Sobreexposición




Hace algunas semanas cayó en mis manos Los reyes de la casa libro de la escritora francesa Delphine de Vigan. Devoré sus casi 350 páginas en una tarde, porque da cuenta de un fenómeno que viene rondando mi cabeza y por el cual muchas personas consultan y no saben cómo manejar: la sobreexposición en redes sociales.

Contexto: Mélanie Claux, una mujer de mediana edad participó en un reality show en su juventud, en el que estuvo muy brevemente y pasó sin pena ni gloria. Con el paso del tiempo se convirtió en madre y empezó a grabar el día a día de sus hijos y a subirlos a youtube. Fue un hit. Mostraba niños hermosos y felices, haciendo unboxing con los miles y miles de regalos que llegaban, hasta que un día, la menor desapareció.

A través de la lectura, que pareciera ser un thriller -pero que se acerca mucho a lo que vivimos la mayoría de las personas- es que me detengo a reflexionar sobre la sobreexposición a las RR.SS.

Aunque sobreexposición en redes sociales es un fenómeno bastante reciente, ha avanzado tan vertiginosamente que no alcanzamos a dimensionar sus efectos.

Para entenderlo, aquí comparto brevemente la historia: Si bien la mensajería instantánea empezó a popularizarse a finales de los noventa con ICQ (y su insufrible ruidito “Oh oh” cuando llegaba un mensaje), fue en los 2000, con la creación de MYSpace y Facebook, que las personas empezamos a compartir información en línea. Al principio con la ilusión de acercarse a antiguos amigos o conocidos y donde sólo se podía compartir información limitada.

Sin embargo, con el desembarco de Twitter en 2006 y la supuesta democratización de la información en tiempo real, los usuarios empezaron a compartir lo que se les ocurría en 140 caracteres. Y lo más interesante a mis ojos fue el cambio de “amigos” a “seguidores”, que más tarde entendería con la industria que se montó, facturando millones de dólares. En ese entonces, Facebook tuvo que dar su brazo a torcer y abrió un “muro” y “estado” para que tus amigos supieran en qué estabas.

¿Cómo olvidar toda la información que corría en esas redes para el terremoto del 2010?

Fue en ese año que apareció Instagram, una red que confieso me parecía absurda porque pensé que a nadie le podría interesar ver la foto de otra persona, a veces sin siquiera una leyenda bajo la foto. Y me súper equivoqué, qué hacías, lo que la gente comía, dónde se iban de vacaciones, todo, todito, estaba quedando registrado.

Pero aún Instagram era “campo”, había poca publicidad, por lo tanto, sólo te enterabas de lo que las personas que conocías, subían.

Hasta que llegaron los influencers y convirtieron estas redes en un lucrativo negocio. Aparecieron las selfies y sus filtros, las historias y la autopromoción. Alguien me dijo una vez, “si no estás en IG, no existes”.

Desde entonces -esto es en menos de 20 años-, la cultura de la sobreexposición se instaló, pese a la evidencia de los riesgos que esto conlleva.

Y es ahí donde quiero hacer zoom.

Sé que vas a decir que puedes controlar el contenido que subes o que sólo “sapeas” , pero te pregunto “¿cuántos minutos al día te dedicas a scrollear en redes? ¿qué te pasa si subes algo y nadie te da un like?

Y pasan muchas cosas. Las redes sociales activan el sistema de recompensa del cerebro, liberando dopamina, que es un neurotransmisor asociado con el placer. Cada like, hace que nuestro cerebro libere una pequeña descarga de dopamina, por lo que obviamente vamos a querer más y continuaremos usando las redes sociales.

También ocurre que como no sabemos cuándo recibiremos una notificación o comentario positivo, visitamos insistentemente la aplicación para recibir ese refuerzo.

La sobreexposición nos ha llevado a una presión social de mantener una imagen idealizada en las redes, lo que muchas veces provoca ansiedad, tristeza o angustia.

Hace un tiempo sigo a una activista que publicó el término de su relación de pareja. Durante 7 semanas y de manera diaria, ha reportado todo lo que está sintiendo y me pregunto ¿Es esa una nueva manera de vivir un duelo, compartiendo lo que aún no procesas en la intimidad con otros? No tengo la respuesta.

Por otro lado, la sobreexposición nos arroja a una cultura de la comparación. Veo vidas y cuerpos perfectos, sin considerar, por cierto, sus ediciones, lo que puede afectar mi autoconcepto, pero también sentir envidia y ansiedad, provocando una percepción distorsionada de la realidad. Yo misma antes de empezar a escribir esta columna, scrolleé un rato en mis RRSS y vi lo bien que lo están pasando mis amigos en este soleado día de invierno. Reconozco que esa visita inocente, boicoteó un buen rato que empezara a escribir, lamentándome no disfrutar de este hermoso día.

Siguiendo esa idea, con el uso de las redes sociales nuestra atención se fragmenta y nos cuesta concentrarnos en tareas prolongadas. ¿Cuándo fue la última vez que viste una película en casa sin consultar tus redes sociales?

La sobreexposición en RRSS también impacta en las relaciones con otras personas, creándose expectativas irreales y presiones sociales. No es trivial que sitios como Are we dating the same guy tenga tal alcance, pues digitando el nombre de la persona con la que estás saliendo, sabrás si sale con alguien más o cómo lo describen sus ex. Casi ciencia ficción. Pareciera ser más old fashion conocer a una persona desde cero, con todo lo que conlleva.

Y eso mismo da cuenta de cómo el uso excesivo de las redes sociales limita nuestros encuentros cara a cara, afectando el desarrollo de habilidades sociales. Y lo hace sobre todo en adolescentes, pues su cerebro se encuentra en una fase crítica del desarrollo.

Ligado a lo anterior, muchas veces la sobreexposición nos genera miedo a perderse de algo, a no estar actualizados sobre lo que está pasando allá afuera. Tal vez un cumpleaños, un evento, una noticia que me pierdo y que me hace quedar fuera.

Otra consecuencia del impacto de las RR.SS. es la economía de la atención, la competencia por la atención ha llevado a una cultura donde la cantidad de likes, seguidores y comentarios son varas con la que se mide el éxito. ¿Cuántas veces nos deslumbramos por los captions en Instagram y opinamos sin hacerle click a “link en la biografía”? Yo muchas, y me quedo con la idea de ese texto sin profundizar. También he recibido críticas a partir de la lectura de un caption, sin leer la columna completa y darme cuenta al final, que estamos de acuerdo.

Asimismo, la privacidad y seguridad son aspectos fundamentales en los cuales nos hemos detenido poco. Etiquetar una foto con la ubicación en tiempo real, subir una publicación con una dirección o pistas de donde estoy, pueden convertirse en un peligro innecesario de correr. Y eso fue lo que le pasó a la protagonista del libro, que sin tener conciencia de todo lo que publicaba de la vida privada de sus hijos, alguien sintió que tenía derecho a entrar en su vida privada. Esto me lleva a reflexionar en una frase recurrente de padres frente a discusiones sobre NNA “Con mis hijos no te metas”, lo que entiendo profundamente, sin embargo, agregaría que los niños, niñas y adolescentes son sujetos de derecho, que además de los derechos que tenemos los adultos, tienen derechos específicos derivados de su condición y que se traducen en deberes tanto de la familia, la sociedad y el estado. Es nuestro deber proteger su privacidad en RR.SS. de nuestros hijos, por muy hermosos, divertidos y carismáticos que sean. Cuesta, lo sé, pero las consecuencias de la sobreexposición pueden ser brutales.

No obstante, la sobreexposición también ha tenido impactos positivos como permitir la visibilización de activismos sociales como #Metoo, #BlackLivesMatter o #Cuéntalo impulsado por la escritora española, Cristina Fallarás.

La clave, a mis ojos, está en entender que es un fenómeno en constante evolución, aceptar que sí ha cambiado la manera en que las personas interactuamos y nos presentamos al mundo, con distintas consecuencias.

Termino con una entrevista a la escritora Amélie Nothomb, bestseller hace décadas, donde le preguntan su relación con la tecnología y explica que no tiene computador ni smartphone, que no llega tarde a ninguna parte y que escribe y recibe cartas por correspondencia con un lápiz y un papel. Frente a la pregunta por su decisión de desconexión, respondió “Es una cuestión de libertad”.

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