Columna de sismología: La década de terror del Villarrica

Entre los años 1963 y 1971 el volcán Villarrica tuvo dos de sus fases eruptivas más tristemente recordadas. Las tragedias que las acompañaron son heridas profundas en las personas de la zona, pero el resto las hemos olvidado de a poco. Acá las recordamos, y nos preguntamos qué es lo que realmente hemos aprendido para enfrentar mejor al volcán.


Entre 1963 y 1971, el volcán Villarrica tuvo dos fases eruptivas que mataron a casi 50 personas. O dicho de otra forma más exacta, entre 1964 y 1971, la deficiente preparación de la sociedad alrededor del volcán Villarrica respecto a sus peligros llevó a dos trágicos episodios donde casi 50 personas perdieron su vida, o nunca fueron encontradas. Estas dos fueron las últimas erupciones realmente importantes del volcán, pero ni de cerca fueron las más grandes, por lo que vale la pena repasarlas, y ver cómo estamos al respecto en la actualidad.

Todo empezó en marzo de 1963, como normalmente ocurre alrededor del Villarrica: con sismos. Después de varios episodios, el volcán comenzó una erupción que consistió en un flujo de lava que avanzó un kilómetro. Luego de un descanso, en abril aparecieron dos flujos. Esto es una fase efusiva, sin explosiones grandes. Como ahora, el volcán en aquél entonces tenía una cubierta de mucho hielo, el nivel de los ríos al norte aumentó, pero no pasó mucho más. En mayo hubo una explosión más grande, con una columna de tefra de alrededor de 1,5 km de altura, que generó un lahar que destruyó un puente entre Pucón y Villarrica. Pero el 21 de mayo el volcán se “lanzó” con más ríos de lava, que llevaron a lahares fuertes hacia el suroeste, entre los pueblos de Licán Ray y Coñaripe, que destruyeron puentes y casas. Todo mal, pero el Villarrica no había terminado. En 1964 su actividad generó otro río de lava, que de nuevo bajó hacia el suroeste. Pero el 1 de marzo de ese año el Rukapillán -como le llamaban los mapuche- tuvo una explosión más grande, con lo que se llama una fuente de lava, que lanzó mucho material hacia el suroeste. No sería la última vez que este volcán haría algo así. En estas fotos se aprecia mejor: a la izquierda la de la erupción de 1964, y a la derecha la de marzo del 2015. Parecidas, ¿no?

La erupción generó lahares que bajaron hacia el suroeste de nuevo. Pero esta vez uno de ellos tomó el valle de un estero pequeño. Uno que llegaba al lago Calafquén atravesando el pueblo de Coñaripe. Y, en lo que es una de las mayores tragedias relacionadas a una erupción en Chile, la mitad del pueblo fue destruida, y más de 30 personas fallecieron. Nadie se lo esperó, e incluso hay relatos que alguien, al no saber qué hacer, volvió a su casa para refugiarse, sin saber que después sería arrasada por el lahar. Un desastre. Uno que las personas que han sido siempre de la zona no olvidan. Allí estaban su abuelo, su prima, su bisabuela. Vidas que se perdieron.

Poco tiempo después de esto, el Villarrica de calmó, de forma muy notoria, por 7 años. Tan calmado estaba, que ni siquiera mostraba la típica fumarola que lo caracteriza como un volcán hiperactivo. Pero en octubre de 1971 el volcán despertó, nuevamente de manera efusiva, con ríos de lava. Y aunque hubo lahares, nada fue demasiado terrible. Pero eso siempre genera una sensación de incómoda tranquilidad, donde nadie sabe exactamente qué hacer. Y dos días antes de año nuevo, casi a la medianoche, el volcán se rompió en una fisura. Así que la erupción no fue a través del cráter principal, sino que fue fisural, y llevó a una de las escenas más escalofriantes que las personas de la zona recuerdan sobre su volcán.

En Pucón, las personas corrieron rumbo al sector llamado “La Península” para refugiarse. La tremenda cantidad de lava que lanzó el Villarrica llevó a los ríos de lava, y lahares. Estos últimos partieron hacia el norte, al noreste y hacia el suroeste. Los del norte llegaron al Lago Villarrica, los del noreste pasaron cerca de donde ahora está el aeródromo de Pucón, llegando al lago Villarrica (Pucón quedó aislado por tierra), y los del sureste llegaron al lago Calafquén. El badén de este último se puede visitar hoy, y ya hay casas construidas cerca de él. Alrededor de 15 personas fallecieron o desaparecieron después de esta erupción. Una nueva tragedia.

Desde entonces el Villarrica no ha vuelto a tener fases eruptivas como las antes mencionadas. La de 1984 fue bastante suave, y la del 2015, aunque algo más espectacular, fue muy breve (y pese a ello generó lahares menores). En esa época, Pucón era más pequeño que hoy, y no se llenaba tanto como ahora. Y no sólo Pucón, sino que toda la zona lacustre que está dominada por el volcán. La cantidad de actividades comerciales que se llevan a cabo en la zona son mucho mayores que antes, y durante el verano la población flotante es tal que el transporte terrestre colapsa año tras año. ¿Cuántos de aquellos visitantes saben exactamente de lo que hace o no hace el volcán Villarrica? ¿Cuántos de ustedes sabían la historia de estas erupciones? Hoy por hoy, y pese a que la cubierta glacial del volcán ha retrocedido un poco, el volcán aún puede producir lahares importantes. Y es muy importante entender que el volcán no es el problema, es la forma en que nos desarrollamos ignorando sus peligros. Miren esta foto satelital del volcán y su zona, que tiene algunos lahares de las erupciones de 1964 (rojo) y 1971 (rosado). Hoy hay nuevas casas allí, emprendimientos con el sustento de muchas familias y, durante el verano, muchos visitantes. La exposición a los peligros del volcán es hoy mayor que hace 47 años. Y hemos olvidado mucho en ese tiempo. Afortunadamente el monitoreo del volcán es de primer nivel. Pero no nos engañemos. Estamos frente a un problema.

Pero todo problema nos presenta una oportunidad para mejorar. Hoy la zona lacustre de la Araucanía necesita buenas vías de evacuación, de las que tenemos que hacernos cargo. También hay que comunicar los resultados de las investigaciones a un público amplio, para entender que el volcán no es un demonio ni un adorno, pero está allí, y sus erupciones pueden alterar nuestras vidas. También podemos generar proyectos para potenciar la actividad turística, de modo que podamos ayudar a reducir el miedo que podría producir una alerta amarilla, para que así los negocios también sean sustentables. Todo esto requiere de la ayuda de todos, pero también lleva a un cambio de paradigma, donde nos hacemos cargo del lugar donde vivimos, o el que visitamos. Porque los desastres no son naturales, no lo olvidemos.

Cristian Farías Vega es doctor en Geofísica de la Universidad de Bonn en Alemania, y además profesor asistente en la Universidad Católica de Temuco. Semanalmente estará colaborando con La Tercera aportando contenidos relacionados a su área de especialización, de gran importancia en el país dada su condición sísmica. 

Seguir leyendo