Cuando los científicos mienten: ¿Cómo enfrentarse en Chile ante las fake science?

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Científicos y expertos en el tema abordan si nuestro país está preparado para enfrentar situaciones donde científicos cruzan las fronteras de la ética en sus publicaciones. ¿Cómo resguardar la confianza de las investigaciones cuando se adulteran datos?


Son casos excepcionales, aunque se detecta mucho menos de lo que se quisiera. Cuando una investigación científica que ve la luz trae datos adulterados, falsos, o sus resultados están forzados hacia ciertos intereses, se genera un quiebre en la confianza que la sociedad tiene con el aporte al conocimiento que realiza la ciencia. ¿Cómo podemos reaccionar cuando algo que fue “científicamente comprobado” resultó ser mentira?

Estas publicaciones adulteradas, también llamadas Pseudociencia o Fake Science, son el equivalente científico de difundir noticias falsas en el discurso público. Se trata literalmente de fraude, de investigaciones donde existe manipulación de datos, falsificación o invención de resultados o falta de rigurosidad científica. A veces son errores involuntarios, como también los pueden ser de mala fe. De todas formas, los contados casos que han sido detectados han generado efectos significativos en la credibilidad del quehacer científico.

Por ejemplo, el ahora exinvestigador inglés, Andrew Wakefield, en 1998 publicó una investigación en la revista The Lancet, que confirmaba la supuesta relación entre la administración de la vacuna contra el sarampión, rubéola y paperas como causa de autismo y enfermedades gastrointestinales en niños. Dos años después, el Consejo Médico General de ese país concluyó que la investigación era falsa, sacando a Wakefield de sus registros e impidiéndole el ejercicio de la profesión. La revista debió retractarse de esta publicación y explicar que se trató de una adulteración del experimento realizado por el británico.

Andrew Wakefield, exinvestigador quien postuló la relación entre vacunas y autismo en niños.

O, también, está el caso del osteólogo japonés, Yoshihiro Sato. En 2016 la revista Neurology aclaró que el científico había cometido fraude en al menos 33 de sus trabajos publicados, de los cuales 21 han sido retractados. Ante esto, Sato cometió suicidio un año después de quedar en evidencia ante la comunidad científica mundial. ¿Cómo es posible prevenir esto? La verdad es que la respuesta no es muy alentadora.

Según Andrea Leisewitz, directora de Integridad, Seguridad y Ética de la Investigación de la Universidad San Sebastián, no es que cada vez que un artículo está a punto de ser publicado alguien chequea y replica lo que se hizo para ver si efectivamente es real o no. “Existen otros filtros anteriores, como cuando uno presenta una idea para un posible estudio, se chequean los antecedentes, el modelo experimental o la forma en que se planea ejecutar el estudio. Se realiza su diseño, y una vez que concuerda con la pregunta que quieran responder los investigadores pasa por un comité científico, y se aprueba”, explica.

Posterior a eso, se analiza que si se van a usar datos provenientes de personas o recoger muestras de experimentación con animales, tiene que pasar por un Comité de Ética que evalúa y revisa que el diseño experimental no vulnere la seguridad de los sujetos a experimentar, ni tampoco su bienestar. Una vez que tiene la aprobación ética, el proyecto se puede ejecutar. Allí se empiezan a obtener los datos, y el equipo de investigación analiza dicha información y genera una publicación a partir de dicho reporte. “Esa base no tiene ninguna forma, hoy día, de verificar que efectivamente lo que se analizó lo que se está publicando no sufrió ninguna modificación del dato objetivo que existía”, manifiesta Leisewitz.

Además, la experta en este ámbito agrega que “si no nos basáramos en la confianza de los investigadores no podríamos producir nada, porque tendríamos que estar replicando todo para estar seguros para que las bases, de donde otro científico realiza una investigación futura, tenga datos fidedignos. Sería eterno replicar algo antes de partir algo nuevo”.

La ciencia, al igual que la democracia, la economía o la sociedad, se funda en la confianza. Así al menos lo cree el director alterno del Instituto Milenio I-Health, y académico de la Universidad Católica, Marcelo Andía. “Se ha intentado que la ciencia se mantenga incólume para no dejarse influenciar y mantener esta visión totalmente objetiva. Ese es el rol de la ciencia, a mi juicio, la objetividad. Domar la intuición, los hechos”, declara. Si bien, el proceso en que una investigación es presentada para ser publicada pasa por varios filtros y es revisada antes de su publicación, se les puede pasar uno que otro estudio basado en datos adulterados.

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“Cuando se rompe ese velo de la confianza empezamos a dudar de todo. El ejemplo más clásico es el que se hizo en una asociación entre vacunación y autismo. Esa investigación fue realizada sobre evidencia falsa, lo que generó muchas dudas sobre cómo vemos la ciencia. Eso comienza, a mi juicio, a temblar sobre las bases fundamentales de nuestra sociedad”, declara Andía. Esa confianza en la ciencia, la dejó sarcásticamente en evidencia el científico y director del Departamento de Investigación en la Comisión Francesa de Energía Atómica, Etienne Klein. En una publicación en su cuenta de Twitter subió una fotografía, explicando que era una supuesta detallada imagen de la estrella Centauro. Resultó ser un chorizo.

“Pues bien, a la hora del aperitivo, los sesgos cognitivos parecen tener su día de campo. Cuidado con ellos. Según la cosmología contemporánea, no existe ningún objeto perteneciente a la charcutería española, sino en la Tierra”, bromeó el francés. Ante la controversia, Klein debió aclarar su publicación y pedir disculpas, añadiendo que “aprendamos a desconfiar tanto de los argumentos de la autoridad como de la elocuencia espontánea de ciertas imágenes”.

¿Se pilla más rápido a un científico mentiroso?

¿Qué puede motivar a que un científico adultere sus resultados o invente conclusiones alejadas de lo experimentado? Muchas veces son errores involuntarios, generados por la falta de experiencia, por el anhelo de avanzar más rápido en la carrera académica o simplemente por mantener un cierto prestigio que viene asociado con la cantidad de estudios que se publican y posteriormente son citados por sus pares. “Mientras más publicaciones tenga, eres más exitoso. Y, a veces, esa presión hace que ciertos detalles se puedan pasar y provoquen errores en la investigación”, afirma Nataly Venegas, coordinadora de Vinculación con el Medio del Centro de Comunicación de las Ciencias de la Universidad Autónoma de Chile.

Marcelo Andía explica que pueden existir ocasiones donde se llegue a conclusiones erradas “porque simplemente utilicé mal los datos, porque mi método de medición no era el más adecuado. Son errores metodológicos que son inherentes al humano. Pero también hay cosas que fallan porque hay gente que está adulterando la investigación. Aquí hay varios incentivos. Yo como académico, si tengo un buen paper publicado, asciendo en mi carrera académica. Tengo más posibilidades de ganarme un concurso de investigación”. Una suerte de incentivo que mucha veces juega en contra de la prolijidad de cada estudio. “Y en esa presión, sin el debido control, induces indirectamente a que cometan errores o que falseen datos”, manifiesta el investigador.

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Pero, una vez hallado el error, ¿Qué consecuencias puede tener para la sociedad y para el científico o científica que cometió fraude? Esta última visión dista mucho de otras experiencias en el mundo. Por ejemplo, en Estados Unidos es posible ir a la cárcel si se llega a cometer fraude científico. En 2013, el investigador Steven Eaton, se convirtió en la primera persona en el Reino Unido en ser encarcelada bajo las leyes de seguridad científica, luego de demostrarse que por lo menos durante diez años estuvo modificando resultados para sus estudios bajo una farmacéutica norteamericana.

Asimismo, Eric Poehlman fue el primer norteamericano en ser condenado a un año de cárcel por adulterar datos en sus investigaciones financiadas con fondos federales. Según cita la revista Science, en una carta entregada al juez, Poehlman explicó que estaba “motivado por mi propio deseo de avanzar como un científico respetado” y agregó que estaba “avergonzado de mí mismo por falsificar y fabricar datos. Creía que si las preguntas de investigación eran legítimas y dignas de estudio, estaba bien tergiversar datos ‘menores’ para aumentar las probabilidades de que se otorgara la subvención”. Existe un sitio web, llamado Retraction Watch, donde es posible visualizar todas las publicaciones científicas que son desmentidas y retractadas por revistas científicas. La principal razón es el plagio, la adulteración de datos y resultados fraudulentos.

¿Qué ocurre cuando hay fraude científico en Chile? “No existe una norma transversal. Las universidades en Chile podríamos comenzar a avanzar en unificar ciertas cosas para tener un organismo que resguarde a las instituciones ante situaciones así”, detalla Leisewitz. Precisamente, la Dirección de Integridad, Seguridad y Ética de la Investigación de la Universidad San Sebastián busca crear un modo de concientizar y regular que exista la menor cantidad de fraude en las investigaciones realizadas en dicha casa de estudios.

Es cierto que a la hora de realizar investigación financiada con fondos públicos, la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID), exige el cumplimiento de la Declaración de Singapur sobre la Integridad de la Investigación, donde se mandata a cumplir con criterios de honestidad y rigurosidad a la hora de realizar un estudio científico. Sin embargo, hasta ahora no existen protocolos en Chile para sancionar el fraude en la ciencia.

“Tenemos ciertos ‘castigos’, que implican que si estamos bajo algún proceso ético no podemos postular a ciertos fondos de investigación. Pero puedo seguir haciendo investigación con fondos privados, o puedo seguir ejerciendo como médico, pese a tener un historial de dolo o mentira. Esa instancia sancionatoria en Chile la perdimos hace mucho tiempo”, reflexiona Andía. El director alterno de I-Health manifiesta la intención de “recuperar esa instancia de tutela ética. No porque tengamos una mala ética, sino porque es dinámica, va cambiando con el tiempo. Así, además, podríamos tranquilizar a la población general y a los científicos de que estamos ciencia que cumple con los requisitos éticos mínimos que requiere la sociedad”.

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Nataly Venegas también hace un llamado a la humildad por parte de la comunidad científica. “Las generaciones más antiguas no suelen reconocer mucho sus errores, pero las nuevas sí son bastante más humildes, reconocen cuando se equivocan. Hay que mostrar a los científicos también como humanos comunes y corrientes, decir que también cometen errores. Lo importante es reconocer el error y enmendarlo si es que llevó a un efecto social potente. No solamente comunicarlo dentro de los pares, sino que a la sociedad en general”, manifiesta la investigadora.

Otra de las formas que proponen es habilitar un espacio, como un repositorio, donde los “datos crudos” de cada estudio puedan ser tomados y revisados por pares científicos, así también por quien se sienta con el interés de verificar los avances que emanan de una publicación. “De esta manera es más fácil indagar para ayudar al investigador, si no cometió fallas, o descubrir más rápido si existen errores en sus estudios”, detalla la autoridad de la Universidad San Sebastián.

Eso todavía no es mandatorio, por lo menos no en nuestro país. Gran parte del sustento que hay entre cada publicación se basa en la confianza hacia la disciplina y a quienes la ejercen. Sin embargo, las fuentes consultadas manifiestan el interés de crear instancias locales de cada institución, o transversales en la comunidad científica nacional, para proteger el prestigio de la calidad científica que se realiza en nuestro país. “Entre todos deberíamos poner fuerzas para cuando nos pueda golpear un caso. En Chile se hace muy buena ciencia, con investigadores muy potentes, y es importante resguardarnos ante un error que puedan cometer, de manera voluntaria e involuntaria”, concluye Leisewitz.

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