Empezar una relación después de los 60




Cuando tenía 56 me separé del que fue mi marido durante casi toda mi vida. A él lo conocí cuando tenía 17 y tuvimos a nuestra primera hija cuando yo tenía 19. En todos los años que compartimos juntos fuimos muy felices. Además de acompañarnos y querernos mucho, nos preocupamos de crecer, desarrollarnos y cultivar nuestros propios intereses, pese a haber sido padres muy jóvenes. Pero ese amor evolucionó, se confundió con otras cosas y dejó de ser el amor incondicional que había sido durante tanto tiempo.

En un principio lo dejamos pasar porque sabíamos que así se da en las relaciones largas; inevitablemente en algún minuto deja de ser el amor adolescente que produce mariposas en la guata y va adquiriendo otra forma, otros tiempos, otra intensidad. Porque las personas maduramos y junto a nosotros, también madura el amor. Eso da paso a una etapa distinta, igualmente maravillosa, con otras características. Pero en esa evolución a veces pasa que se abren otras posibilidades. Así fue para nosotros. Nos dijimos que nos íbamos a amar siempre, pero que habíamos llegado a una bifurcación y él se iría por un lado y yo por el otro.

En los años posteriores a la separación, que ahora ya parecen muy lejanos, decidí aventurarme y salir con otras personas. Aunque no niego que me costó. Y hasta los 59 o 60 hice justamente eso. Mis amigas se lo tomaron como una tarea muy personal; estaban felices de que una del grupo estuviera volviendo a empezar. Cuando pienso en esa época, creo que eran ellas las que tenían ganas de conocer a alguien, más que yo. Pero les seguí la corriente. Había estado solo con una persona en toda mi vida, y la curiosidad, aunque de manera tardía, se había despertado. ¿Cómo era tener una cita en esos tiempos? Nunca había dejado de ser una mujer coqueta y reconozco haber sentido atracción por otros hombres a lo largo de mi vida, pero esa atracción nunca se había materializado más allá de un intercambio de palabras. Todo era nuevo y un poco confuso.

Salí, tomé muchos cafés, hablé, conté mi historia, lo pasé bien y también me sentí un poco incómoda. Hice todo tipo de amagues en la peluquería, me teñí las canas e incluso me compré un par de botines nuevos, que además de tener unos centímetros de taco, servían para mejorar la postura. Mis amigas me decían, como para animarme, que los 50 eran los nuevos 40 y una serie de frases cliché que al final, más que ánimo, me daban pena. ¿Por qué estábamos tan condicionadas a pensar que el amor correspondía a una cierta edad? ¿Porque tenía que sentirme de 40, si en realidad estaba llegado a los 60?

Hasta que me cansé. Me cansé de la peluquería y me cansé de tener que aparentar algo que no era. No quería que los 50 o los 60 fueran los nuevos nada, quería aceptar mis años y no hacerme problema por eso, pero me estaba costando. Me inseguricé y al cabo de un tiempo terminé por reforzar la idea que tanto le había reprochado a mis amigas: quizás, al final, el amor le correspondía a ciertas etapas de la vida, y después de una cierta edad ya no se podía conocer a alguien especial.

Cuando cumplí 67 mi nieta tuvo a la Amalia. Y ahí sí pensé que la vida de bisabuela no era para nada compatible con salir a conocer gente nueva. Esa idea, que en un principio me había entusiasmado y que sola fui restringiendo, parecía ser una posibilidad muy lejana. Pero hace nueve meses, mientras estaba de vacaciones en el sur con mis hijas, mi nieta y mi bisnieta recién nacida, conocí a Manuel. Y desde entonces, no nos hemos separado. Esa primera noche hablamos durante cinco horas de corrido, y al día siguiente solo queríamos volver a pasar más tiempo juntos. No hubo estrategia, no hubo necesidad de hacerse los interesantes. Sabíamos que habíamos sentido algo y queríamos aprovechar el tiempo.

Ahora siento que todo lo que pensaba antes era ridículo; pensar que por ser bisabuela o abuela ya no se puede conocer a alguien es una tontera. Lamentablemente muchas tenemos muy arraigada esa idea, que es una suerte de semilla que está dentro de cada una de nosotras, por cómo nos criaron y por todo lo que hemos ido interiorizando. Pero cada vez estoy más convencida de que hay que hacer lo posible por deshacerse de todo tipo de idea impuesta y encontrar las que a cada uno le acomoden. El amor se da a los 60, 70, 80 y a cualquier edad siempre y cuando uno lo quiera. Se da de otras maneras, sí. Pero es igualmente maravilloso.

De hecho, es toda una aventura. Conocer a Manuel ha sido conocer a alguien que, aunque tenga 10 años menos que yo, cuenta con un bagaje bien cargado. No es conocer a alguien en la juventud, cuando todavía hay sueños, ilusiones. Ambos hemos pasado por una separación, lo que nos ha dado perspectiva y más posibilidades de conocernos y de saber qué queremos y qué necesitamos. Estamos parados en tierra firme. En ese sentido, nos enfrentamos a la relación con claridad y también sin expectativas. O expectativas más ajustadas. No estamos proyectando en el otro nuestros propios deseos.

Por otro lado, el entusiasmo sigue siendo el mismo que se siente en otras etapas de la vida, pero también se trata de un amor que se desprende de la ilusión de que el otro tiene que ser como una quiere que sea. Más bien se acepta la realidad de cada cual. También ya no se discute tanto y ciertamente no se compite, porque en realidad no se tiene la noción de la vida por delante. Por lo mismo, nunca hemos tenido la intención de dilatar o postergar algo. Tuvimos química desde el principio, tuvimos un entendimiento mutuo y una naturalidad que pocas veces se da. Y lo queremos aprovechar mientras dure.

No sé en qué va terminar esto, pero eso no importa. Estoy feliz de haber dejado de lado trancas, ideas arraigadas, disyuntivas internas y nociones de lo que es o no el amor a tal y tal edad, que solamente sirven para encasillar. Este es un amor maduro, quizás. Distinto, sin duda. Pero no por eso menos fascinante”.

Gloria Solar (68) es madre, abuela y bisabuela y se dedica a la orfebrería.

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