Opinión

Tiempo de explicaciones

El de antes y el de ahora. ¿Qué puede haber llevado a Julian Barnes a escribir Mis cambios de opinión, un opúsculo donde, como él mismo dice, se resiste muchas veces con dientes y uñas a reconocer que ya no piensa igual que en otro tiempo? ¿Acaso alguien le estaba poniendo una pistola al pecho? ¿Qué necesidad tenía de entrar al tema? A lo mejor sentía que era una cuenta que debía saldar ahora, luego de haber cumplido los 80 años y de estar despidiéndose como escritor (su última novela se titula justamente La despedida). Gran novelista, el más afrancesado de los escritores británicos, Barnes contribuyó con títulos como El loro de Flaubert, Hablando del asunto, El sentido de un final y Nada que temer al esplendor de las letras británicas del último tiempo. Aunque no está mal, este librito es menos de lo que promete. Barnes se debate entre lord Keynes, que decía que cambiaba de opinión cuando cambian los hechos, y Francis Picabia, para quien si teníamos la cabeza redonda era para que nuestros pensamientos pudieran cambiar de orientación. En su trabajo, Barnes dedica algunas páginas a los sesgos que a veces destituyen y a veces reinstalan expresiones y palabras en el lenguaje que hablamos, deriva filológica que es bien aburrida. Cuando se mete con la política, su discurso obviamente se prende, aunque no con gran agudeza. Barnes es un centrista impenitente y de poco glamour; vota a los liberales cuando los conservadores extreman la nota o los laboristas se entusiasman mucho con el socialismo. La cosa mejora cuando habla de libros y revisa sus precepciones de juventud, rescatando, por ejemplo, a E.M. Forster o a Ford Madox Ford. Finalmente, alcanza ribetes conmovedores cuando vislumbra que su vida se está acercando a eso que llama, sin lamentaciones y sin perder la compostura, la nada definitiva, irrevocable y eterna, donde, a su juicio, iremos todos a parar.

Onda japo. Así como hacia fines del siglo XIX los salones de Europa se llenaron de cachivaches decorativos con motivos chinescos (biombos, bronces, dragones, budas, telas caligráficas, pagodas…), así también ahora las librerías acusan una invasión de literatura japonesa. En realidad, el fenómeno ya tiene varios años y podría estar conectado a una generación que en Chile y en todo el mundo se educó en el animé. Bueno, hay de todo: narrativa buena, mala y regular. En este último segmento, muy lejos de la inspiración de Kawabata y sin el filo de las obras de Mishima, Máscaras femeninas, de Fumiko Enchi (1905-1986), considerada una de las escritoras fundamentales de las letras niponas de la segunda mitad del siglo XX, no es muy convincente. No tanto porque describa en la figura de una poetisa culta, refinada, distante y muy respetada socialmente a un personaje maquiavélico y posesivo que digita con abierta perversidad la vida no solo de su nuera, una joven guapa y que vive con ella después de haber perdido al marido, sino, además, la de dos amigos suyos, también jóvenes y que la pretenden en términos casi deportivos. Lo cierto es que la novela tampoco se impone literariamente. El relato avanza a trompicones. Faltó sutileza. Faltaron matices. Y faltó también densidad literaria. En cambio -porque nunca se funden bien con el relato- sobraron máscaras, referencias al Teatro Nö, tributos a la poesía clásica e imperial y a templos de espiritualidad budista. Tal como está, la historia no alcanza a ser misteriosa; sus explicaciones son banales y no tienen estatura lírica. Tampoco da para iluminar zonas oscuras de la condición humana. Máscaras femeninas es un libro de Chai Editora (2026, 157 pp). Como expresión de una sensibilidad cultural, sin duda que es interesante. Como historia, como trama, en cambio, no lo es tanto.

Antes del fin. Paolo Sorrentino se serena. Es la sensación que queda tras ver su último largometraje, La Grazia: la belleza de la duda. La cinta ha estado en cartelera y pronto entrará a la oferta programática de Mubi, que la produjo. La sensación de estar ante una cinta más contenida quizás responde a que su protagonista ya no es un periodista cínico, famosillo y libertino, como en La gran belleza. Tampoco son esos viejos zorros y con las hormonas todavía revueltas que aparecían en Juventud, o ese político malandrín, retrato de Berlusconi, que se robaba la película en Il divo. Estamos también a años luz del chico golpeado tanto por la llegada de Maradona a Nápoles como por los oscuros dictados del destino de Fue la mano de Dios, o de la chica cara de ángel y cuerpo de diosa, como las mujeres que a él le gustan, que aparecía en Parthenope. Nada de eso. Por más que La Grazia presenta un papa de color, que peina trencitas, usa coleta y anda en motoneta, en este nuevo Sorrentino todo es más ordenado: el protagonista es un jurista bien comportado, nada menos que presidente de la República, contenido con sus impulsos, aburrido en su día a día, comedido en sus gestos, deprimido por sus años de viudez. Como solo le quedan seis meses de mandato, estamos ante una película que, si no es sobre la muerte, es sobre los días que la anteceden, cuando “la vida pierde peso”. Muy coherente con este prisma, el tono es solemne y de ritmo lento. Mariano de Santis, así se llama el personaje central, como buen DC, siempre está dudando. Sorrentino lo enfrenta a tres dilemas: una ley de eutanasia, que debe firmar o seguir dilatando, y dos indultos que tensionan sus prejuicios y convicciones. Como ocurre en casi todas sus películas, el relato se abre en distintos momentos a fugas oníricas que entroncan el cine de Sorrentino con el universo y la imaginería de Fellini. No está mal. Pero algo hace temer que el cine italiano, y el europeo en general, esté pedaleando en banda.

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Casi nadie tiene claro qué es un modelo generativo. El resto lo leyó en La Tercera

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