Escuelas que protegen: cuando la confianza se convierte en una estrategia de prevención
Mientras Chile debate si los detectores de metales son la respuesta a la violencia escolar, en La Pintana hay un colegio que lleva décadas ensayando otra respuesta: el vínculo. Con un 96% de vulnerabilidad y sin un solo pórtico en su entrada, el Santo Tomás es una muestra de lo que la prevención puede hacer cuando se toma en serio.
Son las 7:30 de la mañana de un día de otoño en Santiago. El sol recién empieza a asomarse. En la entrada del colegio Santo Tomás, en la comuna de La Pintana, ya se encuentra su directora, Katherine Véliz, como cada mañana, esperando con entusiasmo a sus estudiantes en la entrada para desearles un buen día.
“Hasta las 8:20 am, estoy en la puerta visible para saludarlos a todos, para recibirlos, para conversar con el papá también”, dice. Esto no es un capricho ni una formalidad, sino el primer vínculo que establecen las y los estudiantes en el día. “Es como un escaner”, asegura Katherine. “Nos damos cuenta si vienen bien, si vienen con alguna pena, con alguna dificultad, y lo abordamos en ese momento”.
Entre los que cruzan esa reja está Dominique González (6), quien llega caminando junto a sus hermanas Catalina (12) y María Jesús (11), también alumnas del colegio. Dominique le dice buenos días a Katherine y sigue hacia su sala. Cuando le preguntan cómo se siente aquí, responde sin dudar: “Cómoda, porque acá no estoy sola completamente”.
En el Colegio Santo Tomás estas escenas se repiten cada día. Con 35 años de historia y un índice de vulnerabilidad que alcanza el 96%, el establecimiento ha apostado por una idea sencilla, pero exigente: “Yo conozco a mis 442 alumnos del interior del colegio. Eso es una garantía”, dice Katherine. “Porque cuando yo conozco al otro, el otro se vincula contigo”.
El ejemplo de este colegio adquiere especial relevancia en un momento en que Chile busca respuestas frente al aumento de la violencia que afecta a niñas, niños y adolescentes. Según la Encuesta Juventud y Bienestar 2024, las burlas hacia otros compañeros subieron de un 30% a un 40%, mientras que las agresiones físicas alcanzaron el 10,9%. Para Paloma del Villar, directora del Observatorio Niñez Colunga, estas cifras muestran que la discusión sobre convivencia escolar no puede reducirse únicamente a la seguridad física.
“En una sociedad donde hay violencia, niñas y niños reproducen lo que aprenden, lo que ven”, señala. En ese escenario, agrega, la escuela adquiere un papel que va mucho más allá del aprendizaje académico. Puede convertirse en uno de los principales entornos protectores en la trayectoria de vida de niñas, niños y adolescentes, especialmente en contextos de mayor vulnerabilidad.
Más allá de los detectores de metales
El próximo 1 de julio comenzará a regir la Ley N°21.809 de Convivencia, Buen Trato y Bienestar de las Comunidades Educativas. La normativa busca fortalecer el buen trato, el bienestar y la prevención de la violencia en los establecimientos educacionales mediante un enfoque formativo, centrado en la convivencia, la participación y el desarrollo socioemocional. Asimismo, habilita a los establecimientos a instalar detectores de metales y otras tecnologías de seguridad, siempre que exista acuerdo de la comunidad educativa y se cumplan determinados requisitos.
Es un giro. Hasta hace un par de años, la Superintendencia de Educación había cuestionado este tipo de medidas e incluso había sancionado a establecimientos que las implementaron. Su postura no respondía únicamente a consideraciones normativas: en su Reporte N°2 sobre convivencia escolar, el organismo concluyó que la evidencia internacional disponible no permitía afirmar que los detectores de metales fueran efectivos para reducir la violencia en las escuelas. Por el contrario, estudios realizados en Estados Unidos mostraban que el aumento de dispositivos de seguridad no necesariamente disminuye las tasas de victimización y, en algunos casos, puede incluso deteriorar la percepción de seguridad de estudiantes y apoderados, además de vulnerar sus derechos fundamentales.
La Defensoría de la Niñez lleva años advirtiendo que las medidas de control, como los detectores de metales o la revisión de pertenencias, suelen abordar los efectos de la violencia, pero no sus causas. Según el organismo, la evidencia internacional muestra resultados limitados cuando estas estrategias se implementan de manera aislada y existe el riesgo de afectar el clima escolar y debilitar los vínculos de confianza entre estudiantes y adultos.
“La experiencia internacional demuestra que las escuelas más seguras no son necesariamente las que tienen más controles, sino aquellas que logran construir relaciones de confianza, sentido de pertenencia y mecanismos eficaces de prevención e intervención temprana”, plantean desde la institución.
Benjamín Pino (15) va en segundo medio en el Santo Tomás y llega cada mañana caminando con sus dos hermanos menores, que también estudian aquí. “Este colegio no es peligroso”, dice. “Y te enseñan, realmente te quieren enseñar”. Para él, la diferencia no está en los controles de entrada, sino en lo que pasa adentro: “Los profesores te hablan, te preguntan qué te pasa. Te buscan soluciones y aconsejan”.
A pocos kilómetros del Santo Tomás, un colegio del mismo territorio opera hace años con detector de metales en su entrada. Katherine lo conoce bien. Es parte de su paisaje cotidiano, una realidad paralela que coexiste en el mismo barrio, con los mismos niños, la misma vulnerabilidad. Y sin embargo, nunca ha cruzado por su cabeza hacer lo mismo. “No está en nuestro registro, no lo cotizamos”, dice con firmeza y convicción. Para ella, la pregunta de si instalar un detector nunca fue una alternativa.
Benjamín lo experimenta desde adentro. “Este entorno no es tan bueno, afuera hay cosas peligrosas, pocas oportunidades y malos hábitos”, dice. “Este colegio hace la diferencia.” Tiene un primo que estudia en otro establecimiento del sector. “Si saca mala nota, a los que están a cargo no les interesa”, cuenta. La comparación, dice, no la hace para elogiar a su colegio, sino porque es la realidad que ve.
La alternativa que eligió el Santo Tomás se llama Valores en Acción, un programa de la red de colegios CEAS a la que pertenece y que estructura la convivencia en torno a seis valores transversales. Las sanciones no se explican solo como infracción a una norma, sino en términos de respeto y daño al otro. “Prefiero conversar con los niños desde la lógica de lo difícil que es portar un arma, todas las consecuencias que pueda tener”, dice Katherine. “Lo de revisar las mochilas genera una distancia gigante entre el estudiante y el profesor. Rompe toda la confianza”.
No lo dice desde la ingenuidad: sabe que la violencia existe y que el territorio pesa. Según el Observatorio Niñez Colunga, un 44% de las niñas y niños en Chile reside en sectores con violencia crítica —exposición frecuente a balaceras o peleas— y en las zonas urbanas más complejas, como la Región Metropolitana, esa cifra no ha mostrado avances significativos. La violencia está afuera. La pregunta es qué hace la escuela con eso.
Vínculos que cambian trayectorias
“Cuando hablamos de entornos protectores, hablamos de espacios capaces de modificar trayectorias de vida”, asegura Paloma del Villar, directora del Observatorio Niñez Colunga. “La evidencia demuestra que cuando hay apoyo y acompañamiento, los resultados académicos mejoran a la vez que disminuyen las conductas de riesgo”.
Antes de comenzar la jornada académica, todas y todos los estudiantes del Santo Tomás se reúnen con sus profesores jefes para la Acogida, diez minutos diseñados para contener y vincularse. “Es nuestro segundo escáner”, dice Katherine. “Levantamos si alguien no viene del todo bien. Cada curso se vuelve una familia”.
En la sala de Dominique, eso se traduce en acciones concretas. “¡Huelo la flor y después soplo los pétalos!”, dice. Es una técnica de relajación que le enseñaron para enfrentar la frustración. “Cuando las cosas no le salen como ella quiere, se enoja, se enrabia, se ofusca”, explica Katherine. Por eso la apoya una psicopedagoga al menos una vez a la semana. En el Santo Tomás, aprender a calmarse tiene el mismo peso que aprender a sumar.
Volando en V, organización que forma parte de Pacto Niñez —red de más de 130 organizaciones que trabajan por el bienestar de la niñez en Chile—, acompaña a comunidades escolares en la prevención de la violencia a través del liderazgo estudiantil. En sus casi diez años de trabajo han llegado a una conclusión similar a la de Katherine: “La clave está en fortalecer las formas de convivir que nos hacen bien: el diálogo, el cuidado mutuo y la participación activa de estudiantes, educadores y familias”, dice Víctor Villarreal, jefe de programas de la fundación. La señal de que una escuela está funcionando como entorno protector, agrega, no está en sus controles, sino en la confianza de sus estudiantes: “Se atreven a participar, a dar ideas y, sobre todo, a equivocarse sin miedo”.
Ese trabajo cotidiano tiene resultados medibles. En 2025, el SIMCE de cuarto básico en el Santo Tomás subió 33 puntos —una alza de 10 ya se considera notable en el sistema—, convirtiendo al establecimiento en uno de los colegios que más mejoró en La Pintana. La asistencia promedio es del 90%. Benjamín lo traduce a su manera: “He visto que varios alumnos han salido de cuarto medio con becas. Estas cosas nos muestran que sí puedes salir adelante, que sí hay oportunidades”.
Katherine sabe de dónde vienen esos números. “Aquí los niños son como todos. Tienen la inteligencia, las habilidades y todo, y a veces el territorio te encarga un poco de decir: no vas a poder”, dice. “Pero tienen sueños súper potentes y las familias igual”. Por eso en el colegio trabajan desde temprano en lo que la directora llama las altas expectativas: decirles que son los mejores, que pueden, que si quieren se van a transformar en el presidente de China. “Tratamos de revertir esas mochilas que a veces son desigualdad por el territorio donde están”, explica. “Les decimos: tú puedes dar vuelta a eso”.
Una política pendiente
El colegio no opera en el vacío. Detrás de su modelo hay una dupla psicosocial permanente, un convenio con una institución de salud mental que entrega terapia semanal a los diez estudiantes más urgentes —en un sistema público donde las listas de espera llegan a ocho o diez meses— y una red de más de 27 programas de apoyo comunitario. Es una arquitectura que tomó 13 años construir. La Defensoría de la Niñez plantea que ese tipo de construcción no debería ser la excepción: entre las medidas que muestran mejores resultados, señala el organismo, están fortalecer los equipos de convivencia y apoyo psicosocial, mejorar el acceso a salud mental e identificar tempranamente situaciones de riesgo. Todo lo que el Santo Tomás ya hace.
Katherine lo sabe y tiene un mensaje directo para quienes diseñan las políticas. “Las políticas públicas tienen que siempre nacer desde la realidad”, dice. “Me encantaría que pudieran estar en un territorio como este, venir, visitar, ver y conversar con la gente”.
“Cuando una escuela involucra a sus estudiantes en sus desafíos deja de verlos como parte del problema y comienza a transformarlos en protagonistas de las soluciones”, agrega Víctor Villareal, jefe de programas de Fundación Volando en V.
El Santo Tomás lleva 35 años siendo una respuesta a esa pregunta en La Pintana. “Para construir un mejor país se necesitan personas que quieran trabajar en contextos donde la equidad y la igualdad se deben dar de manera real”, dice su directora con convicción.
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