Cuando restringir empeora los atracones
Muchas veces el tratamiento de los atracones se centra en suprimir el hambre en lugar de comprender su origen. El resultado suele ser más frustración, culpa y recaídas.
“Siento que las indicaciones para controlar mi apetito terminaron empeorando cómo me sentía”.
No es una frase aislada. Es algo que escucho con una frecuencia incómoda en consulta. Y no viene desde la desconfianza ni la rebeldía, sino desde la frustración de haber hecho todo “bien”: seguir indicaciones, tomar el tratamiento, esforzarse, y aun así terminar peor que antes.
Hace unos días, una paciente me contó su historia. Durante años vivió con atracones y, buscando ayuda, llegó a una consulta médica donde la indicación fue clara: había que suprimir el apetito. La estrategia fue un análogo de GLP-1. Al principio, funcionó: bajó el hambre, disminuyeron los pensamientos sobre comida y apareció una sensación profundamente valorada en nuestra cultura: el control. Pero no era recuperación, era silencio. Y cuando el tratamiento se suspendió —porque no era sostenible ni económica ni corporalmente— los atracones volvieron. No al mismo punto, sino con más intensidad. Entonces apareció una pregunta que muchas personas cargan en silencio: ¿el problema soy yo?
La respuesta es incómoda, pero necesaria: muchas veces, no. Lo que falla no es la persona, sino la forma en que estamos entendiendo y abordando el problema. Porque, aunque cueste admitirlo, seguimos tratando los atracones desde una lógica simplista: si alguien come en exceso, entonces hay que hacer que coma menos. Reducir porciones, controlar, inhibir el apetito. El problema es que el cuerpo humano no responde a esa lógica de manera lineal. Y la evidencia es consistente en algo que todavía incomoda reconocer: la restricción alimentaria —física y mental— es uno de los principales factores que perpetúan los atracones.
Cuando hablamos de restricción no hablamos solo de comer poco. Hablamos también de esa forma más silenciosa que ocurre en la cabeza: la culpa constante, la clasificación de lo “bueno” y lo “malo”, la sensación de estar fallando, el intento permanente de compensar. Todo eso configura una experiencia de privación. Y frente a la privación, el cuerpo responde como lo que es: un organismo diseñado para sobrevivir. Aumenta el hambre, la urgencia, la fijación con la comida. No es un error; es un mecanismo de protección. Desde ahí, intervenir los atracones con más restricción —aunque se presente como tratamiento— no aborda la causa: refuerza el ciclo que los sostiene. Es, en términos simples, apagar el fuego con bencina.
Algo similar ocurre con otra recomendación frecuente: eliminar de la casa los alimentos asociados a los atracones. En teoría, parece preventivo; en la práctica, suele intensificar el problema. Lo prohibido no desaparece: se vuelve más deseado, más cargado emocionalmente, más presente. Y cuando finalmente aparece —porque inevitablemente aparece— lo hace desde la urgencia, no desde la elección. Eso dificulta, aún más, una relación tranquila con ese alimento.
El problema no es solo clínico; es también estructural. Hoy vemos un aumento sostenido en el uso de fármacos que suprimen el apetito, muchas veces indicados como solución principal, sin un abordaje integral de la conducta alimentaria. Pero reducir el hambre no es lo mismo que resolver un trastorno.
Como plantea la psicóloga especialista en conducta alimentaria Consuelo Mujica: “Estamos confundiendo control con resolución. Algunos tratamientos pueden reducir la ingesta, pero no necesariamente el impulso de atracón. En la práctica vemos que la conducta se inhibe físicamente, mientras el deseo y los factores que la sostienen permanecen intactos. A largo plazo, esto suele generar más frustración: la pérdida de peso deja de cumplir la promesa de ‘arreglarlo todo’ y muchas personas recaen, con o sin hambre, pero con una sensación más profunda de fracaso”.
Ignorar esa complejidad no solo es insuficiente; puede ser iatrogénico. Por eso, quizás la pregunta no es cómo hacer que las personas coman menos, sino por qué seguimos insistiendo en estrategias que no funcionan a largo plazo. Y, sobre todo, a quién le estamos cargando el costo del fracaso. Porque cuando el tratamiento no resulta, la culpa casi siempre recae en la persona, y rara vez en el modelo que lo indicó.
Desde la práctica clínica, sabemos que salir de ese ciclo no pasa por más control, sino por un cambio de enfoque: dejar de pelear con el hambre y empezar a entenderla, reconstruir una alimentación suficiente y regular, trabajar la relación con la comida desde un lugar menos castigador, y abordar lo que muchas veces está en la base: la dificultad para sostener el malestar emocional sin recurrir a la comida o a la restricción.
No se trata de comer “perfecto”, sino de comer lo suficiente y de forma regular, incluso cuando eso incomoda, y de soltar —de a poco— la lógica de prohibición que suele alimentar el mismo ciclo que se intenta evitar.
Y esto no se resuelve con una indicación aislada ni con un fármaco por sí solo. Requiere acompañamiento: un trabajo interdisciplinario y sostenido, donde lo nutricional y lo psicológico dialoguen, donde la persona no sea reducida a su conducta alimentaria, y donde el objetivo no sea controlar el cuerpo, sino mejorar la calidad de vida.
Porque cuando cambiamos la pregunta de “¿cómo controlo esto?” a “¿qué necesito para estar mejor?”, también cambia el camino. Y ahí, recién, empieza algo que se parece más a una solución.
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