Un partido del Mundial en México: la mejor lámina de todas
“¿Y si sí?”, pregunta una publicidad sobre la avenida Pablo Livas, una de las arterias que cruza Monterrey. Es una de esas frases que parecen venderte algo, pero habla de la ilusión que se instaló en el país sede del Mundial. El cometido de su selección no perdona, como pasa en el norte mexicano con el clima: un verdadero festín para veranistas, con 36°C a la sombra y la humedad clavada al 60%.
El Gigante de Acero, la casa de los Rayados, impresiona. Pinche estadio bien chingón se sacaron los cuates. Aunque está hecho de aluminio, su apodo es un homenaje al pasado obrero de la antigua Fundidora de Fierro y Acero, donde hoy se hace el masivo FIFA Fan Festival, una explanada para ver partidos en pantallas gigantes, shows en vivo de gente como Imagine Dragons o 3BallMTY, y probar una bandeja de tacos de asada. Pero lo que de verdad se roba las miradas es la vista. El cerro de la Silla se recorta en el horizonte como un decorado puesto por un paisajista triste.
Monterrey es una sucursal del infierno en verano. Para lidiar con esto, el diseño del estadio evitó el domo cerrado con aire acondicionado y clavó varias aberturas en su fachada metálica que los arquitectos llamaron branquias. Puesto en medio de un bosque y al lado del zoológico de la ciudad, el Gigante de Acero es un animal gigantesco diseñado para respirar el aire que baja del cerro y canalizarlo hacia las gradas.
Adentro nos tocó ubicarnos en el codo de Sudáfrica para ver el duelo contra Corea. Sin embargo, la tensión y el nervio del partido pasaban por otro lado, atravesados por el fantasma eufórico de un México quedando primero en su grupo, sin goles en contra. Nuevo León era una fiesta desenfrenada porque, a esa misma hora, el Tri le estaba acomodando una arrastrada monumental a Chequia, antes de meterse entre los 16 mejores, dejando fuera a Ecuador.
Obviamente, se gritaron muchísimo más los goles de México que el trámite que teníamos enfrente, con un movedizo Lee Kang-in y un insuficiente Son Heung-Min frente a la contundencia sudafricana.
Entonces cayeron las pausas de hidratación. Momento para apreciar el desfile de personajes que dan vida al folclor de la botana futbolera: chicharrón norteño, carne seca, nachos regios, papas de bolsa bañadas en limón, cerveza de algún auspiciador, los vasos oficiales con motivos del partido del día.
Cuando El Vasco Aguirre hizo entrar al incombustible Memo Ochoa, el lugar se vino abajo. El mexicano, mayoría absoluta en el estadio, no tiene problemas con gritar todo el partido, maldecir y recordar a la madre de quienes no siguen una ola en las gradas o cantar con el pulmón en la mano. Más de cincuenta mil personas corearon varias veces el Canta y no llores, una de las más repetidas por los altavoces.
A la salida, cuando Monterrey ya era una fiesta desatada y menos calurosa, un corpóreo de pollo vio venir lo peor. Al grito de “quiere volar, quiere volar”, la marea de jerseys verdes del Tri lo rodeó para hacerle el manteo de su vida. Hay un mito que podría explicar esta escena de violencia disfrazada. Durante los primeros años del Gigante de Acero, los locales Rayados no ganaron ninguna final en casa. El mito reza que un aficionado de Tigres enterró una gallina en los cimientos durante la construcción para “salar” el lugar. No importa cuánto aluminio, cuántas suites de lujo ni diseño del Primer Mundo le pongamos a un terreno en América Latina, al final, el destino siempre dependerá de un mito.
Por Alejandro Jofré, editor digital de La Tercera.
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