Chilenidad: cada vez menos orgullosos


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En la RAE, una de las acepciones para el término “chilenidad” dice que se trata del “amor o apego a lo chileno”. La descripción parece bien precisa a lo que significa este término que para cada 18 reflota y cobra relevancia.

Según Eduardo Valenzuela, decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la U. Católica, existen dos formas de construir la nacionalidad: la primera es territorial; la segunda, institucional. La gente puede estar orgullosa de haber nacido en un determinado lugar marcado territorialmente, aferrarse a sus fronteras y valorar la historia que permitió configurar ese territorio. Y también existe otro nacionalismo en el que sobresale el aprecio por las instituciones que un determinado país ha creado a lo largo de su historia. “Me temo que nuestro nacionalismo es del primer tipo”, dice Valenzuela.

Eso es parte de lo que indagó la Universidad Católica en 2015 en el libro Una mirada al alma de Chile, que analiza la primera década de datos de la Encuesta Bicentenario que realiza junto a GfK Adimark. Los resultados mostraron que si bien la mayoría de los chilenos dicen sentirse orgullosos de serlo, quienes lo afirman en 2015 (71%) son bastante menos que quienes lo hacían en 2006 (82%). La misma tendencia se ve entre quienes afirman sentirse orgullosos de nuestra historia, que bajan de 82% a 71% entre 2006 y 2015.

El orgullo hacia la historia de Chile muestra diferencias de edad entre los encuestados. En ese sentido, los jóvenes entre 18 y 24 años son quienes presentan mayor desacuerdo hacia la frase “me siento orgulloso de la historia de Chile”, con un 10%. Los siguen los adultos entre 45 y 54 años, nacidos entre 1960 y 1970, con un 8%. Quienes tenían entre 25 y 44 años muestran resultados similares y los más orgullosos de nuestra historia nacional son los mayores de 55 años.

Valenzuela explica que los jóvenes han perdido crecientemente el respeto por la historicidad de la nación chilena, el gusto por lo militar y el aprecio por las tradiciones. “Se puede ver por doquier en el éxito de los libros de Baradit, por ejemplo, en las dificultades para llenar los cupos de la conscripción militar y en la banalización de nuestros héroes patrios (el único de los cuales que sobrevive en la memoria juvenil es Manuel Rodríguez)”, dice. Agrega que los dos pilares del estado republicano –el Ejército y el Liceo- se caen en prestigio y fidelidad. “Todo esto da cuenta de un deterioro creciente de la imagen del Estado y de las dificultades para construir un nacionalismo institucional que alguna vez fue consistente con el enaltecimiento de la tradición cívica representada en los héroes guerreros (como Arturo Prat) y en los poetas educadores (como Gabriela Mistral)”.

Volviendo a la encuesta, si bien la percepción de que Chile es el “mejor país para vivir en Latinoamérica” desciende del 74% al 64% entre 2006 y 2015, paradojalmente las personas que se muestran dispuestas a irse del país para conseguir un mejor nivel de vida también disminuye, pasando del 49% al 44% en el mismo período. Mientras el orgullo que genera la victoria en la Guerra del Pacífico desciende de 66% a 61%, igual sigue siendo más valorado que el nivel de desarrollo económico del país (34% en 2015) y nuestra democracia (30% en 2015).

Según Valenzuela, el desarrollo económico y, en menor medida, la democracia, hacen la diferencia respecto de nuestros vecinos latinoamericanos. “Chile siempre se ha preciado de ser una ‘excepción latinoamericana’, idea que ahora ha sido retomada, ya no desde la óptica del orden y la seguridad, sino desde la óptica del progreso económico y la seguridad institucional (como cuando se dice que en nuestro país hay mucha menos corrupción). Una cierta forma de nacionalismo institucional (un nuevo mito) se incuba en estas percepciones, aunque quizás de manera todavía preliminar”, advierte.

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