Mi marido, después de la pandemia, se quiere tomar un año sabático… ¿qué hago?

El alma libre es rara, pero la identificas fácilmente cuando la ves (Charles Bukowski).



Esta semana, mientras algunas y algunos celebraron el 18 de octubre en las calles, otros y otras sobrevivieron la semana desde sus refugios y pantallas. Lejos de casa, el mundo tampoco da tregua. En España las cifras de contagios vuelven a ser millonarias, en Francia la libertad de expresión literalmente cobra la vida de un profesor, en Brasil muere un joven voluntario de la vacuna experimental y en Estados Unidos los candidatos a la Casa Blanca se dieron con artillería pesada en el segundo debate.

En este escenario global, chilenas y chilenos nos preparamos para votar este domingo, confiando -como diría algún ministro del pasado- en que el coronavirus, por ser el plebiscito, se ponga buena onda. Confianza que María Eugenia, una doctora que veo desde que empezó la pandemia, ha perdido.

Esta semana sentí como si me hubieran lanzado un balde de agua fría.

¿Qué pasó?

Después que los niños se fueron a sus piezas, nos pusimos a ver Borgen con Ismael. Una amiga nos la recomendó y copa en mano nos la devoramos. A la mañana siguiente mi socio despertó raro, más callado de lo habitual y supuse que había sido por la trasnochada. Partí al hospital y a diferencia de otros días, no recibí ni un mensaje. En general Ismael me pregunta cosas de los niños, me recuerda que compre algo antes de volver o simplemente quiere cachar a que hora voy a llegar. Pero ese día nada y cuando llegué, la casa estaba vacía. Supuse que había salido con los niños a andar en bicicleta y al cabo de media hora llegaron. Estaba nerviosa y tras su beso de bienvenida, Ismael se metió a la ducha y se demoró más de lo habitual, como si hubiese calculado el momento exacto de salir del baño para sentarse a la mesa. La aparente normalidad de la comida me estaba matando.

¿Y en qué estabas pensando?

Es raro, pero nunca pienso, supongo que por eso trabajo en urgencias. Nunca tengo tiempo para darle vuelta a las cosas, ni siquiera contigo. Simplemente actúo. Estudio mucho, pero mi trabajo es muy instintivo, de adrenalina. Pasan tantas cosas en un día, en un turno, que una no se puede quedar pegada en nada. Muere alguien y desocupas rápido la cama. Hablas con la familia y después corres a otra emergencia. Y ya fue. Y así todos los días. Pero con el Covid esto se extremó y supongo que en mi afán de compensar a Ismael por todo el tiempo que he estado fuera, quise ver una serie con él y no me di cuenta de la embarrada que dejé.

¿Qué pasó?

Esa noche seguimos viendo la serie y tras terminar la temporada, Ismael me dio la espalda y se puso a dormir. ¿Por dónde partir? Qué vergüenza. Nunca te había mencionado a mi marido y ahora tengo que empezar desde cero. A ver, a Ismael lo conocí después de separarme del papá de Raimundo. Siéndote super sincera, me arranqué a España con la excusa de mi subespecialidad. Fue una locura… partí recién separada y con un hijo de tres años... necesitaba escaparme de Chile, del hospital, de la clínica, de todo lo que pudiera vincularme a Raimundo papá. Fue un divorcio espantoso, una separación entre colegas, amigos, compañeros de universidad, familias. Compartíamos todo y de un día para otro comprendí que no lo amaba, que simplemente me era demasiado cómodo. Y para no colapsar en público, agarré mis cosas y me instalé en Madrid. Cuento corto, ahí conocí a Ismael, un chileno que vivía en mi edificio. Lo conocí apenas llegué. De hecho, él me abrió la puerta y en un dos por tres nuestros acentos nos delataron. Siempre sonriente, me ayudó a llevar mis cosas, mientras yo empujaba el coche de Raimundo y éste miraba sorprendido al extraño de pelo largo, barba, collares y pulseras de colores. Un verdadero contraste con su papá, que debajo del delantal blanco, le gustaba usar ropa muy clara. Raimundo no le despegaba los ojos y tras dejar mis maletas en el departamento, me dijo que cualquier cosa, le tocara el timbre. No tenía teléfono, pero casi siempre estaba.

Largo silencio…

Es muy raro Sebastián, pero nunca había conocido a un hombre sin apuros. ¡Y no tenía teléfono! Yo acababa de llegar a Madrid y ya tenía uno. Claramente el edificio, si bien muy digno y antiguo, era más para gente como él que para una mujer con un hijo.

¿Qué quieres decir?

Eran departamentos para universitarios, estaban cerca de la facultad. E inevitablemente terminé tocando el timbre de Ismael. Nueva sorpresa. Me abrió otro chascón. Los ojos de Raimundo crecían. Me hicieron pasar e Ismael me presentó como la chilena. Te juro que nunca supe cuanta gente vivía ahí y por cuanto tiempo, pues el único permanente era Ismael…. Ayyy… me estoy alargando mucho y se me va la hora… pero la cosa es que desde ese día no nos separamos más. No solo me abrió la puerta del edificio, sino que me mostró cómo llegar a la universidad, me acompañó a buscar guardería, me mostró los negocios para abastecerse, el bar. Y yo estaba siempre apurada y me sentía en deuda, y él estaba siempre tranquilo y se reía de mis urgencias. Me contó que después de estudiar arte en Chile, se fue a viajar por el mundo tocando música. Mi cerebro no entendía nada, pues no vivía ni de la pintura ni de la música, sino que hacía los mil y un oficios para ganarse la vida y seguir viajando. Y eso le gustó y terminó viviendo en Madrid supuestamente para hacer un magíster, pero como te dije, nunca lo vi salir del edificio, salvo para acompañarme. Ayyy…

¿Qué pasa?

No sé como resumirlo más, pero si no hubiera sido por Ismael, no saco la subespecialidad. Muchas veces mientras yo estudiaba, él se quedaba con Raimundo. Lo amaba, se amaban y a los meses parecíamos una familia, solo que sin sexo.

¿Cómo es eso?

Yo solo tenía cabeza para Raimundo y el estudio e Ismael no me exigía nada. Tras comer bajaba a su departamento. Siempre pasaba algo ahí, pero pocas veces participé. Era muy misterioso, pero me dijo que tras irse de Chile, nunca más tuvo una relación estable y que hacía como un año que estaba muy cómodo solo. Leía, pintaba, tocaba guitarra. En mi diminuto mundo, pues sí, mi único mundo era la medicina, Ismael me parecía una especie de Manu Chau. Y aunque una parte de mí pensaba que era flojo, la otra se daba cuenta que era el hombre más culto, más sensible y paciente que jamás hubiera conocido. Pero eran pensamientos fugaces. La crisis vino cuando se acabó mi subespecialidad y tenía que volver a Chile. Todo fue muy caótico y en esa vorágine no calculé que estaba enamorada y que Raimundo no se imaginaba el mundo sin él. Y literalmente me lo traje.

¿Qué te trajiste?

Me traje a Ismael de vuelta a Chile. Mi vida es así Sebastián, siempre express. A los pocos meses nos casamos. Mira, no me puso exigencias ni condiciones, salvo vivir a los pies de un cerro, pues según él, era su única forma de aguantar Santiago. Y así, como en las películas, compramos una maravillosa casa en la precordillera, tuvimos dos hijos y yo nunca más despegué la cabeza del trabajo, pues Ismael te genera eso.

¿Qué te genera?

La sensación de que todo está bien.

¿Y no es así?

Es el papá perfecto, la pareja perfecta. Aparte de eso, hace unas poquitas clases de arte en un colegio, le enseña guitarra a un par de niños, solo para financiar sus gustos. Que son muy austeros. Salvo las bicicletas, Ismael podría vivir de aire. Y yo no paraba. Aparte de mi pega, me sumé a cuanto comité e investigación había. Ismael no decía nada… hasta ver Borgen.

¿Qué te dijo?

Tras días de silencio, me dijo que lo había pensado bien y que no quería ser recordado como el niñero de nuestros hijos. Me recordó que antes de conocernos, él también tuvo una vida emocionante, pero que la dejó atrás para formar familia… y que viendo Borgen… se dio cuenta que mi corazón estaba en otra parte y que yo estaba muy cómoda siendo la héroe del covid. Y de ahí me remató anunciándome que apenas levanten la cuarentena se va a tomar un año sabático para viajar y pensar.

Silencio…

¿Y qué te pasó?

Sebastián, me dijo todo esto sin levantar la voz, sin alterarse. Y ya lo habló con los niños. Y ellos, por supuesto, lo apoyan. Son grandes ya. Raimundo tiene 14 y es una copia de él. Nahuel, el más chico, ya me dijo que él también quiere viajar como el papá y Elu, el del medio, me dijo que todo esto es culpa mía. Estoy devastada. De la noche a la mañana perdí a mis cuatro hombres y ahora lo único que quiero es que nunca se acabe la cuarentena y no abran las fronteras. Pero conociendo a Ismael, es capaz de irse caminando. Todo esto justo cuando sentía que estaba saliendo ilesa de la pandemia.

Tras finalizar la sesión me levanté de la silla de mi comedor y me estiré. Fue como salir de la sala de urgencias y al apagar el computador y dejarme caer en el sofá, sentí como que me trasladaran a la sala de cuidados intermedios. Mirando el techo, no pude dejar de pensar en estas palabras de Victor Frankl: “Las ruinas son a menudo las que abren las ventanas para ver el cielo”.

Comenta

Por favor, inicia sesión en La Tercera para acceder a los comentarios.