demócratas de Suecia.

En 2022, Kristersson quebró el antiguo cordón sanitario al aceptar el respaldo parlamentario de esa formación. Cuatro años después fue más lejos al abrirle la puerta de un futuro gabinete. El partido de Jimmie Åkesson, fundado en la década de 1980 con la participación de personas vinculadas a ambientes neonazis y supremacistas blancos, sostiene que expulsó a sus extremistas y moderó su identidad. Su normalización constituye, sin embargo, uno de los cambios más trascendentes y controvertidos de la política sueca contemporánea.

Jimmie Åkesson, líder del partido de extrema derecha Demócratas de Suecia, pronuncia un discurso tras las elecciones generales del domingo en Estocolmo.

Los Demócratas de Suecia retrocedieron hasta aproximadamente el 17,6% y obtendrían 63 escaños, 10 menos que en 2022. Perdieron la condición de segunda fuerza y sufrieron su primer retroceso desde que ingresaron al Parlamento en 2010. Su avance dejó de parecer inevitable, algo relevante en una Europa marcada por el ascenso de las derechas radicales.

Pero perder votos no significa necesariamente perder influencia. Un partido puede retroceder en las urnas y, al mismo tiempo, ganar la batalla ideológica. La inmigración, la identidad nacional, la delincuencia y la seguridad se discuten hoy en términos que Åkesson contribuyó decisivamente a imponer.

El laboratorio sueco del miedo

El país que durante décadas fue identificado con la socialdemocracia, la apertura migratoria, la cohesión social y un generoso Estado de bienestar se ha convertido en otro laboratorio europeo de la política del miedo.

La violencia vinculada con las bandas criminales, los problemas de integración y la percepción de que el Estado perdió el control en determinados barrios erosionaron antiguos consensos. La derecha radical no inventó esas inquietudes: las articuló en una narrativa electoral eficaz y obligó a los partidos tradicionales a competir en su terreno.

La campaña giró alrededor de la seguridad, la inmigración, la sanidad, el costo de vida y la sostenibilidad del Estado de bienestar. Son asuntos diferentes, pero quedaron conectados por una pregunta común: ¿sigue siendo capaz el modelo sueco de cumplir sus promesas?

Cuando los servicios públicos se deterioran, el crecimiento pierde dinamismo y la inseguridad ocupa la conversación cotidiana, incluso las democracias más consolidadas se vuelven vulnerables a las ofertas de autoridad, fronteras rígidas y soluciones rápidas.

La nostalgia por la edad de oro socialdemócrata no constituye una estrategia. Pero la promesa de recuperar el control mediante restricciones migratorias tampoco sustituye una política capaz de reconstruir la integración, la eficacia del Estado y la confianza ciudadana.

Dos advertencias y una lección europea

El eventual regreso de Andersson no debe confundirse con una restauración histórica. Los socialdemócratas podrían encabezar el próximo Ejecutivo con apenas el 28% de los votos. El antiguo contrato entre crecimiento económico, impuestos elevados, servicios públicos eficientes y cohesión social se ha debilitado.

Para renovarlo no basta con denunciar los orígenes extremistas de la derecha radical. La socialdemocracia deberá demostrar que el Estado democrático puede garantizar simultáneamente seguridad, libertades individuales, prosperidad económica y solidaridad social. Si no lo consigue, su regreso al poder será apenas un intervalo, no una recuperación.

La derecha tradicional enfrenta una advertencia diferente. Adoptar la agenda de los populistas puede producir beneficios electorales inmediatos, pero termina legitimando a quienes pretende contener. Kristersson redujo la ventaja opositora, aunque al precio de hacer depender su continuidad de una fuerza situada durante años fuera del consenso liberal.

Cuando los conservadores normalizan a la derecha radical, rara vez consiguen domesticarla; con mayor frecuencia son ellos quienes terminan transformados.

Ulf Kristersson habla con los medios durante la reunión de seguimiento de la noche electoral del partido Los Moderados en Estocolmo, el 13 de septiembre de 2026. CHRISTINE OLSSON

La tercera lección concierne al conjunto de Europa. El avance de la derecha radical no siempre se mide por el crecimiento de sus votos o por su ingreso formal al gobierno. También se manifiesta cuando coloniza la agenda de los partidos tradicionales y consigue que sus adversarios adopten sus prioridades y hablen su idioma.

El populismo gana no solo cuando ocupa el poder, sino también cuando redefine los términos del debate.

Continuidad exterior, incertidumbre interna

En política exterior, una eventual alternancia produciría cambios limitados. Las principales fuerzas mantienen un amplio consenso sobre la pertenencia a la OTAN, el fortalecimiento de la defensa y el apoyo a Ucrania. La invasión rusa puso fin a más de dos siglos de no alineamiento militar y convirtió la seguridad europea en una política de Estado.

Estas elecciones decidieron menos sobre el lugar de Suecia en el mundo que sobre la sociedad que desea construir dentro de sus nuevas fronteras estratégicas.

Las diferencias decisivas son internas: inmigración, delincuencia, impuestos, energía, salud y calidad de los servicios públicos. Suecia puede demorarse semanas -quizá más- en formar gobierno, pero difícilmente modificará de manera radical su orientación geopolítica.

Una victoria sin un mandato inequívoco

Suecia emerge de las urnas con una posible alternancia, pero sin un vencedor indiscutible. Andersson dispone de la primera oportunidad para formar gobierno; Kristersson conserva una posibilidad matemática de permanecer en el cargo; y Åkesson, pese a su retroceso, ha dejado una huella profunda sobre el debate nacional.

El resultado deja tres mensajes principales.

Primero, Suecia continúa dividida en dos mitades prácticamente iguales.

Segundo, el debilitamiento electoral de la derecha radical no implica el regreso automático de la hegemonía socialdemócrata.

Y tercero, el centro político, aunque electoralmente reducido, conserva un poder desproporcionado para decidir quién gobierna y bajo qué condiciones.

La paradoja no podría ser mayor. El país más asociado con la negociación y el consenso enfrenta una ventaja preliminar de apenas tres escaños y conversaciones que podrían prolongarse durante semanas.

El escrutinio definitivo determinará quién dispone de la ventaja inicial para armar gobierno. Las negociaciones revelarán si esa ventaja puede transformarse en un gobierno viable.

El país nórdico puede haber impedido -por apenas tres bancas- la entrada de la derecha radical al gabinete. Pero no ha resuelto las causas que hicieron posible su ascenso. Los socialdemócratas podrían haber ganado la elección. Para volver a ganar el país necesitarán mucho más.

En suma: Suecia no giró claramente hacia la izquierda, pero tampoco ratificó plenamente su desplazamiento hacia la derecha. La aritmética puede concederle el gobierno a Andersson; la política, en cambio, la obligará a conquistarlo cada día. Hubo una mayoría preliminar, pero no un mandato inequívoco. Esa es la paradoja sueca y, cada vez más, la europea.

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